
Por: Jairo A Castrillón
En 1994, último Mundial en contar con 24 invitados, el torneo se organizaba en seis grupos. Cuatro años más tarde, en la cita que abrió el salón de los 32 clasificados en territorio galo, la primera fase pasó a ocho grupos, redefiniendo la arquitectura del campeonato.
Hasta entonces, la Copa del Mundo había encontrado en los 24 equipos —implementados desde España 1982— una suerte de equilibrio competitivo, ampliando la reducida cuota de 16 participantes que se mantuvo entre 1954 y 1978.
Ahora bien, al repasar el total de anotaciones en cada edición, emergen datos que invitan a una lectura más profunda. En Suiza 1954 se registró la escandalosa cifra de 140 goles en apenas 26 partidos, para una media de 5,38 por encuentro. Cuatro años más tarde, en Suecia, se marcaron 126 tantos en 35 juegos, con un promedio de 3,60. Desde entonces, el torneo entró en una fase de contención progresiva: nunca volvió a sostener promedios superiores a esa barrera.
Chile 1962 e Inglaterra 1966 se movieron en 2,78, México 1970 en 2,97, España 1982 en 2,81 y Estados Unidos 1994 en 2,71. A partir de ahí, con pocas excepciones, los Mundiales se estabilizaron por debajo de 2,65 goles por partido, teniendo en Italia 1990 (2,21) y Alemania 2006 (2,30) sus registros más bajos.
Con estos antecedentes, se podría concluir —sin apresuramientos— que la Copa del Mundo no es necesariamente el territorio natural del gol. Probablemente porque su propia exigencia, la más alta del juego, ha llevado a que la táctica prevalezca sobre el talento individual en un sistema que empezó a castigar el error por encima de premiar la audacia. El gol, que alguna vez fue una consecuencia espontánea, pasó a convertirse en una pieza de laboratorio: calculada, trabajada, casi excepcional.
Podría asumirse que más equipos implican más goles, como si el volumen garantizara la producción. Pero los datos invitan a otra lectura: en España 82 y Estados Unidos 94, disputados aún con 24 selecciones, se registraron 146 y 141 goles respectivamente, cifras que se acercan —e incluso superan en términos relativos— a las de torneos posteriores con 32 equipos, como Alemania 2006 o Sudáfrica 2010.
La clave no está en el número de participantes, sino en la naturaleza del juego. En 1982, por ejemplo, el formato incluía una segunda fase de grupos que reducía la presión inmediata de la eliminación. Los equipos encontraban margen para competir, y eso abría espacios, soltaba decisiones. El fútbol, en ese contexto, era menos rígido, menos obsesionado con el control absoluto.
Para 1994, ya existía orden, pero no la exigencia contemporánea de cerrar cada línea de pase, de administrar cada metro como un recurso finito. El partido seguía siendo, en esencia, permeable.
El verdadero cambio se consolidó con la expansión a 32 equipos a partir de 1998, no por una cuestión aritmética, sino por una evolución estructural. Más partidos generaron más goles totales, sí, pero el promedio por encuentro comenzó a descender. Entre Alemania 2006 y Rusia 2018, el Mundial vivió bajo el dominio del orden táctico: bloques compactos, transiciones medidas, riesgos calculados. El error se volvió intolerable, y el empate, en muchos casos, una inversión aceptable.
En ese contexto, el gol dejó de ser flujo para convertirse en acontecimiento.
Por eso resulta tan significativo lo ocurrido en Qatar 2022. No solo por el récord de anotaciones, sino porque ese número sugiere algo más profundo: no fue un torneo abierto por azar, sino por una suma de factores que alteraron el ecosistema competitivo. Tiempos añadidos más extensos, presiones altas sostenidas, perfiles ofensivos más versátiles y una menor disposición a especular devolvieron al juego una cuota de riesgo.
No se trata de un regreso al pasado. Nadie juega hoy como en 1982. Pero sí hay una ruptura con la inercia conservadora que dominó buena parte del siglo XXI. Qatar 2022 no restauró el desorden; lo reinterpretó.
Y en ese nuevo equilibrio, el gol dejó de ser una excepción cuidadosamente diseñada para volver a ser, al menos por momentos, una consecuencia posible.
Quizá ahí radique el verdadero cambio: no en cuántos juegan, ni en cuántos partidos se disputan, sino en cuánto se permite que aparezca ese centímetro adicional donde habita la diferencia.
Y cuando ese centímetro aparece, el gol —inevitablemente— vuelve a existir.
Hasta la próxima semana y gracias por compartir.

Deja un comentario