
Cuando la pasión necesita insultar, amenazar o destruir para manifestarse, deja de ser amor por unos colores. El fútbol no necesita delincuentes disfrazados de aficionados.
Por: Jairo A Castrillón
Publiqué esta columna hace cuatro años. Al volver a leerla después del Mundial de 2026 descubrí algo que no me produjo ninguna satisfacción: no solo sigue vigente, sino que algunas de las conductas que entonces me preocupaban parecen haberse multiplicado. Por eso decidí ponerla nuevamente en circulación, revisada y actualizada.
No hay nada peor que el fanatismo cuando deja de ser pasión y se convierte en intolerancia. Ya sea en lo religioso, lo político o lo deportivo, la radicalización termina fraccionando a aquellos a quienes pretende unir. Y el fútbol no ha escapado a semejante fenómeno.
Conviene hacer una precisión desde el comienzo. En muchos países latinoamericanos, llamarse «fanático» de un equipo es simplemente otra manera de decir que se le quiere profundamente. No estoy hablando de ese seguidor. Hablo del fanático extremo: aquel que convierte el amor por unos colores en una licencia para insultar, amenazar, agredir o desconocer a quien piensa, juega o siente diferente.
El balompié, siendo uno de los espectáculos más emocionantes creados por el hombre, ha terminado lastimado demasiadas veces por personas que, amparadas precisamente en ese supuesto «amor» por sus clubes, se permiten comportamientos que nada tienen que ver con el deporte. Porque hay un momento en el que amar deja de ser un sentimiento dulce para transformarse en ira incontrolable. Y eso ocurre cuando la pasión necesita hacerle daño a alguien para poder manifestarse.
El fanático extremo debe separarse del aficionado y del hincha regular. Los tres pueden compartir un profundo sentimiento afectivo por un club, una selección, una camiseta o incluso un jugador, pero existe una frontera que no debería cruzarse jamás: la agresión.
Eso también es el fútbol: una actividad capaz de regalarnos satisfacciones inmensas y tristezas profundas. Hay que aprender a convivir con ambas.
Si alguien no puede concebir que su equipo pierda, quizá escogió mal el entretenimiento. En cualquier competición, la derrota forma parte del juego y jamás debería convertirse en sinónimo de tragedia. Pero al fanático extremo le cuesta aceptarlo.
Cuando la realidad supera sus fantasías o expectativas, necesita encontrar responsables: el técnico, el delantero que falló el penalti, el arquero, el árbitro, el presidente, el periodista que opinó diferente o, incluso, el aficionado del equipo contrario. Siempre tiene que existir un culpable. Y allí empieza a desaparecer el fútbol.
Uno de los ejemplos más evidentes es el abuso verbal que reciben jugadores y entrenadores cuando las cosas no funcionan, algo aún más notorio cuando se trata de esos clubes que, por historia, presupuesto o tradición, parecen estar obligados a ganarlo todo. Como si ganar siempre fuera posible. Como si enfrente no existiera otro equipo. Como si el adversario hubiese sido invitado simplemente para perder.
El aficionado íntegro, activo y saludable para el deporte es aquel que se interesa, promueve y defiende a su equipo. Sufre la derrota y delira con la victoria, pero no convierte ninguna de las dos circunstancias en una apología de la tragedia. Porque los extremistas también pueden resultar peligrosos cuando celebran.
El hincha, por su parte, acompaña, canta, salta, protesta, discute y se apasiona. Puede salir furioso de un estadio después de perder una final y seguramente pasará buena parte de la noche preguntándose por qué el técnico hizo determinado cambio. Eso forma parte de esta locura maravillosa.
Lo que no forma parte del fútbol es creer que una derrota concede el derecho a destruir una silla, lanzar un objeto, golpear a otro aficionado, amenazar a un futbolista o insultar a su familia. Ahí terminó la pasión para darle comienzo a otra cosa.
Hace cuatro años escribí que las redes sociales se habían convertido en una de las herramientas favoritas del fanático extremo para descargar su frustración. Hoy aquella afirmación se quedó corta.
Porque antes el energúmeno necesitaba estar en una tribuna para hacerse escuchar. Ahora lleva la tribuna en el bolsillo. El partido termina, pero la agresión continúa.
X, Instagram, Facebook, TikTok, YouTube y cualquier plataforma con una caja para comentarios permiten trasladar durante horas —y algunas veces durante días— la frustración del estadio hacia jugadores, entrenadores, árbitros, dirigentes y periodistas. Y aparece un agravante: la provocación produce audiencia. El escándalo genera interacción. La indignación consigue clics. Y el algoritmo difícilmente distingue entre una reflexión inteligente y un insulto. Simplemente descubre que algo provoca una reacción y la multiplica.
Así hemos construido una gigantesca tribuna virtual donde, muchas veces, quien más grita termina siendo quien más se escucha.
Lo más preocupante de este escenario —ver cada vez más fanatismo y menos capacidad para aceptar la contradicción— es que algunos personajes de los medios también decidieron ponerse la camiseta. Y no estoy hablando de tener simpatías.
Los periodistas siempre las hemos tenido porque, antes de ejercer esta profesión, fuimos aficionados. El problema comienza cuando la simpatía reemplaza al análisis. O cuando descubrimos que incendiar es más rentable que explicar.
Desde las múltiples plataformas de opinión aparecen voces que aprovechan su facilidad de palabra para ganar seguidores mediante discursos populistas, sentencias definitivas y comentarios diseñados para provocar.
Todo es un fracaso, una vergüenza. Todo técnico debe irse si el equipo no comulga con la victoria de manera regular. Todo jugador que falla es un ladrón, así como el árbitro que se equivoca está comprado.
Todo dirigente es incompetente. Y cada derrota necesita inmediatamente una cabeza que «cortar». No hay procesos que valgan. No existen adversarios dignos y mucho menos superiores. No existe el azar, que también acompaña al fútbol. Mucho menos existe tiempo.
Lo curioso es que después reclamamos paciencia a los dirigentes y aficionados, mientras desde un micrófono exigimos despedir al entrenador después de tres derrotas.
También nosotros deberíamos preguntarnos cuánto hemos contribuido a alimentar aquello que después criticamos, creyendo que el fútbol nos pertenece. Tal vez ese sea el error fundamental del fanático extremo: creer que el equipo le pertenece. No.
Un club puede formar parte de nuestra historia. Puede recordarnos a nuestro padre, nuestro barrio, nuestra infancia o aquella primera vez que entramos a un estadio agarrados de una mano que quizá ya no está. Puede acompañarnos durante toda una vida. Podemos llorar por él. Podemos recorrer kilómetros. Comprar una camiseta. Cantar durante noventa minutos. Abrazar a un desconocido después de un gol. Todo eso es fútbol.
Pero ninguna de esas cosas nos concede propiedad sobre quienes lo juegan. El futbolista no nos debe la victoria. El entrenador no está obligado a satisfacer nuestras opiniones. El árbitro no dejará de equivocarse. Y el adversario tiene exactamente el mismo derecho que nosotros a celebrar. Parece elemental. Pero estamos necesitando recordarlo.
Después del Mundial, ¿qué fútbol queremos?
Acabamos de vivir un Mundial extraordinario en Norteamérica. Estadios llenos, millones de personas frente a las pantallas y una nueva generación acercándose al deporte.
Y quizá sea precisamente ahora cuando valga la pena hacernos una pregunta que va mucho más allá de quién ganó la Copa: ¿qué clase de cultura futbolística queremos construir?
Porque crecer futbolísticamente no significa solamente llenar estadios, vender camisetas, aumentar los derechos de televisión o conseguir que más niños pateen una pelota. También significa aprender a ser aficionados. Entender al adversario. Aceptar la derrota. Discutir sin destruir. Abrir debates respetuosos, con argumentos. Comprender que pertenecer no significa odiar al que pertenece al otro lado. El fútbol nació con otra intención: competir, unir y divertir.
Pero demasiadas veces termina dividiendo y lastimando por acciones y comentarios que llegan desde todos los ángulos. Tal vez porque todos sabemos mucho de fútbol, pero pocos entendemos su esencia. Ahí está la gran diferencia.
Por eso, es válido cuestionar a los futbolistas y técnicos que provocan desde la cancha, cuando su profesión obliga a hacer otras cosas. No me vengan con el cuento de que las grescas en la cancha son cosa de varones, porque ser varón y guapo es algo muy distinto y no debe confundirse con la vulgaridad de un mediocre con aires de guapeza.
Y por eso quiero terminar esta columna exactamente en el mismo lugar donde la terminé hace cuatro años. A los bravos, montoneros y guapos que se tapan la cara, que esconden un puñal en la cintura; a quienes no respetan a nadie porque en manada se creen intocables; a quienes consideran que una camiseta les concede autoridad para insultar, destruir o golpear, les pido desde esta esquina un favor: ¿por qué no se quedan en sus casas viendo los partidos por televisión? Porque, de verdad, en ninguna cancha del mundo el fútbol los necesita, si es que están convencidos de lo contrario.


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