
El debate no consiste en saber si la inversión de la FIFA será un éxito o un fracaso. La verdadera discusión comienza el día en que el capital privado deje de ser un simple socio financiero y se convierta en un actor al que también haya que escuchar.

La UEFA proclamó que el Mundial no está en venta y que nadie tiene autoridad moral para vender algo que solo se administra en nombre de las futuras generaciones. Es una frase hermosa y hasta conmovedora, pero cuando lo dice una entidad que mantiene un apetito voraz por el dinero al administrar sus competiciones, entonces lo hermoso pareciera solo una cortina para esconder los verdaderos sentimientos del pronunciamiento. Porque el peligro de que la FIFA venda una parte de su brazo comercial a inversionistas privados no está, creo yo, donde todos están mirando.
El debate abierto y las reacciones posteriores asumen que el gran riesgo es que la operación fracase: que el inversionista pierda (¿familia Trump?); que el dinero se esfume; que el experimento salga mal. Pero si un fracaso fuera la firma del proyecto en el arranque, no sería un fracaso: sería casi una bendición. Se perdería capital y el engranaje daría marcha atrás porque no habría tiempo para progresar, entendiendo que lo que no tiene vuelta atrás es el éxito.
Empecemos por los números que flotan y dividen. Si alguien paga 4.200 millones por el 21 % de la nueva filial comercial, que es la propuesta anunciada por la FIFA, está valorando el conjunto en unos 20.000 millones. Esta última cifra no describe lo que la FIFA ganaría hoy si el proyecto avanzara; describe lo que el inversionista exigiría ganar en el futuro. Usted no apuesta ese grueso capital para recuperarlo en diez años sin ningún margen de ganancia. Nadie invierte por caridad o por amor al deporte, en este caso.
El precio de compra es una apuesta sobre el crecimiento futuro, y de manera casi inmediata. Así que la forma de multiplicar la inversión es proyectar más partidos, más torneos, más equipos y generar una expansión codiciosa que llega incorporada a los fondos invertidos.
Para entender mi punto, asumiré que todo arranca y funciona de maravilla. El capital entra, las 211 federaciones reciben su reparto y, en los rincones donde el fútbol era pobre, se levantan canchas, academias y ligas femeninas. Es una imagen buena, pero ese no es el detalle; es la sensación que se siembra sin que nadie lo note.
Si existe un flujo de dinero importante que ayude a hacer crecer lo que era pequeño (asumiendo que los fondos se utilizan con responsabilidad), ese capital se vuelve, sin quererlo, una base presupuestaria para planificar proyectos. Y es aquí, ojo, donde nace la trampa, ya que la dependencia elimina el voto. Una federación que necesita ese flujo de dinero para sobrevivir ya no puede oponerse a lo que haga falta para sostenerlo.
Cuando el inversionista presione por más proyectos para expandir las competiciones y aumentar los ingresos, que de eso se tratará su labor, la obligación será más pesada para quienes recibieron los fondos por adelantado. En este caso, como suele suceder, son las asociaciones más pequeñas y necesitadas las que deberán apoyar cualquier idea con tal de continuar beneficiándose de esos recursos. La dependencia económica se convierte, sin ruido, en sumisión política. El dinero que se repartió para empoderar a los pequeños termina comprando su obediencia.
También hay algo adicional que se pierde, así sea de manera silenciosa. La FIFA, hasta hoy, mal o bien, es la que dispone, dicta, rige y organiza. Pero si hay inversionistas, el tono de la conversación cambia. Ya no será una consideración interna, pues siempre tendrá que consultar a quienes tienen en juego un capital privado que la FIFA, probablemente, no necesitaba. Sin embargo, con la figura de los inversionistas, la FIFA reduce sus responsabilidades por cualquier manipulación adicional del fútbol, sin sufrir tantas críticas como las del pasado Mundial.
La UEFA puede atacar la idea porque no come de esa mano: tiene sus ligas, su Champions, sus ingresos propios; es rica. Su independencia financiera es su libertad de voto. Les he dicho, hasta aquí, que las federaciones que más ganan con un eventual reparto son las de menor tamaño, las más pobres y las que con mayor profundidad quedan atadas a respaldar con su voto cualquier idea que les siga aportando el dinero para su presupuesto. Serían, de paso, las que menos podrían absorber un recorte cuando el ciclo económico se dé vuelta. El cinturón se ajusta a la silla con la premisa de ayudarlas, pero quedan tan amarradas que ya no tendrán cómo soltarse.
La UEFA, sin despeinarse, aprovechó esta situación para demostrarle a Infantino que son ellos, los equipos europeos, los que sostienen un Mundial. La riqueza de sus ligas, junto con la presencia de los jugadores que todos quieren ver, le ha permitido, en esta ocasión, salir al paso y lanzar una advertencia contundente para que Infantino no siga su loca carrera por hacerse a todo el dinero del mundo, con el propósito de perpetuarse en el poder, como siempre aspiran quienes llegan allí y solo se van porque mueren de viejos o porque la sombra de la corrupción los persigue.
De modo que el titular correcto no es: «Cuidado, esto podría fracasar». Es: «Cuidado, esto podría funcionar». El fracaso se corrige; el éxito se arraiga y debilita posturas filosóficas y principios morales. Y, una vez arraigado y dando réditos, la pregunta no es si el fútbol quiere seguir dependiendo del capital, sino qué tanto puede permitirse dejar de hacerlo. Esa es la definición exacta de una trampa: no el momento en que entras, sino aquel en que descubres que salir cuesta más que quedarte.
En el diagnóstico de fondo: la resistencia por principios es real, pero es la primera línea de defensa, no la última. Si el retorno económico sube lo suficiente, el precio de los principios baja. Ninguna federación pequeña que reciba de golpe una cifra que multiplica su presupuesto anual va a morir en la trinchera de la «custodia generacional». El dinero no compra opiniones; alquila silencios.

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