
La Copa del Mundo terminó en las manos del único equipo que nunca renunció a buscarla. España fue campeón porque entendió que las finales no se administran: se conquistan.

Cuando se afina la pluma para escribir sobre la final de una Copa del Mundo, uno quisiera poder pintar una postal inolvidable. Una de esas finales que se recuerdan por décadas, con un fútbol brillante, emociones constantes en las dos porterías y un espectáculo digno del partido más importante del planeta.
Pero no fue así. El MetLife Stadium de Nueva Jersey terminó siendo testigo de una final que dejó más reparos que aplausos cuando de espectáculo se trata. La intensidad fue la propia de una definición mundialista y seguramente los grandes analistas estarán dibujando el cómo, el dónde, el cuándo y el porqué del partido, pudiendo, incluso, concluir que fue un juego brillante y digno de una final. Para mí, no.
España, para decirlo de manera escueta, ganó el Mundial porque fue el único equipo que salió a buscarlo. El otro, Argentina, salió a soportar lo insoportable y a esperar una proeza, una gesta épica que, al final, no llegó. Estuvieron cerca, pero no fue. Menos mal por el fútbol y por los seguidores de las conspiraciones.
No lo conquistó porque desmantelara a su rival. No porque hubiera una goleada. Lo conquistó porque durante ciento veinte minutos fue el único conjunto que mostró verdadera intención de levantar la copa.
Hubo que esperar hasta el tiempo suplementario para que Ferran Torres rompiera la resistencia argentina, al minuto 106, con un gol que terminó haciendo justicia con el desarrollo del partido. Bastó esa anotación para coronar a una selección que únicamente recibió un gol en ocho compromisos, que nunca fue por debajo en el marcador durante todo el torneo, que conquistó su segunda estrella mundial y que completó un hecho histórico para el fútbol español: tener simultáneamente a los campeones del mundo en las ramas masculina y femenina. Es más, creo que solo ellos, los ibéricos, han podido cosechar algo así.
Más allá del resultado, lo verdaderamente llamativo fue el planteamiento de Argentina. Esperaba mucho más del equipo de Lionel Scaloni.
No sé si el desgaste acumulado durante el torneo terminó pasándole factura, pero la selección albiceleste renunció prácticamente al ataque desde el primer minuto. Apostó por un fútbol de especulación, conservador, tan cauteloso como impreciso, esperando que el reloj corriera mientras el partido se acercaba a los lanzamientos desde el punto penal.
Los números no dejan demasiado espacio para la discusión. España terminó con veinte remates frente a apenas dos de Argentina, ninguno de ellos dirigido a puerta. De hecho, la albiceleste cerró los noventa minutos reglamentarios sin un solo disparo, y su porcentaje de posesión fue el más bajo que registra en un partido de Copa del Mundo desde 1966.
La posesión del balón fue del 65 % para los españoles y del 35 % para el campeón defensor.
Son cifras que reflejan exactamente lo que ocurrió sobre el césped. No hace falta maquillar con palabras lo que los ojos vieron durante dos horas de fútbol. España atacó y Argentina resistió hasta donde pudo.
El conjunto ibérico asumió los riesgos. Argentina apostó por sobrevivir.
Naturalmente, el equipo de Scaloni complicó el partido. Defendió con intensidad, cerró espacios, jugó con la fortaleza física que históricamente caracteriza al fútbol argentino y, como suele suceder en este tipo de compromisos, buscó permanentemente influir en el árbitro, protestar decisiones y sacar el partido de su contexto futbolístico.
Todo hacía pensar que el verdadero objetivo era llegar con vida a los penales. Y eso, tratándose de una final del mundo, resulta una propuesta demasiado pobre para un seleccionado del prestigio de Argentina.
Cuando España finalmente encontró el gol, ya no quedaba tiempo para cambiar el libreto.
Argentina intentó reaccionar, pero la sensación era que el partido se le había escapado mucho antes, cuando decidió renunciar a disputar el balón y entregar la iniciativa.
Incluso terminó con diez hombres tras la expulsión de Enzo Fernández, por doble amonestación al filo de los noventa minutos, un reflejo de la frustración que fue acumulando durante el compromiso. Tampoco apareció Lionel Messi.
Fue, probablemente, una de las actuaciones más discretas de toda su trayectoria mundialista y, para no ser injusto con sus compañeros, sus largas caminatas atentaron contra el grupo, en especial cuando jugaban con diez. Siempre apostando a un chispazo que no prendió. Solamente después del gol español intentó asumir un protagonismo que ya parecía imposible recuperar.
Su historia, sin embargo, ya estaba escrita mucho antes de esta final. Se marcha de los Mundiales siendo campeón del mundo y ocupando un lugar privilegiado entre las mayores leyendas que ha conocido esta competición. Pero esta última función no estuvo a la altura de su inmenso legado.
España, en cambio, fue creciendo con el paso de las semanas.
Arrancó el torneo sin despertar unanimidad —empató en su debut ante Cabo Verde—, pero terminó construyendo un equipo sólido, disciplinado, equilibrado y extraordinariamente difícil de vulnerar. Por el camino dejó fuera a Portugal, Bélgica y a una Francia a la que superó 2-0 en semifinales.
No siempre brilló. No siempre enamoró. Pero nunca dejó de competir. Y en una Copa del Mundo eso suele ser suficiente para terminar levantando el trofeo. Por eso el campeón fue justo.
Porque el fútbol, incluso cuando no ofrece un espectáculo memorable, suele premiar al equipo que tiene mayor ambición por ganar. España quiso ser campeón y, de la mano de Rodri —elegido el mejor jugador del torneo—, cruzó la línea de meta.
Argentina esperó que el campeonato llegara hasta los penales.
Y entre quien busca la gloria y quien espera que aparezca, normalmente termina imponiéndose el primero.
Hoy España puede regresar a casa con la satisfacción de haber conquistado el planeta por segunda vez. Los recibirán con banderas, trompetas, abrazos y una celebración que seguramente durará mucho más que una noche.
No fue una final para guardar en la videoteca de los grandes espectáculos. Pero sí fue la final que confirmó que, durante los próximos cuatro años, hay un nuevo rey del fútbol mundial.
España levantó la Copa porque fue el único que salió decidido a conquistarla. Argentina apostó por resistir y terminó pagando el precio de su prudencia. Messi se despide llornado de los Mundiales con un legado que nadie podrá discutir, aunque su última función haya estado lejos de sus mejores noches. Mbappé continúa escribiendo su propia historia y todavía parece tener tiempo suficiente para seguir persiguiendo todos los registros. Así termina otro Mundial: con un campeón justo, un subcampeón resignado y el fútbol recordándonos, una vez más, que la ambición suele encontrar recompensa
Gracias por su compañía durante esta travesía, estimado lector.

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