Por: Jairo A Castrillón
DC United arranca el mes de julio con dos partidos complicados. El primero es duro por la calidad del rival y el segundo porque posiblemente juega Messi.
En el primer escenario, el cuadro capitalino está programado para ir al Geodis Park a enfrentar un onceno complicado en cualquier cancha que se pare. Allí, los aficionados locales, como siempre, estarán en primera fila apoyando a Hany Mukthar y el resto del cuadro canario. Esa noche, una familia de cuatro miembros podrá disfrutar del evento gastando 250 dólares si deciden comprar los boletos mas económicos, y de paso consumen los 30 dólares que en promedio gasta una persona buscando algo de comer dentro del recinto deportivo. Si quieren una mejor localidad podrán gastar cerca de $500 y si ya empiezan a buscar sectores más exclusivos, entonces deberán doblar los fondos a más o menos 1000 dólares.

Una semana mas tarde, ya de local (el 8 de julio), al escenario capitalino llegará un equipo que, por lo general, no convoca ni motiva por su bajo rendimiento. Sin embargo, esta vez, la visita de Inter Miami tendrá el ingrediente adicional de contar con Leo Messi en su plantilla (falta ver que juegue). Por tal razón, el mismo padre de familia que labora arduamente y que esa noche decidió ir al estadio (asumiendo que haya boletos disponibles), tendrá que prepararse para pagar entre $1200 o $1600 solo por entrar a los sectores más económicos y, si le queda, puede buscar algo para comer.

Si el dinero no es problema, entonces puede preparar un presupuesto que oscile entre los $7800 y los $63000 solo por el ingreso. De allí en más, para el que tiene tanto !qué le va a importar lo que consuma!
Los precios en los sectores de menor calidad visual para el partido del Inter que estoy mencionando, es decir detrás de los arcos, en las partes más altas, o en las esquinas de la cancha, están, en promedio, entre 200 y 350 dólares. Es decir ubicaciones de quinta a precios de primera, cuando el partido es uno que pudiéramos definir como “regulimbis”.
Con lo anterior surge un par de preguntas: ¿Qué pasa con el mismo padre que regularmente va al estadio con su familia, que no tiene el abono pero procura por lo menos asistir a la cancha una o dos veces al mes? ¿Ya no podrá gastar $500 o $900 por partido, sino que deberá triplicar esta cifra simplemente porque Leo y veintiún más están en la grama? Es una locura no poder ir a ver a tu equipo simplemente porque Messi está en él o viene de visita. Se te va a romper el bolsillo sin importar que seas un aficionado frecuente, de esos que han estado allí en las buenas y en las malas.
Este inusitado interés es parte del efecto mediático y la creación de los ídolos en el deporte, así como su impacto entre los aficionados.
En Inglaterra, por ejemplo, donde los estadios permanecen llenos jornada tras jornada, en las partes más altas los aficionados de Manchester City, solo por tomar a uno de los clubes más populares, pagan en promedio 150 dólares en recintos con capacidad para 60 mil sillas. A las personas que se alcanzan a ver en la televisión, que están en la zona central por el primer o segundo nivel, el precio del boleto está entre los 700 y 1000 dólares. Es decir que solo en los Estados Unidos un deporte como el Fútbol Americano, iguala o supera ligeramente el valor de los boletos que se ofrecen en la Premier League.
Esto explica porque el fútbol se ha convertido en un espectáculo tan costoso. Desde que la televisión llegó y el deporte se globalizó, se ha entrado en un círculo donde el dinero se mueve por cantidades, elevando los precios para quienes ganan mucho y quieren seguir ganando mucho más, mientras que el simple aficionado, el obrero, el negociante pequeño o mediano, apoyado en su amor y pasión, amortigua en silencio el impacto de ver hoy atletas mejor pagados (multimillonarios), equipos que ya no son clubes sino firmas comerciales, y directivos que no le apuntan solo un negocio lucrativo, sino a una disciplina de escandalosa inversión y mantenimiento.
¿Hasta cuándo durará esto? Bueno, usted y yo tenemos la respuesta, lo que pasa es que no hemos decidido formar parte de la solución sino del abuso.

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