
Por: Geniale
En columnas anteriores dejé claro que la demanda de boletas para el Mundial no solo supera a la oferta: la aplasta. Nadie sabe aún cuál será el valor promedio de una entrada para los 104 partidos que disputarán las 48 selecciones clasificadas en esta edición, pero no hace falta ser economista para entender que el acceso al estadio será, para millones, un privilegio casi prohibitivo.
Ahora bien, veamos lo siguiente: en Inglaterra (donde se juega, sin discusión, la liga más intensa y competitiva del planeta), el tiempo efectivo de juego es de 58 minutos y 32 segundos por partido, es decir, apenas un 64 % del tiempo reglamentario, según datos de Opta. Allí, en la cúspide del fútbol mundial, una taquilla puede costar entre 34 y 200 dólares por partido, o entre 500 y 4.000 dólares en abonos de temporada, dependiendo de la ubicación. Y cuando se trata de clásicos históricos o partidos cargados de morbo, nadie puede afirmar con certeza cuánto cuesta las más humildes de las entrada en el llamado “gallinero”.
En España, por sumar otro ejemplo, el precio medio se mueve entre 125 y 135 euros. En la MLS, la franja habitual oscila entre 75 y 150 dólares, siendo el patrón muy claro: el fútbol es cada vez más caro de ver, pero no necesariamente el mejor espectáculo de consumir.
A esto hay que añadir un dato que suele olvidarse con demasiada ligereza: los protagonistas del juego (los jugadores y técnicos), se mueven entre millones y millones de dólares por sus servicios, haciendo lo que más les gusta, rodeados de comodidades, privilegios y condiciones laborales que cualquier trabajador envidiaría. Por eso, para ser claros y dejar de adornar la realidad, no es justo que mientras el aficionado se rompe el lomo y vacía el cochinito para pagar su boleto, tenga que presenciar un espectáculo deprimente, lleno de farsas y mentiras en el gramado de juego. Estamos cansados de simulaciones de lesión, saques de meta y laterales eternos, cambios caminando, diálogos innecesarios con árbitros, uso del VAR como pausa encubierta y centrales incapaces de imponer autoridad, entre otras más.
El resultado es un fútbol fragmentado, adulterado y desnaturalizado, donde el dólar por minuto que el aficionado debería recibir en la tribuna simplemente no compensa. No sé cuántos de unirán a esta percepción, pero el asunto, para una empresa multibillonaria, debe parar ya.
No me imagino —o peor aún, sí me lo imagino demasiado bien— a un aficionado que viaje al Mundial con su esposa y su hijo, pagando 12.000 dólares por un partido (porque los habrá), para ver apenas 58 minutos de juego real en el mejor de los casos. Eso equivaldría a 206 dólares por cada 60 segundos de fútbol, mientras un irresponsable —porque así debe llamarse al profesional que simula— se revuelca tres minutos en el césped, dilapidando 618 dólares del tiempo ajeno, solo para perder minutos, confundir al árbitro y engañar a la afición. Por eso los tildan de figurines, millonarios inescrupulosos, que se convierten en vedettes protegidas muchas veces por una prensa permisiva que justifica lo injustificable, y por aficiones ansiosas que celebran la trampa cuando les conviene.
El resultado es un espectáculo menos ético, cada vez más costoso y profundamente adulterado, reitero, que deja una sensación inequívoca: la globalización ha encarecido el fútbol como nunca, mientras que opaca con intensidad lo que sucede durante los 90 minutos de juego.
Ahora que llega el Mundial, la FIFA tendrá la obligación moral y comercial de corregir esto con firmeza. Nunca una cita ecuménica había recibido tanta atención, tanto dinero ni tanta exposición global. Por lo tanto, no puede permitirse el lujo de tolerar payasos de plastilina dentro y fuera de la cancha, atentando contra un espectáculo que debería ser memorable y no frustrante.
Quien paga una boleta tan costosa (la misma que permite a estas vedettes vivir como reinas), no merece pausas teatrales ni farsas médicas. Merece fútbol real, honesto y bien jugado, porque aquí nadie es inocente, no señores. Hay jugadores que hacen lo que hacen porque el sistema se los permite; porque hay entrenadores que planifican el engaño y lo celebran como si fuera un “arte táctico” junto a muchos árbitros sin respaldo institucional… y otros, sencillamente incapaces.
El problema no es la falta de reglamentos ni de discursos morales. El problema es la falta de voluntad para aceptar que esto no se debe hacer, y para cambiar un libreto que hoy le exige demasiado esfuerzo económico al aficionado y le devuelve demasiado poco para su diversión.
Ir a la cancha y pagar lo que hoy se paga, debería ser un abono al orgasmo de un deporte pleno y bien jugado, no una suscripción para ver una obra de teatro mal montada, con actores mediocres, pero bien remunerados.

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