
Por :Jairo A Castrillón
Los jóvenes celebraron y lo hicieron con gusto tras doblegar a Canadá dos por cero en la gran final. Después de haber impuesto condiciones en la Nation’s League (por segundo año consecutivo), la selección norteamericana no solo cumplió la meta, sino que pudo acentuar su responsabilidad con criterio y convicción, porque al parecer hay algo que se está haciendo bien y es importante exaltarlo. Por eso agrada la reincorporación de Greg Berhalter como orientador nacional y creador de este proceso que brinda resultados importantes. Tal vez no esté de acuerdo en muchos de sus postulados tácticos y su lectura del juego, pero negar que ha hecho un excelente trabajo renovando la plantilla aprovechando el buen momento de la MLS y la cantidad de jugadores que se nutren en el exterior, seria necio.
En esta final hubo dos equipos que han crecido de manera lenta y segura, alcanzando no solo el nivel de un seleccionado inmenso como el mexicano, sino que ahora imponen condiciones y marcan los límites con el adversario. Sin embargo, para no perder el horizonte, es necesario evitar el grueso bache y la inestabilidad emocional que genera la euforia y la exageración cuando se confunde el momento con la historia.
Desde que arrancó el nuevo siglo, los anglosajones se han convertido en un rival muy duro para cualquier combinado de la zona centroamericana y en especial para los mexicanos. Antes se aspiraba a un trofeo, pero hoy se llega a reclamarlo con autoridad que son dos cosas distintas.
Este buen momento no se cristaliza porque el camino haya estado inundado de flores, todo lo contrario. Para ahondar en un problema y encontrar la solución del mismo, es necesario admitir y corregir los errores sin importar de qué lado estás y no generar un caos cuando el mal se acrecienta como sucede en territorio azteca, donde siguen reclamando un primer lugar que antes, cuando no había alta competitividad en la zona, llegaba sin mucho esfuerzo generando un sueño tranquilo y feliz. Tal vez esto explique porque hoy no tienen sosiego ante una realidad que rebasó su costumbre.
En esta ocasión el rival a vencer fue Canadá, un conjunto complicado que ha tenido un repunte extraordinario en la zona (clasificó como primero al Mundial), demandando un dominio que se había alcanzado, en este mismo proceso, en previa y dura lid contra los mexicanos que esta vez se despidieron como terceros apretando los dientes y dejando en evidencia que no es un mal equipo, que sigue pesando en la región pero con un lastre insoportable que aporta una crítica destructiva y apasionada que contagia a una afición receptiva y reactiva a la provocación.
Mas allá de reseñar lo que sucedió en la final, donde no hubo lleno completo, como era de esperarse, me detengo en la semifinal contra el combinado azteca al cual se derrotó con autoridad, sin atenuantes y buen fútbol, generando el resultado más amplio en las últimas 46 confrontaciones.
No es el momento de hacer ruido por la victoria y divertirse con la angustia del histórico rival, llenándonos de adjetivos mentiroso que deleitan a los incautos (porque en cualquier momento estamos del otro lado), pero es incómodo observar cómo a los mexicanos se les está olvidando demostrar con la pelota lo que históricamente saben hacer, y terminan desenredando sus complejos a trompicones y bravuconadas, convirtiendo una cancha de fútbol en un ring de boxeo donde esconden, de paso, la discreción y la incapacidad evidente cuando se confronta que la paternidad perenne ya no existe así muchos todavía se la crean.
El cuadro azteca no es un mal equipo, está en proceso normal de recambio y siempre habrá que tener cuidado con él cuándo se le enfrente sea en sus picos más bajos o altos, pero están advertidos que ya nadie se asusta con la camiseta en estos tiempos modernos, porque la lucha por la supremacía es hoy diametralmente opuesta a la realidad que antes disfrutaban doblegando a rivales con poca artillería para inquietarlos. Aquellos tiempos donde fácilmente eran para la Concacaf, lo que Brasil y Argentina han sido y son para la Conmebol.
Pesa, además, un sector de la prensa que no se cansa de puyar y generar un ambiente pesado y denso, sin importar lo bueno que se esté haciendo en la cancha. No aportan nada a la solución cuando el “opinador” se prende de manera indiscriminada, con resentimiento y muchas veces odio, contagiando y motivando la agresión entre los aficionados.
Los seguidores mexicanos deben entender y demostrar que están por encima de un critica desmedida y que como afición son más que esa simpleza y mediocridad de querer ofender al rival con el desagradable cántico del PUTO. Ustedes son más que eso hermanos mexicanos, muchos más en las gradas y en la cancha. Duden un poco de lo que tanto experto opina…

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