Por: Jairo A. Castrillon
En un país extremadamente volátil y violento, donde en un segundo se puede ser el “orgullo más grande” o un simple “pedazo de hijueputa”, con una facilidad pasmosa, todo lo que se exprese debe hacerse con sutileza especialmente cuando se tocan las fibras irracionales del fanatismo político, deportivo y religioso. Sin embargo, asumiendo riesgos, es importante tomar una posición antes y no después de que las cosas se desarrollen para no parecer acomodado a las circunstancias y el resultado final.
Por lo anterior, en la previa a la Copa América 2024, no tengo duda que la selección Colombia es seria aspirante al título continental pareciéndome, de lejos, la selección más completa que he visto desde 1990 cuando se regresó al panorama internacional rompiendo, de paso, la raquítica trayectoria que se tenía desde el Mundial de Chile 62 (como se comentó ese empate con los rusos).
En el Mundial italiano Colombia llegó con la mejor selección que se hubiera visto hasta ese entonces la cual estaba integrada por un grupo humano comprometido con un técnico y exjugador chocoano llamado Francisco Maturana, a quien se le puede agradecer no solo el revolcón que produjo en la mentalidad, responsabilidad y profesionalismo de los jugadores, sino que amplió la corta visión de los directivos nacionales y de a poco fue sembrando en el aficionado el derecho a creer que se podían hacer cosas más grandes y mejores como aquella Copa América del 2001 que se coronó en Bogotá enfrentando a México.
Desde entonces, es decir 1990, si la memoria no falla, los colombianos empezaron a forjar una historia respetable en la CONMEBOL más allá de no faltar ese sector que opina lo contrario, siempre apoyado exclusivamente en los logros como si esto fuera lo único válido, obviando que para crecer y madurar, en cualquier frente, se debe caer, corregir, mejorar y aspirar siempre con convicción y optimismo. Los optimistas vemos el progreso, los convencidos y aferrados solo al éxito y los títulos, fácilmente confunden el norte despreciando la competición en espera de alcanzar la gloria a cualquier precio. ¿O acaso Colombia hoy no existe y se conoce en el panorama internacional, como sucedía 30 años atrás cuando muchos se preguntaban dónde queda o qué es eso?

Desde aquella cita italiana se han presentado altas y bajas en el rendimiento colectivo; triunfos y fracasos que poco a poco han posicionado al cuadro tricolor como uno de los más competitivos en el continente apoyándose en ese obligado aprendizaje que necesita todo aquel que pretenda competir en las ligas mayores y que hoy, gracias a la calidad de su plantilla, catapulta su rendimiento en aquellos países europeos a donde antes, ni por despiste, se pensaba que pudieran llegar. Esto, 30 años atrás, nadie lo podía visualizar y de allí que la afición se pueda ilusionar con absoluto derecho y confianza. Pueden soñar y exigir sin olvidar que la derrota forma parte del juego y no necesariamente es una constante de incapacidad. Si esto fuera así, cuántas historias podríamos contar de competiciones que terminaron como el peor cuento de hadas jamás visto, donde los villanos, ruines y mezquinos, cerraron dando la vuelta olímpica.
Desde aquella cita italiana se habla de Colombia, para bien o para mal, con el respeto que merecen los oncenos que van elevando su imagen y toman un lugar en la grilla de partida ya sea como animador complicado o aspirante serio. Que no se llegue a la meta deseada es una historia que se ha repetido cientos de veces aun en las casas deportivas de mayor historia y pedigrí, como antes mencioné.
Por eso, para evocar con precisión las cosas que se han dado desde aquella cita en Italia, recuerdo que los aficionados azurri vieron un equipo de muy buenos jugadores criollos, nacidos en un extraño país y liderados por un rubio llamado Carlos Valderrama. Era lo mejor que había y siempre los recordaremos con orgullo pero pertenecen a una historia distinta con un juego que era otra cosa. Por eso hoy, como ya lo dije, creo que vamos a la Copa América 2024, con el mejor equipo colombiano que haya visto desde aquel entonces y que juega a lo que los cánones modernos obligan y eliminan, de un tajo, ese verso cansino de la identidad y no sé cuántas tonterías más.
Colombia es hoy un conjunto moderno, con jugadores esculpidos en Europa, en ligas de alta competición, preparados bien físicamente, mentalizados, listos para el choque, la fricción y sin complejos, como sí le faltó a ese gran equipo que se paseó por canchas italianas y abrió una puerta que hoy tiene al balompié cafetero no solo exportando jugadores, sino al mundo reconociendo sus virtudes futbolísticas como nunca había sucedido.
Hoy se puede aspirar sin complejos ni temores, insisto. Que no se gane será siempre un anexo al deporte, pero que se tenga la convicción de que hay conque coronar la cúspide, eso no lo discute nadie. Esta Colombia está para ser campeona y eso lo sabe Brasil, Argentina, Uruguay y ocho equipos más. Y si la pregunta es cuál de las dos es la mejor para mí, es decir la de Italia 90 o esta que llegó a la Copa América, la respuesta es sencilla: esta, la de hoy, la que pronto debuta es la mejor en la historia y solo la igualo a la de la cita italiana, porque eran o son equipos que permiten o permitieron ilusionarse.

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