
Por: Jairo A. Castrillón
Saber que el juez central de la final de la Copa América será el brasileño Raphael Claus es importante, no por su recorrido o experiencia (que prima obviamente), sino porque al ser finalista de la prueba cualquier detalle es valioso y allí está Colombia, como en 2001 antes de enfrentar a los mexicanos.
Ver al cuadro cafetero en la última parada del autobús es motivo de satisfacción, pero preocupa lo incómodo e insoportables que resultamos los aficionados cuando la gloria o la derrota nos atropella. En ese estado de locura, somos capaces de insultar y agredir a cualquiera, perdiendo la compostura como sucedió en las gradas del Bank of America, en Charlotte, donde esos grupillos infaltables de fastidiosos y ordinarios, se agredieron de palabra y arrojaron vasos con cerveza a los familiares de algunos de los jugadores del seleccionado perdedor, quienes argumentaron sentirse en riesgo para justificar lo que por tanto tiempo los ha caracterizado: NO SABEN PERDER. Dicen que por eso se vieron obligados a defenderse, generando imágenes absurdas y grotescas que ya le han dado la vuelta al mundo despertando todo tipo de comentarios. Menos mal que con aquel popular 5-0 contra los argentinos en el 89, la tecnología no era tan avanzada sino el mundo hubiera quedado escandalizado al ver gente dañando y brincando encima de los carros parqueados en la calle; lanzándole patadas, huevos y harina a la gente que intentaba caminar apurada en las calles sin saber qué estaba pasando, gritando vulgaridades y puteando a mas no poder, como me tocó verlo en las calles de Flushing, NY, y eso que apenas ganábamos un partido.

VAMOS A LA CANCHA
Con lo visto en el gramado nos sentimos satisfechos. No solo fue el mejor partido hasta el momento de la prueba (ojalá la final este a la altura), sino que hubo una mezcla intensa de pundonor, ganas y testosterona que decantaron en una confrontación divertida, con acciones repetidas de riesgo y propuestas tácticas que cambiaron cuando las circunstancias obligaron repasos de las mismas, siendo el pase favorable para un combinado que le aplicó a los uruguayos un poco de su propia medicina, esa que ellos históricamente han usado tan bien cuando defienden un resultado y se potencias físicamente inspirados en la dulce miel de la victoria que esta vez quedó sembrada en el recuerdo con un penetrante aroma a café y ante un rival que por su jerarquía hizo más ensalzable el triunfo.
En la primera fracción el aliento se contuvo en repetidas ocasiones. Colombia parecía ser el que marcaba la pauta, pero los charrúas se antojaban decididamente más claros para herir y lo hubieran hecho sin piedad, si no es porque el delantero Darwin Núñez, por aquellos indescifrables caprichos del juego, vio como la portería se le movía cuando su equipo tejía las más claras acciones de riesgo. Sin embargo, con pelota quieta, algo que los uruguayos han dominado y cultivado por siempre, un dardo de James Rodríguez encontró rebote en la cabeza de Jefferson Lerma quien la metió tan ajustado al palo derecho, que el arquero Sergio Rochet pareció culpable, pero no debería serlo cuando el balón lleva en su recorrido un veneno que mezcla sorpresa y precisión.
En el camino las cosas se fueron calentado de manera inevitable y en ese vaivén de provocaciones cayó el lateral Daniel Muñoz quien se fue de la cancha después de ver la tarjeta roja que le mostró un disparate del arbitraje llamado César Ramos.
La salida del colombiano obliga a que los técnicos hagan sus ajustes para sacar o mermar la ventaja respectivamente, de acuerdo con el conteo de jugadores. Unos entraban y otros salían para ir ajustando las fichas y los nuevos planes en el rectángulo de juego, con una Colombia bien replegada en el fondo, ordenada, con líneas muy cortas y un grado absoluto de concentración, pero sin renunciar al ataque.
Suena raro lo anterior, pero es cierto. Mientras los uruguayos intentaban atacar con cuatro delanteros definidos y moviendo al frente casi todas las líneas, los cafeteros estuvieron más cerca del segundo y tercer gol, de no haber sido por la falta de resolución del volante Mateus Uribe quien se atragantó con dos pelotas de frente a la portería, haciendo, para tristeza de todos, lo más difícil: poner el esférico fuera de los tres palos.
Es que en la planificación Néstor Lorenzo le pintó la cara a Bielsa. Pese a defender el único gol, le dejó siempre un hombre en punta, rápido y veloz, obligando a que al menos dos de los tres defensores no pudieran sumarse en ofensiva. Es mas, el tercero tampoco podía subir cómodamente concentrado siempre en evitar alguna lapidaria sorpresa que lo obligara a un segundo cierre en caso de que fueran superados los compañeros que hacían sombra al atacante de turno. Otro técnico hubiera eliminado cualquier presunción de agredir a un peligroso rival, y habría dado paso a otro defensor o volante de marca para cumplir la tarea, arriesgando que el enemigo lo bombardeara por todos lados. De hecho, cuando en alguna fracción de segundo el nervio se quebró, o los cierres no fueron precisos, los celestes tuvieron una que otra opción en el reducido espacio para probar la media distancia (una de ellas se estrelló en el palo izquierdo de Camilo). De ahí en más, todo el compromiso fue lo mismo: pelotas afuera, repetidos despejes de portería siempre largos de Camilo Vargas buscando al atacante de referencia (Diaz o Sinisterra), y si no era posible que la pelota quedara en dominio de alguno de ellos, todos se movían al frente, para frenar desde allí a ese rival que ya había retrocedido a su área. Era como ver esos juegos de la NFL donde se hace el despeje de salida y cuando el contendiente recibe la pelota bien atrás, en su propia mitad, arranca a correr intentando birlar las maniobras de recuperación del cuadro que defiende y se multiplica en el intento por evitar el progreso de la acción.
Eso pasó todo el segundo tiempo y por eso los charrúas salieron superados, porque los aguantaron y pelearon con ellos cada pelota en procura de cumplir un plan que el Lorenzo lo vislumbró como fórmula de escape. Con una cuota inmensa de inteligencia y disposición, el timonel argentino transportó al colectivo cafetero a una final donde tiene sello de favorito no por su fino y agradable aroma, sino porque en el recorrido tuvo que doblegar rivales de mayor peso y rendimiento que los argentinos y exhibió mejor fútbol. Eso es una verdad y no un comentario mal intencionado.
Asi que este domingo Argentina se juegua su primer gran partido de esta Copa América con un rival que no solo está envalentonado, sino dispuesto a jugar al mejor estilo sureños si esa es la propuesta que se necesita para llegar primero al podio. Eso espero, como también confío que los aficionados colombianos, en caso de superar el escoyo final, puedan demostrar que también están a la altura y no desciendan al nivel de una hinchada gaucha que de perder sabe poco.

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