Por: Jairo A Castrillón

Nos faltó “un pelo pa’l moño”, como decía mi adorable abuela, Clora. Una frase notoria y de uso doméstico que resume el naufragio anímico con el que nos acostamos y despertamos hoy. Ese sinsabor angustioso que produce el no poder regresar, por segunda ocasión, al histórico y estrecho olimpo del fútbol; ese donde los repetidos pero escasos monarcas mundiales o continentales inscriben su nombre porque no solo aprendieron cómo llegar a una final, sino que se deleitan ganándola, por eso se respetan. Porque se afinan y preparan para disfrutar esa gloria que los embriaga y ahoga, generando acidez y antipatía entre una prolongada cadena de rivales.

Sería terrible menospreciar la victoria del campeón porque ganó bien, sin apelar a la bronca y el malestar que frecuentemente genera con su tendencia colectiva ríspida y friccionada durante la batalla, aunque tampoco sería válido negar que este pase a la final fue menos traumático que en ediciones anteriores o nada similar a la de su rival de turno. Un rival que se desgastó plantándole cara a dos grandes integrantes del esquivo olimpo que ya mencioné. Por eso dejo claro, para que la historia no olvide, que mientras el monarca tuvo que jugar partidillos para estar en Miami, su oponente tuvo que batallar para hacer lo mismos y por allí ya hay una diferencia.

Ya en la final la cosa fue menos de lo que esperábamos, desligando un quebranto que hoy muchos guardan en silencio, mientras otros expresan y maquillan con frases coloridas y positivas, quedando unos pocos que lo asimilamos como un añadido normal de un deporte pasional donde pronto habrá otra oportunidad, siguiendo firmes, por convicción, de que este es un equipo para confiar.

Empezamos perdiendo con un retraso irresponsable derivado de la insuficiencia de civismo que nos distingue y evita que podamos salir del ranking de los terceros en el mundo, porque de un momento a otro los irresponsables y descarados que siempre abundan empezaron a violentar puertas y vías de acceso para filtrarse temerariamente al estadio sin permiso y mucho menos boletas, mostrándole al mundo lo que somos, lo que tiene nuestro ADN, porque el irrespeto es evidente cuando nos colamos y ocupamos el lugar de alguien que correctamente gastó un dineral para formar parte de la historia y se estrelló con una organización pobre e inocente que nunca esperó enfrentarse a lo absurdo. Es que los ciudadanos del primer mundo están habituados a realizar eventos deportivos de gran magnitud donde la gente aporta su cuota de civismo y responsabilidad ciudadana, algo ausente en este grupo de revoltosos que ahora quieren hacerse pasar por víctimas cuando las fuerzas del orden intentaron controlar los desórdenes y proveer seguridad a los buenos ciudadanos que estaban en riesgo. A Esos que hacían la línea ordenadamente, que habían pagado sus taquillas con ilusión y esfuerzo, que soportaban un sol inclemente pero acataban las regulaciones de acceso hasta que no faltó el sicario que detonara el caos. Que pena, pero eso somos. Duele decirlo porque no ha de faltar quien se sienta ofendido sin aceptar (porque nos cuesta), que más allá de las cosas bellas que tenemos, los colombianos por tradición somos desorganizados y violentos por naturaleza.

En la cancha fue bien poco lo visto, vulnerando con mayor severidad el recuerdo que agobia porque la idea era otra. Había que respetar al rival, claro que sí, pero confiábamos en que lo ganado durante el recorrido sería suficiente para proponer, marcar la diferencia, imponer condiciones, pero no fue así porque nos quedó faltando “el pelo pa’l moño”.

Se jugó con demasiado cuidado y por fracciones aburridamente, temerosos de cometer un error, de evitar alguna sorpresa que al final llegó sobre el minuto 111, con una descolgada por derecha de Lautaro quien le ganó la posición a un Carlos Cuesta agotado por un dantesco esfuerzo que le minó la memoria y capacidad de reacción, evitando crear una falta técnica necesaria en ese momento la cual pudo evitar lo que ya no se puede. Todo el mundo le hubiera perdonado la expulsión si hubiese apelado a ella, pero el garbo pudo más que la bribonada y si hubieran sido los campeones los del apuro, créame que ellos no lo hubieran dudado porque también estaban pensando en los penales.

Borrar con la pluma lo que se ha hecho bien siendo evidente durante 28 partidos en la cancha, adornado de gruesos tintes de un pundonor desmesurado y una colectividad manifiesta, no se podría, sería atrevido. Sin embargo pareciera que el técnico se equivocó donde no debía y mandó a jugar un partido que no era el correcto.  

Tampoco me añado a la lista de quienes se conforman con el segundo lugar, cuando la sensación de que había arsenal para más no quedó satisfecha porque a la instancia final se llegó con la etiqueta de favorito y el subcampeonato no sirve de consolación sino vimos lo que todos decididamente creíamos. Valía la pena perder arriesgándolo todo, pero no lo hicimos y eso le duele a los uruguayos, porque con ellos la historia hubiera sido distinta.

Se habla de una prueba concebida con la premeditación de ver a Messi y su pandilla en la final, y tal vez la conformación de grupos y el cruce de llaves abrió el ventilador de las especulaciones, pero en la final no hubo nada extraño como para pensar que Colombia salió afectada por algún fantasma impulsado desde territorio guaraní. Cualquier reclamo no tiene cabida cuando se debe asumir la derrota con gallardía y aceptar que el rival no era más, pero tampoco menos y que al final nos quedamos con las ganas de probar si de verdad estábamos para ser los mejores, los absolutos con otra propuesta y actitud, o simplemente estábamos para que el “moño no se pudiera completar por la falta de un pelo” como decía mi entrañable madre.

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