Por: Geniale

Inicio esta columna después de un año sin escribir absolutamente nada de fútbol. Fue un año en el que quise apartarme de las canchas y dedicarme a contemplar el deporte como un simple espectador, por complicado que esto resulte para alguien que siempre intenta analizar la mayor cantidad de factores posibles cuando se juega un partido, especialmente si es en la MLS, liga que sigo desde su puntapié inicial en 1996.

Al final, y para resumir la temporada número 30 de la liga, hubo un nuevo monarca llamado Inter Miami, que de a poco fue creciendo y firmando victorias clave en las instancias decisivas, como debe hacerse cuando se compite bajo este formato, hasta lograr un título que, si me lo hubieran preguntado, nunca habría apostado a que conseguirían, sencillamente porque no les creía. Pero se les dio.

Me impresionó más, para ser justo, la campaña de un debutante como San Diego, que estuvo a punto de lograr lo que pocos veían en el despegue del proyecto número 30 de la liga profesional, especialmente cuando en el mismo patio aparecen Galaxy y LAFC, mientras que lo de San José todavía está por verse.

También resulta clave la nueva aventura de intentar nivelar el torneo nacional con el calendario europeo, un movimiento que no sé si realmente le aporte soluciones a una competición que se juega bajo factores climatológicos extremos o con extensas franjas de tiempo que pueden terminar siendo perjudiciales.

Sin embargo, más allá del campeón, de las altas y las bajas, y de un Messi con botín de oro que rompe con todo, creo que el gran suceso del año en los Estados Unidos fue el sorteo del Mundial y la malicia intacta de un dirigente cincuentón como el suizo-italiano Gianni Infantino, quien, sin ruborizarse, ha demostrado que solo busca inyectar dinero a las federaciones dentro de este sucio juego del poder, donde todos quieren perdurar. Así, el máximo torneo de selecciones del planeta, más allá de ir prostituyéndose poco a poco en lo deportivo, termina dándole la razón a una dirigencia de la FIFA que ha visto cómo su invento eleva precios y tensiones por un boleto a niveles absurdos, gracias también a la colaboración ingenua del mismo aficionado, que termina permitiendo que lo manoseen como quieren.

Otra jugada maestra fue la “gran amistad” y el “protagonismo” otorgado al presidente Donald Trump, buscando que su volatilidad y sus políticas migratorias no generen un problema de riesgo mayor para el éxito económico de la prueba. Tener al primer mandatario estadounidense como aliado y gran vedette en el sorteo muestra la sagacidad de un dirigente que, como tantos otros, hace lo necesario por perdurar, aunque luego terminan siendo responsable de actos bochornosos cuando se embriagan y se ahogan en el poder, como les sucedió al brasileño João Havelange o a su connacional Sepp Blatter, por citar solo dos ejemplos de los muchos que abundan para resaltar la mano negra del mayor negocio deportivo del mundo.

Durante años entendimos que la Copa del Mundo se jugaba a través de eliminatorias en cada confederación, y que solo accedían a la gran final aquellos equipos que lograban imponerse en procesos largos, cerrados y muchas veces extenuantes, como ocurría, por ejemplo, en las Eliminatorias de la Conmebol.

Hoy el concepto parece ser otro. Todo indica que el verdadero campeonato del mundo será el que se juegue a mediados del verano en tres países —otra locura absurda—, con una final incluida para taponar el esperpento, y no aquella finalísima tradicional a la que se accedía después de sudar gotas de “sangre”, manteniendo vivas las ilusiones de sellar campañas prolongadas con un trofeo verdaderamente orbital. Eso, al parecer, ya no será así.

Remato expresando mi preocupación por este asunto de la Inteligencia Artificial (IA) y su creciente presencia en el deporte como vehículo de información. Todo apunta a que quienes hemos escrito durante tanto tiempo y con criterio, poco a poco seremos arrinconados, no porque falte lectura, sino porque hoy existen herramientas muy poderosas que permiten maquillar la ignorancia y disfrazar la falta de criterio.

Ojalá los viejos lectores sigan leyendo a los viejos escritores, para que ese círculo silencioso que nos une se mantenga vigente, al menos por un tiempo más.

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