Por: Geniale

Indignación y frustración mostraron aficionados y medios especializados tras el anuncio de la FIFA, que confirmó haber recibido más de 500 millones de solicitudes de boletos para el Mundial de 2026. El dato, presentado como un éxito comercial, en realidad expone la raíz de un desajuste mucho más profundo: la globalización ha roto todos los pronósticos y el aficionado continúa siendo la principal fuente del apetito económico de los organizadores.

El Mundial hoy se enfrenta a sí mismo. La matemática simple lo delata: apenas unos 5,7 millones de espectadores podrán ocupar las tribunas a lo largo de los 104 partidos programados. El verdadero debate, entonces, no es quién puede pagar, sino algo más incómodo y estructural: ya no hay suficientes asientos para un fútbol globalizado. En ese contexto, pensar en un futuro formato de 64 selecciones deja de parecer una locura y se convierte en una consecuencia lógica del apetito voraz de los lobos y de la ingenuidad de un público que protesta, pero sigue dejándose manipular a conveniencia.

Basta una mirada rápida al pasado para entender la paradoja. Estados Unidos 1994, como dato anecdótico y simbólico, marcó el final del formato con 24 selecciones. Se disputaron 52 partidos —la mitad de los que se jugarán en 2026— y se registró una asistencia total de 3.587.538 espectadores, con un promedio histórico de 68.991 aficionados por partido, récord que se mantiene hasta hoy. Aquella Copa se jugó en estadios amplios, con promedios cercanos a las 70.000 localidades, y sigue siendo, curiosamente, el Mundial con mayor asistencia media y recaudo, pese a tener menos partidos y menos equipos.

Catar 2022, para cerrar el arco comparativo, contó con 32 selecciones, 64 partidos, una media de 53.191 espectadores por juego y una asistencia total cercana a 3.404.252 aficionados. Fue, sin duda, el Mundial con mayor eficiencia logística: estadios ultramodernos, distancias mínimas entre sedes y facilidades inéditas para el desplazamiento del público. Sin embargo, ni la tecnología ni la comodidad lograron superar los números de 1994. Más eficiencia, sí; más asistencia y recaudo, no.

Volvamos entonces a la cifra que desató la polémica. Traducir esas 500 millones de solicitudes a una escala humana equivale a llenar más de 7.000 estadios de 70.000 personas. No existe precio —ni alto ni bajo— capaz de resolver una ecuación así. El problema no es el costo del boleto: es la escasez inherente de un evento que se ha vuelto planetario.

Se apunta al precio como si fuera el gran villano, cuando en realidad la demanda masiva es la que convierte al acceso en un privilegio. El precio no excluye; excluye la magnitud del deseo global. El Mundial ya no compite contra otros espectáculos deportivos: compite contra el propio planeta.

En el contexto de Estados Unidos y de la MLS, este dato debería encender una alarma distinta. El público local todavía interpreta el Mundial como “otro gran torneo”, cuando en realidad será el mayor choque cultural, logístico y simbólico que haya vivido el fútbol en este país. No se trata solo de estadios llenos, sino de ciudades desbordadas, infraestructuras al límite y una audiencia global que llegará con expectativas propias de un evento irrepetible.

El Mundial 2026 no será recordado por cuántos boletos se vendieron, sino por cuántos quedaron inevitablemente fuera. Ese será, quizá, el verdadero legado de esta cifra: confirmar que el fútbol ya no pertenece al estadio, sino al mundo entero. Y por eso —conviene repetirlo sin eufemismos— la FIFA hace con el torneo y con los aficionados lo que le da la gana, asi de sencillo y sin rubor en las pálidas mejillas.

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