
Por: Jairo Alberto Castrillón (Geniale)
Si el Mundial de Fútbol iniciara este fin de semana, tres selecciones ocuparían el podio de los favoritos: España, Francia y Argentina, en ese orden. Y por eso, en este encuentro semanal, el tiempo nos permite ir desgranando lo que, en el conteo regresivo, ya empieza a vislumbrarse, entendiendo —como siempre— que muchas cosas pueden cambiar antes del pitazo inicial de la prueba más exigente y lucrativa del deporte global.
Empecemos por el conjunto ibérico, dirigido por Luis de la Fuente, un técnico que ya sabe lo que significa competir en este tipo de escenarios. Con la clasificación al Mundial 2026, España acumula trece presencias orbitales, un dato que habla de continuidad, cultura y peso histórico. Desde ya, el cuerpo técnico ha delineado su plan logístico y funcional con base en Chicago, y sobre el papel no debería tener mayores apuros para superar a rivales como Cabo Verde, Arabia Saudita y Uruguay, sin perder de vista que el conjunto charrúa representa el escollo más serio del grupo.
España llega al Mundial de junio con algo que no siempre tuvo en ciclos recientes: certeza estructural. Es un equipo joven, sí, pero con una columna vertebral sólida, conceptos tácticos claros y una ejecución que no se intimida ante el reto. Por eso la pregunta ya no es si España juega bien o bonito, sino si dispone de variantes reales cuando el rival incomoda y el libreto deja de funcionar.
En el fondo, el conjunto escarlata ha entendido que defender no es retroceder, sino saber desde dónde empezar a mandar, dónde recuperar la pelota y cómo, a partir de allí, generar líneas de pase y movilidad ofensiva que acerquen a la victoria —si es que en el fútbol algo puede considerarse sencillo.
Más allá de los nombres que inicien la prueba, España cuenta con defensores que combinan perfiles y soluciones: buena salida, repliegue veloz, talla en el juego aéreo y fortaleza física en la marca.
Robin Le Normand aparece como el central más estable del ciclo por liderazgo y fiabilidad competitiva, respaldado por piezas como Dani Vivian y Aymeric Laporte (en escenarios puntuales), o por apuestas de futuro inmediato como Pau Cubarsí y Dean Huijsen, zagueros que no solo defienden, sino que también saben expandir la cancha con balón controlado.
Por las bandas, Carvajal y Cucurella representan cierre, oficio y corrección permanente, mientras que Pedro Porro y Grimaldo aportan agresividad, profundidad y presencia ofensiva cuando el contexto lo permite
Es en la mitad del campo donde el equipo ibérico impone mayor respeto. Allí se planta con autoridad Rodri, un futbolista que no negocia su puesto porque es regulador de carácter, orden y disciplina táctica. Su ausencia, por cualquier motivo, debilita de inmediato el andamiaje colectivo.
A su alrededor surgen futbolistas de primer nivel que alimentan el debate. Pedri es el talento que ordena la posesión, el que escribe poesía con el balón, aunque su fragilidad física condiciona su continuidad. Por eso Fabián Ruiz resulta tan atractivo: regular, con llegada, sacrificio silencioso y un rendimiento que en torneos largos se valora especialmente.
Mikel Merino, sin ser brillante, es confiable; equilibra, compite y responde cuando el partido se ensucia. Martín Zubimendi, por su parte, ofrece seguridad táctica, capaz de sostener ventajas y construir una trinchera donde Rodri puede resguardarse cuando los planes no fluyen. No es exagerado afirmar que el mediocampo español es, para muchos, su mayor argumento para soñar con una final.
En ataque, España deposita buena parte de su ilusión en Lamine Yamal, un juvenil con talento suficiente para romper esquemas sin necesidad de contexto. Su desafío será emocional y físico, no futbolístico. La técnica la tiene; la comparación permanente, no la necesita.
Nico Williams es el jugador que estira al rival, lo desgasta y lo obliga a retroceder. Un fórmula uno cuando encuentra pista libre. Dani Olmo, en cambio, es la llave táctica: conecta líneas, se filtra entre espacios y aporta claridad cuando el partido se enreda.
En punta, Álvaro Morata sigue siendo útil más por lectura y experiencia que por cifras. Ferran Torres y Samu Omorodion ofrecen movilidad o potencia según el guion. Por eso afirmar que el gol en esta España es una responsabilidad compartida no es una exageración, sino una seña de identidad.
España no llega al próximo Mundial como favorita indiscutida, pero sí lo hará como un equipo más homogéneo, compacto y maduro que en ciclos anteriores. Tiene talento, variantes y una idea clara tanto cuando el plan funciona como cuando se ve obligado a adaptarse. Está preparada para competir en fase de grupos y en eliminatorias directas.
El desafío ya no es jugar bien —eso España sabe hacerlo—, sino ganar cuando el partido exige algo más que buen fútbol.

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