
Por: Geniale
Los dirigentes del fútbol mundial, especialmente quienes han regido la FIFA, han sostenido durante décadas que el fútbol debe mantenerse al margen de la política. Pero no podemos olvidar que en 1934, cuando se jugó el segundo Mundial en Italia, el fascismo estaba en pleno furor, por lo que el dictador Benito Mussolini aprovechó la instancia para vender, con propaganda barata, la imagen de un país orgulloso de su ideología fascista, que además en el campo deportivo llegó a la final y se coronó campeón, después de sospechosos fallos arbitrales atribuidos por muchos a presuntas presiones de “manos oscuras” y a una actitud descalificadora que se permitieron los italianos al poner y quitar jugadores de otras nacionalidades, sin importar demasiado las regulaciones de la aún joven FIFA, que observaba todo con evidente temor.
En 1978 también se jugó un Mundial “grosero y sucio” que le dio a la albiceleste su primer título orbital, celebrado por una dictadura militar que aplaudía el logro mientras las calles del país se manchaban con la sangre de miles de jóvenes inocentes cuyo único pecado era pensar distinto. Muchos de ellos estuvieron retenidos, como prisioneros, en las inmediaciones del estadio Monumental donde se jugó la final, según cuenta la historia. Quienes quieran pensar que no fue así deberían repasar el famoso 6–0 ante un Perú del que nunca se supo si se “vendió” o si fue simplemente “amedrentado” para no oponer resistencia y permitir que el combinado local accediera a la finalísima en detrimento del cuadro brasileño. Cosas que parecen evidentes y contundentes, pero que nadie ha podido probar del todo, ya sea por temor o por conveniencia.
El fútbol del nuevo milenio, es decir, la historia más reciente con seis Mundiales disputados, convive con debates sobre derechos humanos, migración, igualdad y conflictos internacionales que se amplifican a través de las redes sociales y de una cobertura mediática verdaderamente global. Hubo debates y polémicas en el Mundial de Sudáfrica, el de Brasil, Rusia y Qatar para que no lo olvidemos. Siempre una sombra politica y social antes de cada prueba, siempre.
Por eso las Copas del Mundo ya no son solamente torneos deportivos; son plataformas de visibilidad internacional, con una FIFA que insiste en mantener el fútbol al margen de la política. Pero en la práctica esa neutralidad resulta cada vez más difícil de sostener, especialmente cuando hoy miles de millones de personas observan el mismo evento global donde cualquier gesto, símbolo o controversia adquiere de inmediato una dimensión internacional.
Desde hace un par de semanas, cuando estalló el conflicto bélico entre Estados Unidos, Israel e Irán, los temores que produce la volatilidad de una guerra empezaron a generar un ambiente extraño entre los aficionados que piensan asistir al torneo, en los países anfitriones y también entre los seleccionados clasificados.
Para confirmar ese tufillo de dudas y sombras, esta semana el presidente estadounidense dijo que no consideraba “apropiado” que los iraníes asistieran al evento, a pesar de afirmar que son “bienvenidos”, pero que, al mismo tiempo, sería mejor que no lo hicieran por “su propia vida y seguridad”. Es decir, una serie de contradicciones en muy pocas líneas que no hacen otra cosa que acrecentar la incertidumbre.
Recordemos que Irán está en el Grupo G con Egipto, Bélgica y Nueva Zelanda, y tiene programados dos partidos en Los Ángeles y uno en Seattle, donde existe una gran comunidad iraní que llegó huyendo del actual régimen que muchos desean ver caer.
Como un pequeño presagio podría decirse que Irán nunca le ha ganado a Estados Unidos en un Mundial, donde se han enfrentado en dos ocasiones. La primera en Lyon, durante Francia 1998, donde cayeron 2–1, y la última en el torneo de Catar, donde también fueron derrotados por la mínima diferencia.
Por eso, a esta nueva edición del torneo orbital no se le puede cercenar la tensión política global, cada vez más frágil e incierta.

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