
Dos caras de un mismo Mundial: el confort de la élite y el precio que termina expulsando al verdadero aficionado.
Por: Jairo Alberto Castrillón
Como molesta tener que subrayar lo mismo, pero es que el Mundial más caro de la historia ya no es una advertencia: es una realidad. El conteo regresivo avanza y, con él, el desbordamiento en los precios de las taquillas se consolida como el gran motivo de crítica alrededor del torneo.
La semana pasada, para ponerle una cereza al pastel de ese desmedido apetito, la FIFA abrió la última ventana para adquirir boletos y, tras largas esperas, interrupciones en el proceso y un desespero evidente, algunos aficionados vieron cómo los precios llegaron a superar los 10 mil dólares por una buena silla en la gran final, cuando en diciembre esa misma ubicación estaba en $8,500 y en octubre, durante otra ventana de venta, la tarifa inicial rondaba poco más de 6 mil dólares.
Las demás localidades, en zonas más alejadas del campo, oscilan entre $7,000 y $5,500 dólares, configurando una situación insostenible para miles de aficionados que en algún momento pensaron en cumplir la ilusión de su vida.
Una extensa y detallada tabla presentada por The Athletic (casa deportiva del The New York Times) muestra cómo los precios se han incrementado entre un 9% y un 126% en algunos partidos, y cómo cerca del 95% de las entradas han sufrido un aumento sustancial respecto a la primera oferta. Un partido como Curazao vs. Costa de Marfil, ya confirmado dentro del calendario, antes podía costar $35 en su entrada más económica y hoy alcanza los $450. Y lo más revelador: ese valor representa, en muchos casos, el precio base más bajo para cualquier partido, sin importar la fase.
Ahí es donde aparece la gran contradicción del torneo: más partidos, más selecciones y, en muchos casos, menor peso competitivo… pero precios cada vez más altos.
Porque mientras el acceso se encarece, la estructura del negocio se expande. Aprovechando un estimado de ingresos que supera los 11 mil millones de dólares, la UEFA ha solicitado a la FIFA un aumento en los premios a los participantes, respaldándose en la promesa de que el 90% de los ingresos será redistribuido al fútbol mundial. Pero en el fondo, la discusión no es solidaria: es una disputa por el reparto de un negocio cada vez más lucrativo.
La FIFA le asigna a cada selección participante un total de $1.5 millones para la fase de preparación y, durante su estadía —en hoteles de cinco estrellas y de uso exclusivo—, el ente rector entrega una asignación cercana a los $38 mil dólares diarios por equipo. A esto se suma que las delegaciones, que pueden alcanzar los 55 integrantes, viajan en primera clase, mientras que el organismo cubre árbitros, tecnología, controles antidopaje y transporte terrestre en condiciones de alto confort.
Las selecciones, por su parte, asumen los costos de cualquier integrante adicional que exceda el límite establecido, así como los entrenamientos previos al inicio del torneo. Aquellos equipos que busquen disputar amistosos para ajustar su nivel competitivo deberán invertir entre $25 mil y $50 mil dólares por sesión.
En esta edición, la FIFA desembolsará un total de $655 millones en premios, superando ampliamente los $440 millones entregados en Copa Mundial de la FIFA Catar 2022. Sin embargo, el incremento también responde a una expansión que lleva el torneo de 32 a 48 selecciones, una decisión que combina ambición deportiva con un evidente interés comercial.
Al final, sobran las atenciones, los jugosos bonos, el lujo desbordante y la comodidad absoluta que reciben todos los invitados a la fiesta… menos el aficionado, que no solo sostiene emocionalmente el espectáculo, sino que también termina financiando un modelo cada vez más grande, más costoso y, en muchos casos, más distante de su propia esencia.

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