Dinero y poder: cóctel mortal a la moral de la FIFA

Por: Jairo Alberto Castrillón

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, intentó mostrarle al mundo que el fútbol podía doblegar la historia y romper cualquier lazo de odio al pretender que los presidentes de la federación de Israel y la de Palestina unieran sus manos como si nada hubiera pasado, esperando a que los muertos, heridos y víctimas del conflicto entre ellos se levantaran a aplaudir su osadía.

Es que el ítalo-suizo viaja en una Escalade blindada con el rótulo de VVIP (persona muy importante) en el parabrisas, sumergido en el mar de lujos y atenciones que lo rodean en su diario vivir, gracias a un deporte que mueve miles de millones de dólares y a una presidencia que, si bien es remunerada, genera el éxtasis de un poder capaz de consumir la conciencia de quienes lo ejercen, empujándolos a vivir en un planeta completamente distinto a la realidad.

Jules Rimet fue el primer presidente de la FIFA y el hombre que más perduró en el cargo (33 años). Artífice de la Copa del Mundo, creyó genuinamente que el fútbol podía unir al planeta. Pero cuando Benito Mussolini amenazó a su país y presionó para que Italia ganara el Mundial del 34, Rimet se arrodilló. Los árbitros fueron agasajados por el fascista, los italianos alinearon a quien les dio la gana, y el presidente de la FIFA no apagó el incendio. Reconoció después, con sus propias palabras, que tenía la impresión de que ese mundial no lo había organizado la FIFA sino el soberbio dictador. Era solo un lunar, dijeron algunos. En realidad, era el primer mapa de lo que vendría.

Porque lo verdaderamente alarmante llegó cuando el dinero empezó a correr en cantidades industriales. Joao Havelange, quien dirigió la rectora mundial entre 1974 y 1998, convirtió a la FIFA en una máquina de hacer dinero. Bien por el brasileño que recogió una cuenta con 30 dólares en su haber y la llevó a la cúspide financiera, pero también se abrieron los callejones donde los préstamos «blandos» no supervisados empezaron a comprar votos y conciencias con un sistema elegante pero sistemático. A través de una firma llamada ISL (International Sport and Leisure) fue señalado, junto a su yerno Ricardo Teixeira, presidente de la federación brasileña, de haber recibido una millonada en sobornos. Se fue a la tumba con 100 años, sin tocar una cárcel para pagar nada de lo que debía.

Luego lo sucedió, desde el 98, el suizo Sepp Blatter, sombra fiel de Havelange durante años como su secretario general inamovible. Otro que se embriagó con las mieles del poder sin saber que desde el 2011 una célula del FBI investigaba sus movimientos y los de toda esa pandilla de «bandidos» que no pudieron justificar pagos irregulares. El estelar francés, Michel Platini, también salió manchado de toda esa podredumbre.

Ahora, desde el 2016, la máxima rectora del balompié está en manos de Infantino, quien se mueve desesperadamente para perpetuarse en el poder cuanto más pueda. ¿Por qué no cambian cada cuatro u ocho años para evitar que la fiebre del poder les nuble la razón y la conciencia? ¿Por qué el fútbol no renueva a sus dirigentes de manera regular para evitar tanto compadrazgo y amaño?

La respuesta es simple: porque el modelo funciona para quienes están adentro. Siempre serán las mismas pirañas hambrientas de más, agrupadas en silenciosas mafias que alguna vez ya fueron puestas al descubierto por las leyes internacionales, y que igual siguen nadando en el mismo estanque.

Infantino ya ha generado movimientos geopolíticos que prenden alarmas en muchos sectores. Jugó un papel clave en la elección de Arabia Saudita como sede del Mundial 2034, abogando abiertamente por esa candidatura y borrando de un plumazo la elegibilidad de otras posibles sedes competidoras. Y también se dio —para otro baño de fino champú— el gusto de que el primer Mundial de Clubes llevara su nombre grabado en el trofeo, lo que ha causado mucho malestar entre dirigentes de todo el mundo que no cuestionan la soberbia ni los intereses políticos, sino que tal vez lamentan no ser ellos quienes estén comiendo tan fino caviar.

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