España levantó la Copa, pero la primera edición con 48 selecciones dejó mucho más que un nuevo campeón

Por: geniale

Más difícil que ganar una Copa del Mundo, como lo hizo España en el estadio de NY/NJ, resulta resumir en pocas palabras todo lo que dejó esta primera edición con 48 participantes del torneo más importante del planeta.

Empezaría por felicitar merecidamente a la afición del nuevo monarca y a Rodri, quien se elevó como el jugador del torneo, junto a su arquero, Unai Simón, consagrado como el mejor del torneo en esta posición al cerrar su trabajo con un solo gol en contra en ocho partidos. Todo, menos el botín de oro, se lo llevaron los ibéricos.

 Leo Messi, que se despidió como un gigante, lloró y conmovió al mundo al ver que no pudo coronar su segundo trofeo orbital.  Sin embargo, logró superar el récord de Miroslav Klose como máximo goleador en la historia de la prueba, ya con 39 años, dejando en evidencia que, cuando dentro de poco abandone las canchas, habremos tenido el privilegio de ver a uno de los gigantes de todos los tiempos; difícil de igualar. No se quedó con el récord histórico, pero paso por allí, siempre comulgando con los primeros lugares.

El francés Kylian Mbappé será quien termine firmando el récord de goles en un Mundial, toda vez que sumó 10 en esta prueba y todavía seguirá anotando por uno o dos mundiales más.

De los tres anfitriones, ninguno dio la talla. Se ahogaron entre sus ilusiones y sus limitaciones y apenas dieron pelea. Canadá, sin mucho brillo, terminó rompiendo algunas barreras que nunca había superado, pero no tuvo ni convicción ni mucho menos fútbol para prosperar; México, por fin, disputó cinco partidos, aunque ese avance obedeció más al nuevo formato que a otra cosa. Si se hubiera mantenido el viejo esqueleto del torneo, la historia habría sido distinta y la frustración se hubiera repetido. Y la selección de Estados Unidos dio zarpazos de tigre de Bengala para terminar convertida en un gatico de porcelana. Nos quedamos esperando.

Alemania, una vez más, traicionó su historia y aún se esconde tras las cortinas para ocultar el rubor. Al combinado de Brasil le ocurrió algo parecido, incluyendo un entrenador que apenas unos meses antes despertaba ilusión y terminaron triturándolo para desfogar la angustia. Duele comprobar que hace mucho tiempo la Conmebol perdió una de sus mejores credenciales, pues ya no pasa nada con la canarinha.

Otro que se marchó fue Cristiano Ronaldo. No lo puedo poner en el mismo renglón que la Pulga porque, sencillamente, no se le acerca, al menos en este tipo de pruebas. El portugués se fue sin remordimientos, pero con una deuda en su palmarés que nunca iba a saldar con una selección basada más en estadísticas y promesas que en verdadera jerarquía.

Entre las escuadras debutantes hubo una que se robó los aplausos. Cabo Verde fue la única selección capaz de arrebatarle un punto a España. Y no fue un accidente, como pareció al principio; lo consiguió porque, de ahí en adelante, confirmó que reunía una serie de ingredientes importantes para romper su propia historia, provocar aplausos en las tribunas y sembrar preocupación entre sus rivales. Entre esos ingredientes apareció el veterano Vozinha, un meta que, a los 40 años, se erigió como uno de los arqueros de mayor nivel, llevando a la nación más pequeña a protagonizar la historia más linda del torneo.

Por Sudamérica destaco lo de Argentina, porque vale la pena, más allá de que se haya arrugado en la final, pero llegó hasta el histórico octavo partido con mucho esfuerzo y desgaste. Ecuador quedó debiendo y de «caballo negro» solo quedó el adjetivo; Uruguay se fue sin una victoria y peleando contra la impotencia; los paraguayos también se alebrestaron, pero de fútbol, más bien poco; y Colombia, que parecía ir creciendo, se “mareó” una vez más desde los doce pasos ante Suiza.

En las tribunas brilló el aliento de los colombianos que, desde Brasil 2014, le enseñaron al mundo cómo se debe cantar el himno del país y hoy eso es una marcada tendencia. La afición mexicana también merece su reconocimiento y, en general, el público que pagó, literalmente, muy cara la posibilidad de vivir la fiesta de cerca. La cifra de asistencia tenía que romperse por el aumento en el número de partidos, pero la alegría desbordada en cada encuentro merece un capítulo aparte. Los últimos registros confirmaron que la final de la Copa del Mundo superó a eventos de tanto peso como el Super Bowl o la final de la NBA

No se puede ocultar que el incremento del 89 %, en promedio, en el precio de las entradas constituye un abuso sistemático de una rectora que sueña con hacer historia y hacer todo más grande, pero a costa del bolsillo ajeno, del aficionado raso, siempre bajo la amenaza de que el «Pague por Ver» será la siguiente opción si nos quejamos demasiado. Y, al final, ¿para qué protestamos si terminamos consumiendo todas las taquillas y pagando lo que fuera en la reventa, con tal de ser parte de la historia?

La retina también se refrescó con el talento de jugadores jóvenes como Johan Manzambi, de Suiza, quien lideró a su selección hasta donde pudo soñar. A este grupo se unieron el pequeño Gilberto Mora, de México; el explosivo Antonio Nusa, de Noruega; el sueco Anthony Elanga, quien jugó 120 minutos en toda la prueba, marcó dos goles y llevó a su selección a la siguiente fase. Aquí no puedo cerrar sin mencionar a Gustavo Puerta, el colombiano que, con su pequeña talla y despliegue físico, aportó no solo solidez en marca, sino la esperanza de un líder firme para el camino que se avecina.

Hubo, por supuesto, momentos amargos, de duda y de debate. El marciano Pierluigi Collina, jefe del arbitraje de la FIFA, respaldó la actuación de los árbitros centrales, aunque las fatídicas redes sociales y los comentarios de esquina subrayen algo totalmente distinto. En fin, es el debate de nunca acabar. Yo, por mi parte, escucho y leo a los expertos, quienes coinciden en que los colegiados no fueron el problema, sino el VAR y ese bendito criterio que siempre termina arruinando lo que la tecnología podría solucionar.

Cada jornada estuvo acompañada por teorías conspirativas, campañas de desinformación y polémicas artificiales. Sin embargo, el desarrollo del torneo terminó demostrando que las grandes campañas se explican mucho más por organización, talento y rendimiento que por las narrativas construidas fuera de la cancha.

La gran duda antes del torneo era si la ampliación diluiría el nivel competitivo. Ocurrió exactamente lo contrario. Hubo más partidos de alta tensión, aparecieron nuevas selecciones protagonistas y la fase eliminatoria comenzó con una riqueza de historias pocas veces vista.

Inglaterra se fue con un tercer puesto tan decoroso como lucrativo y nos regaló, junto a los franceses, un partido con 10 goles muy divertido, sin presión alguna y mucho menos mala fe. Pudo ser un amistoso más, pero de principio a fin se lo gozó el venerable espectador.

El Mundial de 2026 no cambió el fútbol por reunir a 48 selecciones. Lo cambió porque demostró que el poder futbolístico ya no pertenece exclusivamente a los gigantes tradicionales. Hoy cualquier selección puede soñar con escribir su propia historia. Porque, al final, el fútbol seguirá siendo, en esencia, la suma mágica de buenos jugadores, jugadas brillantes y el gol.

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