
La polémica ya no gira alrededor de Balogun. La verdadera discusión es si el reglamento se aplica con el mismo rigor para todos
La FIFA decidió levantarle a Folarin Balogun la sanción de un partido y, con ese simple plumazo, logró lo que pocas decisiones administrativas consiguen: unir con un fastidio total a sectores del fútbol que rara vez se ponen de acuerdo en algo. En el campamento belga, rival inmediato de Estados Unidos, el desagrado no es un capricho: es la sensación, cada vez más extendida, de que el fútbol se juega dos veces según fluya el interés particular de alguien. Una en la cancha y otra en un escritorio, siendo la primera la instancia donde todo debería quedar resuelto. Lo peor del asunto es que USA no necesita a Balogun para buscar una clasificación. Él es un buen jugador, pero variantes hay como para pensar que sin su presencia el equipo de Pochettino está condenado a la eliminación; tampoco así.
Para quienes hemos seguido de cerca la MLS, esto no debería sorprendernos. Allí, cada lunes, el comité disciplinario reescribe lo que pasó el sábado anterior: revierte una expulsión, inventa una sanción que el árbitro no vio, corrige lo que ya estaba corregido. Nos hemos acostumbrado a que la autoridad rectora sea, también, la rectificadora. Que una instancia se sancione a sí misma para deshacer lo que hizo es, a estas alturas, folclore del reglamento. Lo que verdaderamente incomoda no es el mecanismo. Es el tinte.
Porque antes de que la sanción fuera levantada, el presidente Trump ya había anunciado en su red social lo que iba a ocurrir. Y ahí, en ese anuncio prematuro, se cuela una sospecha que ya no se puede borrar con comunicados: que, para muchos, Gianni Infantino —»su amigo», como se dice sin necesidad de comillas— escuchó antes una petición que un reglamento. La jugada, entonces, no pareció revisarse únicamente en el VAR. También pareció revisarse en otra parte, apelando a un artículo que se desempolvó del sarcófago donde estaba el manuscrito que lo contenía.
La sanción original a Balogun, dicho sea de paso, era justa para buena parte del gremio. Vino tras una revisión que, como suele ocurrir con el VAR, agranda la falta más de lo que la falta merece. Hubo contacto, sí; el tobillo se torció de forma escandalosa, también. Pero la fuerza aplicada, según muchos, no explicaba una lesión grave, y la prueba está en que el jugador australiano siguió compitiendo. Sin querer decir que para que haya una roja el afectado deba salir en ambulancia, tampoco es así. El VAR, ese ojo que todo lo aumenta, convirtió un contacto en un escándalo dividido entre quienes lo aprueban y quienes lo rechazan. Y ahora ese escándalo se disuelve con un comunicado tan frío como amañado.
Infantino ha venido demostrando, decisión tras decisión, que gobierna el fútbol como quien administra una agenda de favores: al final hace lo que se le antoja, según lo más conveniente y sin una pizca de rubor. Y en este momento, a trece días de que termine todo esto, no le conviene un conflicto con Trump, que en una rabieta podría complicarle lo que aún queda de competición. No es la primera señal. El año pasado invitó al Inter Miami al Mundial de Clubes por haber ganado el Supporters’ Shield de la MLS durante la temporada 2024—ni siquiera por ser campeón, título que en realidad se llevó el L.A. Galaxy—, sino porque Messi garantizaba taquilla para el estreno de su torneo. La lógica no era deportiva. Era comercial y disfrazada de deportiva.
Ese patrón —el de un dirigente que dobla las reglas según el peso político o económico de quien tiene enfrente— es lo que hoy pone en duda la transparencia de un Mundial entero. Cuando una decisión arbitral aplica para unos y no para otros, deja de ser regla y se convierte en trato. Y en esa lógica, no faltan quienes se atreven a imaginar una final entre Argentina y Portugal, dos selecciones que, para muchos, han recibido un trato arbitral generosamente parejo. La tentación narrativa es enorme: Messi contra Ronaldo, dos viejos que se despiden, una final histórica, memorable, vendible al precio que sea. Aunque ese precio sea la fe misma en un deporte que cada vez se deja manosear más por el interés económico y cada vez cree menos en sí mismo.


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