Quizá el problema no sea que el fútbol ya esté enfermo. El problema es que todavía no ha descubierto cómo inmunizarse contra una pandemia que no reconoce fronteras, camisetas ni competiciones.

Por: Jairo A. Castrillón

Hay noticias que duran un día y acaparan toda la atención. Son esos titulares que parecen imprescindibles, pero que, como cantaba Héctor Lavoe, terminan siendo «noticia en la mañana y en la tarde olvidada». Otras sobreviven apenas una semana. Pero hay algunas que, sin hacer demasiado ruido, deberían obligarnos a detenernos a pensar. Una de ellas es hacia dónde está caminando el deporte más popular del planeta.

Un informe del Grupo de Copenhague, el cual es una red internacional que funciona bajo el Convenio de Macolin del Consejo de Europa y que vigila la integridad de las competiciones deportiva, subraya que durante el Mundial de 2026 emitió siete avisos amarillos por posibles irregularidades relacionadas con movimientos atípicos en los mercados de apuestas. Ninguna de esas alertas demuestra que un partido haya sido manipulado. Mucho menos que el torneo estuviera amañado. Sería irresponsable afirmarlo.

Pero sí significa algo: significa que incluso el campeonato más vigilado del mundo convive con la sombra de una industria capaz de mover cientos de miles de millones de dólares alrededor de un balón. El propio Grupo estima que durante el Mundial se apostaron unos 240.000 millones de dólares, casi el doble de los 128.000 millones registrados en Qatar 2022.

Y eso debería preocuparnos. No porque el fútbol esté perdido, sino porque empieza a convivir con un virus silencioso y letal: la sospecha.

Hubo un tiempo en que una tarjeta roja era simplemente una tarjeta roja. Un error, una imprudencia o una decisión arbitral discutible eran, en esencia, parte adherida al desarrollo normal de un partido. Hoy no. Hoy una expulsión, un penalti, un córner, una sustitución, una revisión del VAR o incluso una decisión disciplinaria pueden convertirse en productos financieros sobre los que miles de personas apuestan en tiempo real porque el partido ya no termina en la cancha. Continúa en los mercados.

Uno de los casos más inquietantes señalados durante el Mundial involucró al delantero estadounidense Folarin Balogun. Tras su expulsión, un mercado de predicción comenzó a especular sobre si estaría disponible para el siguiente partido antes de que la FIFA anunciara oficialmente su decisión disciplinaria. El Grupo de Copenhague terminó solicitando una explicación formal. No prueba corrupción. Pero demuestra hasta qué punto una información reservada puede tener valor económico antes de hacerse pública. Y ahí aparece una pregunta incómoda. ¿Puede un deporte conservar intacta su esencia cuando prácticamente cada una de sus acciones tiene un precio?

Sería profundamente injusto concluir que estas alertas prueban descomposición al interior de los clubes, los directivos o las ligas. Incluso especialistas en integridad deportiva recuerdan que movimientos extraños en las apuestas pueden tener explicaciones perfectamente legítimas. La prudencia obliga a reconocerlo.

Pero también obliga a reconocer otra verdad: cuanto mayor es el dinero que rodea una actividad, mayor es también la tentación de influir sobre ella.

No hace falta comprar una final del Mundial. A veces basta con conocer antes que los demás una alineación, una lesión, una decisión disciplinaria o cualquier información reservada capaz de alterar un mercado donde circulan millones. Ese es el verdadero peligro. Y, sin darnos cuenta, hemos terminado normalizando esa convivencia.

Hoy resulta habitual ver campeonatos patrocinados por casas de apuestas. Clubes que llevan sus logotipos en la camiseta. Transmisiones que muestran cuotas antes y durante los partidos. Publicidad constante invitando a apostar sobre el próximo gol, la siguiente tarjeta o el número de tiros de esquina.

El mismo fútbol que sanciona a un jugador por apostar acepta que buena parte de su financiación provenga precisamente de esa industria.

No es ilegal. Pero sí plantea un debate ético que el deporte ya no puede seguir evitando porque, moralmente, hay un conflicto de intereses.

El mayor patrimonio del fútbol nunca fue un contrato de televisión, o los derechos comerciales o las transferencias multimillonarias. Su mayor patrimonio siempre ha sido otro: la confianza.

No concibo que la certeza de un resultado no dependa de otra cosa que no sea el talento, el esfuerzo, la estrategia. De ese margen imprevisible que convierte al fútbol en una de las expresiones más hermosas de la condición humana.

Si algún día empezamos a preguntarnos si aquella expulsión fue casual, si aquel penalti tuvo algo más detrás o si determinada decisión arbitral pudo responder a intereses ajenos al juego, el daño ya está hecho. No hace falta demostrar un amaño. Basta con instalar la duda.

Hay un detalle que vuelve todo esto todavía más delicado. El Grupo de Copenhague y la FIFA trabajaron juntos durante el Mundial dentro del mismo Grupo de Trabajo de Integridad. Sin embargo, mientras el organismo europeo emitía siete avisos amarillos que consideró merecedores de revisión, la FIFA sostuvo que no había encontrado actividad sospechosa ni indicios de manipulación en ninguno de los 104 partidos.

Eso no significa que uno tenga la razón y el otro este ocultando algo. Pero hoy nadie queda conforme con decir que todo estuvo bien, limpio de cualquier mancha, en especial cuando las cárceles del mundo tienen, entre su distinguida clientela, directivos que pregonaban la transparencia.

Porque la nitidez no es un lujo del fútbol moderno. Es la única manera de proteger la confianza de quienes todavía creen que los partidos se deciden por lo que ocurre dentro de la cancha.

El fútbol seguirá llenando estadios; batiendo récords de audiencia. Continuará vendiendo jugadores por cifras tan astronómicas como ridículas, y firmara contratos comerciales cada vez más grandes. No hay duda.

Pero, ojo, una cosa es que el dinero llegue por el éxito del deporte, por su capacidad de conjuntar, de unir, de elevar pasiones, y otra muy distinta que la parte lúdica y natural del mismo deje de ser la esencia que nos enamoró, simplemente porque no hubo una vacuna oportuna que evitara una pandemia de apuestas y situaciones amañadas.

Deja un comentario

About the Podcast

Welcome to The Houseplant Podcast, your ultimate guide to houseplants! Join us as we explore the wonders and importance of plants in our lives.

Explore the episodes