
Mientras las estadísticas celebran más continuidad y menos interrupciones, el verdadero desafío arbitral sigue siendo el mismo: conservar el control del partido cuando la emoción amenaza con desbordarlo.

Alguna vez, por allá en 1993 y por accidentes de la vida, terminé dirigiendo un partido infantil (sub-12) en una de las tantas canchas del Flushing Meadow Park. Los tiempos eran de 25 minutos y los chicos prometían divertirse. Sin embargo, a los cinco minutos de mi debut como central, el mejor jugador del equipo A, y tal vez el más virtuoso de la cancha, salió persiguiendo a su marcador y le propinó una patada descalificadora desde atrás. Lo hizo sin ruborizarse pese a su corta edad, pero quedó helado cuando vio que en mi mano aparecía la tarjeta roja que ponía fin a su exhibición.
La decisión provocó todo tipo de reacciones entre los padres que rodeaban la cancha. Para unos fui el villano; para otros, el único que había hecho lo correcto. El partido, sin embargo, continuó con normalidad. El jugador lesionado no pudo regresar y yo descubrí algo que, con el tiempo, resultó muy útil para mi oficio: una cosa es conocer el reglamento y otra muy distinta dirigir un partido. Nunca volví a arbitrar ni era una actividad que me interesara, pero aquella experiencia me enseñó prudencia cada vez que tuve que acudir al micrófono o a la pluma para juzgar el trabajo de un árbitro, mucho más cuando se trata del fútbol profesional. Por eso escribo estas líneas con respeto y con el único propósito de aportar argumentos para que sean evaluados por quienes conocen profundamente el tema.
El reciente Mundial dejó una paradoja fascinante. Los mismos criterios arbitrales que produjeron menos faltas sancionadas, menos tarjetas amarillas, menos intervenciones del VAR y un mayor tiempo efectivo de juego fueron, en algunos partidos, los que elevaron el umbral de intervención hasta poner a prueba el control emocional del encuentro.
Esa tensión resume el debate entre el modelo que defiende la revista Soccer America y lo que muchos observamos sobre el terreno. Y precisamente por eso creo que vale la pena analizar el asunto sin caricaturizar ninguna de las dos posiciones.
Empecemos por reconocer lo que el artículo acierta. La tesis es clara y, además, defendible. En los términos que la FIFA se fijó para este Mundial, el arbitraje fue un éxito. Se pitaron menos faltas, se mostraron menos tarjetas, el VAR intervino poco y con rapidez, y el balón permaneció en juego durante más tiempo que en las dos Copas del Mundo anteriores. La sensación general fue la de un fútbol más fluido, con menos interrupciones y menos exageraciones.
Las cifras respaldan esa conclusión. El balón estuvo en juego el 59,4 % del tiempo, frente al 56,9 % de Catar 2022 y el 56,2 % de Rusia 2018. Los árbitros, sostiene el autor, administraron los partidos con personalidad y lenguaje corporal antes que con el bolígrafo preparado para llenar de nombres las tarjetas disciplinarias.
Y tiene razón en algo fundamental. Las tarjetas, por sí solas, no producen control. Muchas veces simplemente confiesan que el control ya se perdió. Pitar cada roce rompe el ritmo del partido, irrita a los jugadores y puede terminar alimentando la tensión en lugar de reducirla. El propio artículo ofrece un magnífico ejemplo: Antonio Mateu Lahoz mostró dieciocho tarjetas amarillas en el recordado Argentina-Países Bajos de Catar 2022 y, aun así, el encuentro terminó completamente desbordado.
Es decir, aplicar el reglamento es una cosa; dirigir un partido es otra muy distinta. Sin embargo, aquí aparece una pregunta que el análisis estadístico no alcanza a responder. Los mismos criterios arbitrales que producen menos interrupciones, menos tarjetas y más continuidad también pueden, en determinadas circunstancias, elevar el umbral de intervención hasta permitir que la temperatura competitiva del partido aumente peligrosamente.
No se trata de una contradicción. Es el costo potencial del propio modelo.
Cuando España eliminó a Uruguay, el resultado terminó pasando a un segundo plano. El encuentro dejó la grave lesión de Manuel Ugarte, dos futbolistas españoles terminaron en el departamento médico y Agustín Canobbio acabó expulsado después de una sucesión de acciones violentas que fueron elevando la tensión del partido.
Y aquí aparece un detalle que invita a releer con detenimiento el artículo de Soccer America. El árbitro de aquel Uruguay-España fue Ismail Elfath, exactamente el mismo que la columna elogia por su «tolerancia táctica» durante la semifinal entre Argentina e Inglaterra. En ese encuentro, la permisividad funcionó y el desarrollo del partido terminó favoreciendo el control.
Pero el contraste plantea una pregunta legítima: ¿por qué uno de esos partidos se utiliza como ejemplo del éxito del modelo mientras el otro, dirigido por el mismo árbitro bajo una filosofía similar, prácticamente desaparece del análisis? Incorporar ambos casos habría enriquecido la propia tesis del artículo y permitido valorar mejor los límites del modelo. No se pueden omitir las cosas solo para conveniencia o apoyo de un enunciado que al final se debilita por la falta de equilibrio.
Conviene aclarar algo importante. Pitar una falta unos segundos antes no evita una rotura de ligamentos. Nadie puede sostener seriamente semejante afirmación. Las lesiones responden a múltiples factores.
Mi argumento es otro. Cuando evaluamos el éxito de un modelo arbitral deberíamos medir no solo aquello que mejora, sino también aquello que ese mismo modelo todavía no registra. El tiempo efectivo, las tarjetas o las intervenciones del VAR son indicadores valiosos, pero no alcanzan por sí solos para explicar todo lo que ocurre dentro de un partido.
El fútbol es emoción pura. Un encuentro puede ser intenso y, al mismo tiempo, estar perfectamente gobernado. El control se pierde en otro instante muy concreto: cuando dejan de ser los árbitros quienes marcan el límite de lo permitido y pasan a hacerlo los propios jugadores. Ese momento no siempre aparece en una estadística, pero cualquier futbolista, entrenador o aficionado es capaz de reconocerlo cuando sucede.
Cumplir los objetivos operativos de la FIFA no exime al árbitro de identificar ese punto exacto en el que la continuidad deja de ser una virtud y comienza a comprometer el control del partido y la integridad de los futbolistas. El propio artículo admite, al analizar la final, que esa frontera existe cuando reconoce que Slavko Vinčić no consiguió dominar completamente el encuentro.
El fútbol quería que el balón rodara más. Lo consiguió. Y eso merece ser celebrado. Pero quizá haya llegado el momento de añadir una segunda columna a la evaluación.
Porque el éxito de un modelo arbitral no debería medirse únicamente por el tiempo que rueda el balón, sino también por el instante en que el árbitro deja de gobernar el partido y son los propios futbolistas quienes empiezan a hacerlo, repito.
Las estadísticas cuentan cuánto se jugó. El arbitraje también debería preguntarse quién gobernó realmente el partido.

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