Después del Mundial, Estados Unidos ya tiene estadios, inversión, público y una liga consolidada. Ahora debe decidir cómo convertir todo ese crecimiento en mejor fútbol.

Por: Jairo A. Castrillón

Tras finalizar el Mundial, muchos países se están cuestionando qué sigue tras la búsqueda del protagonismo. Ese protagonismo que tienen los seleccionados con pedigrí en este tipo de pruebas, o con fondos suficientes para establecer proyectos y formar campeonatos divertidos y bien fundamentados. En ese trance entró ahora el fútbol estadounidense.

En la última semana aparecieron varias noticias que, a «vuelo de pájaro», parecían mundos distintos. El nombramiento de Larry Berg como próximo comisionado de la MLS. Los planes de la Federación de Fútbol de Estados Unidos para remodelar el sistema de formación de jugadores. Un extenso reportaje sobre el impacto cultural del videojuego EA Sports FC. Incluso la creciente presencia de grandes fondos de inversión en el negocio global del balompié.

Al leerlas separadamente, se tornan noticias interesantes, pero cuando se juntan, dibujan algo mucho más importante: el inicio de una nueva época para el fútbol en Norteamérica.

Desde 1999, cuando Don Garber llegó a la liga como comisionado de la misma, la conversación sobre el fútbol en este país giró alrededor del crecimiento. Había que construir estadios, atraer inversionistas, crear franquicias, consolidar una liga estable y convencer al mercado de que el fútbol tenía futuro en un país dominado por la NFL, la NBA y el béisbol. Esa etapa, con sus aciertos y errores, puede darse prácticamente por concluida. La infraestructura existe, las franquicias alcanzan valoraciones históricas y el Mundial de 2026 terminó de confirmar que el interés del público ya no es una promesa, sino una realidad.

Ahora, para entender qué hacer con todo ese crecimiento, las señales obligan a una visión diferente. Larry Berg, el comisionado designado que reemplazará a Don Garber a partir de 2027, no habló de expansión ni de nuevos mercados. Conversó sobre el producto, sobre cómo mejorarlo y hacerlo tan competitivo como en las grandes ligas del mundo. Dijo, en esencia, que la liga ya no puede conformarse con tener una estructura sólida; ahora debe construir un mejor fútbol y eso, por lo menos entre líneas, es un cambio de lenguaje, de prioridades.

Después de años dedicados a fortalecer el negocio, a consolidar un entorno adecuado y a cultivar la afición, la MLS pareciera estar dispuesta a poner el balón en el centro de la conversación. De allí en más, se podría pensar que si se procura mejorar el espectáculo, que de hecho es bueno, entonces invertir en jugadores de mayor nivel sería el siguiente paso.

Al mismo tiempo, la Federación reconoce algo que durante años fue motivo de debate entre entrenadores, dirigentes y padres de familia: el sistema de formación necesita reconstruirse desde cero. Ya no se trata de reducir los costos por el llamado «pay to play» (pague para jugar). La propuesta es más ambiciosa. Se habla de reorganizar las competencias juveniles, reducir los desplazamientos innecesarios, crear un sistema nacional de identificación de talentos, fortalecer la formación de entrenadores y acercar el fútbol a las escuelas públicas. En otras palabras, construir una base completamente distinta para las próximas generaciones.

Resulta llamativo que estas conversaciones resalten justo después del reciente Mundial. Durante años se pensó que la gran herencia del torneo sería los estadios llenos, los récords de audiencia o el impacto económico. Sin embargo, quizás el verdadero legado termine siendo otro: obligar a los dirigentes a preguntarse cómo aprovechar ese entusiasmo para producir mejores futbolistas y una liga más competitiva.

Si se observa el panorama completo, aparece una coincidencia interesante. La MLS habla de mejorar el producto. La Federación habla de reconstruir el proceso de formación. Son caminos diferentes que convergen en un mismo objetivo: fortalecer el ecosistema del fútbol estadounidense.

Naturalmente, también aparecen desafíos. La presión por acelerar las decisiones, la necesidad de alcanzar consensos entre propietarios, la inversión que requerirá transformar el fútbol juvenil y la tentación de privilegiar el negocio por encima del desarrollo deportivo, como sucede en tantos países, serán temas inevitables durante los próximos años. Ninguno de ellos tiene una solución sencilla. Pero, por primera vez en mucho tiempo, parece existir un diagnóstico compartido sobre cuáles son los problemas más urgentes.

Quizá resulte prematuro emitir un juicio definitivo sobre cualquiera de estas iniciativas, pero resulta interesante responder si funcionarán o no. Lo importante es entender que todas forman parte de un mismo proceso de transformación.

En las próximas semanas valdrá la pena detenerse en cada uno de estos asuntos por separado. Analizar qué puede aportar Larry Berg a la MLS desde una perspectiva empresarial distinta. Examinar si la reforma del fútbol juvenil será capaz de romper con décadas de fragmentación. Y preguntarse hasta dónde puede llegar la influencia del capital privado en el deporte más popular del planeta.

Porque, después del Mundial, el gran partido apenas comienza. Y, quizá por primera vez en muchos años, el futuro del fútbol en Estados Unidos no dependerá solamente de quién gane los campeonatos, sino de las decisiones que se tomen lejos de la cancha.

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