Cuando la tierra se mueve, los protocolos son los mismos para todos. Lo que cambia es la vivienda donde cada uno intenta sobrevivir, la calidad de la construcción, el suelo que tiene debajo y los recursos disponibles para levantarse después.

Por: Jairo A. Castrillón

Existen manuales oficiales aprobados por organismos de protección civil y agencias sismológicas. No es improvisación: son protocolos validados por décadas de experiencia y simulacros masivos, especialmente en países sísmicos como México, Chile y Japón. A nivel internacional, la recomendación más difundida es Agáchate, Cúbrete y Sujétate, promovida por organismos como el USGS.

Estos manuales dividen la actuación en tres fases. Antes del terremoto recomiendan preparar una mochila de emergencia con agua, víveres, botiquín, linterna, radio y documentos; identificar rutas de evacuación, fijar muebles pesados y realizar simulacros. Todo suena muy bien, pero ¿quién conserva durante 20 años una mochila esperando que ocurra un terremoto y, mucho menos, ¿quién va a buscarla cuando llegue la hora de la verdad? Son consejos tan sabios como difíciles de aplicar.

Durante el sismo, la recomendación central es agacharse, cubrirse bajo una mesa resistente y sujetarse. Si se está dentro de un edificio, permanecer allí y alejarse de las ventanas; no utilizar escaleras ni elevadores. Si se conduce, detener el vehículo en un lugar seguro y permanecer dentro, aunque después de las imágenes difundidas, uno no sabe si de verdad eso es un consejo sabio.

Después llegan las réplicas, que pueden producirse durante horas, días o semanas. Ahí sí cobra especial importancia la mochila de emergencia. También se recomienda alejarse de edificios dañados, limitar el uso del teléfono y seguir las indicaciones oficiales.

Sin embargo, en sismología e ingeniería sísmica existe un consenso importante: la principal causa de muerte durante los terremotos no suele ser el comportamiento de las personas, sino el colapso de las estructuras. De ahí la conocida frase: “los terremotos no matan; los edificios mal construidos sí”.

En este caso parece encajar. La torre de la catedral de Manizales cayó, parte del techo del aeropuerto de Pereira se vino abajo y cientos de personas quedaron atrapadas bajo escombros. Todo apunta mucho más hacia la vulnerabilidad estructural que hacia la idea de que la gente simplemente se quedó esperando.

Y aquí aparece una contradicción interesante: el protocolo oficial aconseja precisamente quedarse y protegerse en el sitio porque intentar evacuar mientras todo se mueve puede resultar más peligroso por las escaleras, fachadas y objetos que caen. Es decir, esperar a que remita el movimiento puede ser correcto. El problema aparece cuando la estructura que debería protegerte se convierte en la principal amenaza.

La secuencia observada en algunos videos —temblor, aparente disminución y posteriormente un remezón mucho más contundente— pareciera confirmar la teoría. La sacudida no es uniforme: llegan diferentes tipos de ondas y una estructura vulnerable puede soportar los primeros ciclos y fallar posteriormente por degradación progresiva.

Pero aquí aparece una discusión que considero fundamental: Agáchate, Cúbrete y Sujétate funciona especialmente bajo el supuesto de una edificación capaz de resistir el terremoto, donde el mayor peligro son los objetos que caen. ¿Qué ocurre entonces en construcciones vulnerables de uno, dos o tres pisos, levantadas con albañilería sin refuerzo, adobe o autoconstrucción, cuando existe una salida cercana hacia un espacio verdaderamente abierto? Allí la respuesta ya no resulta tan sencilla.

Evacuar tampoco garantiza salvarse. Fachadas, cornisas, tejas, muros, calles estrechas o personas aglomeradas en una puerta pueden convertir la salida en otra trampa. Pero tampoco puede ignorarse que permanecer dentro de una construcción precaria puede resultar fatal.

Por eso creo que el verdadero problema no es simplemente que la gente “se confíe”, sino que un consejo universal difícilmente puede distinguir entre un edificio que protege y otro que es un engaño.

Y entonces llegamos al problema de fondo: la vulnerabilidad social. La pobreza se traduce muchas veces en autoconstrucción sin ingeniero, albañilería sin refuerzo, materiales deficientes y normas que existen, pero no siempre se cumplen. Colombia posee un código sismorresistente serio, la NSR-10; una cosa es la norma escrita y otra muy distinta la vivienda informal donde aplicarla y fiscalizarla puede convertirse en una misión casi imposible.

En Chocó, uno de los departamentos más pobres del país, geografía social y fragilidad estructural caminan juntas. Allí existe una enorme tarea para el nuevo gobierno de cara a la reconstrucción.

También conviene desmontar otra idea: los pequeños temblores no necesariamente van “gastando” poco a poco los edificios. Los movimientos leves normalmente mantienen las estructuras dentro de su rango elástico. El verdadero deterioro acumulado proviene de sismos moderados o fuertes anteriores que dejaron daños sin reparar, combinado con envejecimiento de materiales, corrosión, humedad y falta de mantenimiento.

Por tanto, sí pueden existir estructuras previamente debilitadas, pero no necesariamente por pequeños temblores rutinarios, sino por construcción deficiente, vejez, falta de mantenimiento y daños anteriores nunca corregidos.

Y falta otro protagonista que casi nunca aparece en la conversación: el suelo.

Una misma sacudida puede producir consecuencias completamente distintas dependiendo del terreno. Los suelos blandos y sedimentarios amplifican las ondas sísmicas. Cali, asentada sobre el valle del Cauca, posee zonas donde este fenómeno puede intensificar el movimiento. Por eso una ciudad relativamente distante del epicentro puede sufrir daños mayores que otra más cercana asentada sobre roca firme.

Esto también obliga a evitar restas sociales. Quibdó encaja claramente dentro del problema de pobreza estructural, pero Pereira y Cali no pueden calificarse simplemente como ciudades predominantemente pobres. Allí intervienen la antigüedad de las construcciones, las características del suelo, los asentamientos informales y otro problema decisivo: la falta de inspección después de los terremotos. Y este último punto debería convertirse en una prioridad de la reconstrucción.

Después de un sismo significativo, las estructuras deberían someterse a inspecciones técnicas que determinen si son habitables, de uso restringido o inseguras, como ocurre en países y regiones con protocolos avanzados. En buena parte de la construcción informal eso sencillamente no sucede.

Entonces aparece un peligro silencioso: una familia regresa a una vivienda que aparentemente sigue en pie, pero cuya estructura quedó comprometida. Nadie la revisó, nadie la marcó y nadie sabe cuánto podrá resistir el próximo movimiento. Quizás allí esté una de las principales lecciones que deja esta tragedia.

Preparar a la población es necesario. Enseñar qué hacer durante un terremoto también. Pero ninguna mochila de emergencia, ningún simulacro y ningún protocolo puede reemplazar aquello que realmente termina decidiendo quién sobrevive cuando la tierra se mueve: el edificio que tenemos encima.

Soy colombiano y hoy no puedo escribir solamente de fútbol. Ya hice mí pequeño aporte y lo hice de corazón, sin excusas para disfrazar la indiferencia. Gracias a los que se comprometen y entienden el dolor ajeno. Dios les pague.

https://portal.gestiondelriesgo.gov.co/?utm_source=chatgpt.com

https://portal.gestiondelriesgo.gov.co/Documents/Guias/Donaciones-de-dinero.pdf?utm_source=chatgpt.com

Deja un comentario

About the Podcast

Welcome to The Houseplant Podcast, your ultimate guide to houseplants! Join us as we explore the wonders and importance of plants in our lives.

Explore the episodes