
A los 39 años, Lionel Messi sigue desafiando al tiempo con goles, asistencias y una inteligencia futbolística intacta. Su dominio abre, sin embargo, una pregunta inevitable: ¿es únicamente la grandeza del intérprete o también refleja las debilidades defensivas de la MLS?
Por: Jairo A Castrillon
Lionel Messi todavía mantiene vigencia competitiva porque sigue mostrando su clase, algo que tal vez no sea frecuente para un futbolista de 39 años.
No trato de hacer un ejercicio nostálgico ahora que el retiro se hace cada vez más evidente. Aplaudo, en cambio, su capacidad para seguir marcando goles tan decisivos como de buena factura; es entretenido verlo repartiendo asistencias milimétricas y resolviendo partidos con una pasmosa naturalidad, aun cuando se le vea caminar durante largos pasajes del juego.
Su condición de máxima figura en la Major League Soccer y su presencia entre los candidatos al Balón de Oro invitan a plantear un interrogante tan incómodo como necesario: ¿el hecho de que Leo brille en la MLS habla bien del crecimiento futbolístico de la liga estadounidense o expone con crudeza sus carencias estructurales?
En una esquina de barrio, tal vez la respuesta resulte simple: cuando un veterano de casi 40 años es capaz de someter a sus rivales semana tras semana, el argumento parece suficiente para cuestionar la calidad del torneo, sin muchos reparos.
Sin embargo, concretar un análisis de esta manera sería ignorar un hecho fundamental: Messi no es una vieja gloria viviendo del recuerdo y pensando nada más en un retiro dorado. Su soberbia actuación en la última Copa del Mundo, donde volvió a guiar a la selección argentina hasta la final del torneo, marcó ocho goles, entregó cuatro asistencias y, durante la competencia, superó el histórico registro mundialista de Miroslav Klose, borró cualquier comentario cantinflesco.
Cuando se fue a jugar al máximo nivel, volvió a ser un jugador distinto, porque el mérito no depende únicamente del escenario, sino de la dimensión irrepetible del intérprete.
Su madurez deportiva refleja a un verdadero jugador de ajedrez en la cancha. Ya no necesita realizar galopadas extensas dejando rivales con las cinturas descompuestas, ni mucho menos recibir el balón para que lo muelan a patadas. No, ese no es el Messi de ahora.
Hoy Leo camina, observa y analiza. Mientras la mirada distraída asume que está desconectado del juego, su mente procesa el entorno a una velocidad inaccesible para los demás: detecta las grietas entre líneas, anticipa el movimiento del central rival y proyecta con exactitud el desmarque del compañero antes de que este inicie el recorrido. Cuando recibe la pelota, la resolución de la jugada ya existe en su cabeza con absoluta claridad. Por eso este “viejo” es distinto.
No obstante, su genialidad no debe convertirse en excusa para ignorar las deudas pendientes de la MLS. Si el atacante encuentra un terreno tan fértil, también es porque la liga todavía presenta desequilibrios competitivos. Durante años, su modelo de crecimiento priorizó la llegada de atacantes bajo la figura del Jugador Designado, sacudiendo el mercado, impulsando el espectáculo y favoreciendo la venta masiva de entradas.
Esa apuesta ofensiva no siempre ha estado acompañada por una evolución equivalente en el trabajo defensivo. Todavía aparecen desatenciones en los relevos, transiciones lentas y distancias excesivas entre el mediocampo y la zaga. Y a un futbolista como Messi no se le puede conceder un metro de ventaja; con regalarle dos se puede sentenciar un partido.
Con la suma de lo hecho en el Mundial y su trabajo en la MLS, la presencia de Messi entre los aspirantes al Balón de Oro resulta plenamente legítima. El prestigioso galardón premia el rendimiento integral del futbolista a lo largo de un período, sin limitarse de forma dogmática a quienes militan en los cinco grandes torneos europeos. Si un jugador muestra cifras sobresalientes en su club y ratifica su jerarquía en la cumbre del fútbol internacional de selecciones, los argumentos para su nominación son válidos. Cuestión muy distinta es debatir si merece ganarlo.
Allí aparecen figuras como Rodri, Erling Haaland o Harry Kane, cuya regularidad se forjó bajo la máxima y despiadada exigencia semanal del continente europeo.
Por eso, desde mi punto de vista, Messi no debería ganar el anhelado trofeo. No lo escribo intentando menospreciar a la MLS ni el trabajo de Leo en la pasada Copa del Mundo, sino porque en Europa se juega a la más alta exigencia de este deporte. Sería absurdo pretender negarlo.
Este análisis no busca caer en extremos simplistas, ni más faltaba. La presencia de Messi no eleva a la MLS al nivel de las grandes ligas europeas, pero su impacto tampoco puede reducirse a un espejismo propiciado por una supuesta fragilidad del entorno. El Mundial demostró que su talento trasciende cualquier contexto geográfico o competitivo.
En el fondo, más allá de balances o comparaciones, lo que presenciamos es el fascinante epílogo de una trayectoria sin igual. Y acaso eso sea lo verdaderamente extraordinario de Messi a los 39 años: comprobar que la inteligencia futbolística y la precisión técnica todavía pueden desafiar con éxito las leyes implacables del reloj biológico.

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