Después de quince años, 131 partidos y una historia cargada de talento, goles y asistencias, James Rodríguez entendió que también hay grandeza en saber cuándo entregar la pelota. El 10 se marcha de la Selección dejando abierta una discusión que tardará años en cerrarse: qué lugar ocupa realmente entre los grandes del fútbol colombiano.

Por: geniale

James Rodríguez le dijo adiós al seleccionado colombiano. No le dio muchas vueltas al asunto y menos la primicia a algún medio: un video, las redes y ya. Resulta paradójico que un futbolista tan mediático haya elegido despedirse justamente sin los medios, por el canal donde hoy el deportista habla sin intermediarios. Esa es la batalla de siempre —el atleta con su dinero, su ego y su prestigio; el medio con la arrogancia de creer que liquida a cualquiera con una opinión—, solo que ahora se juega en un coliseo distinto, uno donde el que manda el balón es él.

Tras el anuncio llega la catarata de reacciones y todo el mundo nutre la cascada con su opinión al respecto. Unos que sí, otros que no. Todos muy respetables.

¿Y la mía? Bueno, no valdrá mucho, pero es afín a la de quienes consideran acertado su retiro. No porque haya animadversión contra el jugador, como sucede en muchos rincones informativos del país o en las distintas esquinas del barrio. Lo mío pasa por admitir, más allá de que sus fanáticos lo crean o no, que la carrera del volante zurdo ha estado en franca caída. No lo digo yo: lo sustentan los números y su opaca presencia en la pasada Copa del Mundo, donde no marcó ni dio asistencias. Allí, sin necesidad de cuestionamientos profundos, dejó en evidencia su bajo nivel y, sin ser determinante, borró de un tajo las promesas y expectativas que se tenían antes de la prueba.

Y aquí está la contradicción que vale la pena mirar de frente. Porque en las Eliminatorias al reciente Mundial, James firmó una de sus mejores campañas: en el ciclo completo disputó 18 partidos, con tres goles y siete asistencias, siendo el máximo asistidor de toda la eliminatoria de CONMEBOL, por delante de Maxi Araújo, segundo con cinco. Su gol ante Bolivia ayudó a sellar la clasificación y Colombia terminó tercera en la tabla suramericana. En ese proceso también selló su lugar como uno de los máximos goleadores y el máximo asistidor de Colombia en las eliminatorias.

Ese es el nudo del asunto: el nivel se sostuvo mientras hubo que clasificar y se desplomó justo cuando llegó la vitrina, el escenario que él mismo había convertido en su templo una década atrás. El jugador que contribuyó no fue el que apareció en el Mundial. Y en su oficio, donde solo se recuerda la última función, esa distancia lo condena.

Se va como el jugador con más partidos en la historia de la selección: 131; y como su segundo máximo goleador, con 31 tantos, solo por detrás de Radamel Falcao, que marcó 36. Sumó, además, 43 asistencias desde su debut en octubre de 2011. Su último gol fue el 10 de septiembre de 2024, en el triunfo 2-1 sobre Argentina por eliminatorias, y su último partido fue el 7 de julio de 2026, en la eliminación ante Suiza por penales en los octavos de final del Mundial.

Dos años atrás repuntó en su rendimiento e invitó a soñar con que estaría encontrando su mejor nivel, tras ser elegido el mejor jugador de la Copa América disputada en Estados Unidos. Allí los colombianos no solo se quedaron con el subcampeonato, sino que la afición puso su sello personal para acompañar al equipo en la final, con un desorden difícil de olvidar. De paso, impuso un registro de seis asistencias en la histórica prueba, confirmando que estaba entregando algunos de sus últimos grandes cartuchos.

Creo que nadie puede menospreciar el aporte del 10 a la selección, y es respetable el debate sobre si es o no el mejor jugador de la historia del equipo nacional, como muchos lo han propuesto.

Lo que realmente aplaudo es la entereza de dar un paso al costado en el momento oportuno, sin dudarlo, confirmando esa visión periférica que siempre ha tenido del juego, porque este era el “pase adecuado”. El equipo nacional necesita comenzar a buscar elementos que cumplan con un proceso de relevo apropiado, ahora que varias de sus piezas fundamentales se acercan al cierre de sus carreras.

Habrá nostalgia en un sector de la afición, esa que sabe agradecer, y tal vez mucha satisfacción en el otro extremo, donde el precipicio del olvido suele ser una constante. Pero, más allá de los gustos, nadie puede pretender olvidar que James ha sido, y quizás lo sea por mucho tiempo, el jugador más mediático de la historia del fútbol colombiano.

Es cierto: eso no lo convierte necesariamente en el mejor de todos los tiempos, como muchos proclaman, pero sí en el producto más comercial que ha tenido la selección. Mientras estuvo allí, su nombre llamó la atención del aficionado que quería ver al cucuteño vestirse de cortos y recitar sobre la cancha lo que un virtuoso de sus características era capaz de hacer. Su sola presencia llenó tribunas, vendió camisetas y elevó el valor comercial de la selección. Pero ya no estamos para vivir de la publicidad.

Ahora, en la cancha, Colombia necesita encontrar nuevos elementos que le permitan mantenerse entre las principales selecciones del continente y construir un relevo que no dependa de la nostalgia. James entendió que había llegado ese momento.

Y quizá por eso, después de brillar con su talento durante quince años con la camiseta amarilla, lo último también fue dar un paso al costado oportunamente y entregarle la pelota a quien viene detrás. Ironías del oficio: el más mediático de todos se despidió sin conceder una sola entrevista.

Fue, como en sus mejores días, el pase adecuado.

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