
Por: geniale
El acta de fundación tiene fecha: 12 de febrero de 1944, en la “Perla del Otún”. Pero lo bonito es cómo nació. No fue un proyecto de escritorio. El club surgió de una “trifulca”: unos días antes, en medio de patadas, puños y golpes durante un partido de fútbol aficionado, los jugadores de dos escuadras populares de la ciudad —el Deportivo Otún y Vidriocol— se agarraron una vez más; se mantenían en esas.
El capitán de la Policía, Guillermo Gaviria Londoño, en lugar de repartir sanciones, tuvo la idea de fundir a los dos bandos enemigos en un solo equipo y así canalizar toda esa “putería” que mantenían en la cancha. Convocó a los líderes de ambos, apagó el conflicto y de esa reconciliación forzada nació el Deportivo Pereira. La ciudad, que hoy ve al club caerse a pedazos, lo recibió literalmente como un acto de paz.
El sello particular del cuadro matecaña es que, desde siempre, se formó con jugadores de oficio, sin grandes estrellas. Es cierto que por sus filas pasaron jugadores de renombre, pero ese no ha sido el ADN ni del equipo ni mucho menos de una ciudad que se fundó y creció a lomo de mula y con berraquera de montañeros.
Por eso, el profundo apego al “pereirita del alma”, como lo llaman sus fieles, se entiende desde sus primeros representantes: jugadores del pueblo. Un taxista, un sastre, un contador, un zapatero, algunos obreros de Vidriocol y un policía, entre otros, si los datos históricos son ciertos, pues es lo que se lee. Este equipo se formó con el sudor de la calle y no en un escritorio lleno de acaudalados empresarios.
De allí que no se buscara solamente talento, sino temperamento, ese que se afianzó cuando, con el pasar de los años, la influencia de algunos elementos paraguayos caló y desarrolló una manera muy particular de jugar este deporte.
Luego llegaría la era profesional, desde 1949, con su presentación en el estadio Libaré antes de mudarse al Hernán Ramírez en 1971, ese mismo que hoy, tras el reciente terremoto, está partido, fracturado y urgido de reparaciones, como el equipo profesional.
Por este amado equipo pasaron muchos, muchos jugadores, y muy buenos. Casimiro Ávalos, Eliseo Gaona, Crispín Verza, Óscar Héctor Quintabani, Benjamín “Mincho” Cardona, Jairo “Chiqui” Aguirre, Eduardo Vilarete, Hugo Horacio Lóndero, César Cueto, Jairo Arboleda y Sergio Santín, entre otros, forman parte de un ramillete inmenso de profesionales. Mencionarlos a todos ocuparía demasiado espacio, pero muchos de ellos, en su momento, ocuparon el corazón de los aficionados.
Por eso, la afición del Deportivo Pereira merece un rincón aparte en la historia del profesionalismo colombiano. Tuvo que esperar 78 años para disfrutar de un título nacional, celebrado con vehemencia por quienes fueron testigos de aquella épica historia escrita el 7 de diciembre de 2022. Lloraron quienes lo vivieron y lloraron por los miles que se fueron a sus tumbas anhelando ese momento.
Al año siguiente vino el epílogo soñado: en 2023 jugó por primera vez la Copa Libertadores, donde llegó hasta cuartos de final. Fue la revelación del continente.
Todos estos bellos momentos deben recordarse antes de caer en el caótico presente de la institución. Un presente angustioso y desalentador que se resume en una gruesa cadena de malos manejos administrativos que, con nombres propios, contribuyeron primero a llevar al equipo a la segunda división y que hoy vuelven a dejarlo sin un horizonte claro.
Demandas, falta de pagos salariales, huelgas, amenazas, despilfarros, amagos de liquidación, sanciones y muchas cosas más hacen pensar que quien dice dirigir al equipo no tiene sino odio y rencor hacia la afición y su equipo. Si no, ¿cómo se puede explicar tanto exabrupto y ese deseo absoluto de empeorar esta delirante debacle?
Hoy, tristemente, el Deportivo Pereira vive suspendido entre amenazas de liquidación, incumplimientos de pago y sin un estadio donde, por lo menos, poder jugar. Es como uno de esos pacientes que se encuentran en las salas de urgencia de cualquier hospital, entre cuidados intensivos y pronósticos reservados, con el riesgo de que en cualquier momento pueda morir.
Sí, se puede hablar de una muerte lenta que se atora en el pecho de todos los dolientes de un equipo querido, histórico, cuyo presente no pasa por lo deportivo, sino por los escritorios, donde los propietarios del club, al parecer, solo se divierten con el dolor de toda una ciudad.
Qué triste por aquellos que solo saben soñar con su “pereirita del alma”.

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