
Estados Unidos corrigió el rumbo después del descanso y aprovechó los errores de México para construir un 3-0 que invita a celebrar. Pero ni la amplitud del marcador ni el gol de Cavan Sullivan borran las dudas de una primera mitad en la que el equipo de Pochettino estuvo desbordado, impreciso y sin respuestas.
Por: geniale
Comenzaré por Cavan Sullivan, aunque esta historia tiene mucho más que un nombre propio. Según las estadísticas de FotMob, y de otros portales estadísticos, el juvenil disputó 65 minutos, marcó un gol y no dio asistencias. Completó siete de catorce pases, apenas el cincuenta por ciento; no creó oportunidades de gol y su único remate a puerta terminó en la red. Efectividad absoluta en esa ocasión, desde luego, pero una participación ofensiva que merece examinarse más allá de la celebración.
Tuvo 28 toques de balón, solamente dos dentro del área rival, y ganó tres de los cuatro regates que intentó. También registró tres entradas, una intercepción y tres recuperaciones. Son aportes que deben reconocerse, aunque tampoco magnificarse para un elemento que esta ensenado a rendir mucho más. Sin embargo, esas cifras, acompañadas de lo que vimos en el terreno, no me alcanzan para presentarlo como la gran figura de una victoria que hoy provoca entusiasmo en Estados Unidos y una tormenta de críticas en México. Porque el resultado fue mentiroso. Muy, muy mentiroso.
Estados Unidos ganó 3-0, pero quien se quede únicamente con ese marcador terminará imaginando un partido bastante distinto del que se jugó. México fue claramente superior durante buena parte de la primera fracción. Lo tenía arrugadito, metido en su propio reducto, desconcertado, sin encontrar una salida que le permitiera recuperar algo de tranquilidad.
Bastaba contemplar a Mauricio Pochettino junto a la línea, intentando ordenar, corregir y transmitir instrucciones a un equipo nervioso, desajustado, impreciso en la entrega y falto de ideas. No era solamente una dificultad para llegar al arco contrario. Era la incapacidad de organizarse como colectivo ante un rival que le estaba imponiendo las condiciones.
Y eso que Estados Unidos salió con una formación a la que le reconozco estructura, base, columna vertebral. Había jugadores con experiencia y responsabilidades claras. Pero tener nombres reconocibles en la alineación no garantiza que aparezca un equipo en la cancha. Durante ese primer tiempo faltaron conexiones, recursos y alguien capaz de asumir el mando cuando el partido se estaba jugando como quería México.
Por eso la prensa mexicana, que amaneció triturando a su selección, debería detenerse en los minutos donde su escuadra fue dominante. Revisar ese tiempo con el mismo detenimiento con el que señala los errores posteriores. México hizo más antes del primer gol, aunque terminara marchándose al descanso con una desventaja que no explicaba el desarrollo del encuentro.
La apertura del marcador llegó en una acción que dejó expuestas las dificultades del sector posterior mexicano a lo largo de la complementaria especialmente. Un envío desde la izquierda, una intervención con el pie de Rangel que dejó la pelota disponible y Julián Hall apareciendo para definir con comodidad. La defensa había quedado comprometida y no hubo una cobertura que corrigiera el problema.
Hall hizo lo que debía hacer un delantero: aprovechar la oportunidad. Pero el gol tampoco puede borrar todo lo que había ocurrido antes. Estados Unidos encontró una ventaja cuando todavía no había encontrado su juego.
En la parte complementaria, eso sí, el equipo norteamericano mejoró. Y ahí está, para mí, lo más valioso de su actuación.
Pochettino hizo ajustes y el grupo regresó con otra actitud. No sé cuáles fueron sus palabras en el vestuario, pero sí pude observar la respuesta: un conjunto más organizado, con mayor disposición para participar y con mejores relaciones entre sus jugadores. A pesar de estar arriba en el marcador, reaccionó para corregir lo que venía haciendo mal.
México, en cambio, se fue desdibujando. Perdió parte de la claridad y de la capacidad para incomodar que había mostrado durante la primera mitad. Estados Unidos empezó a hacer más por el partido, aunque esa mejoría tampoco equivalía a un dominio abrumador ni a una producción ofensiva que justificara por sí sola la amplitud del resultado. Entonces llegó el segundo regalo el minuto 62. Una devolución defectuosa en la defensa mexicana dejó la pelota a disposición de Sullivan. Y el muchacho resolvió con inteligencia, con serenidad y con una calidad que merece destacarse. Allí mostró una de las razones por las que despierta tantas expectativas.
La definición fue excelente. La actuación completa es otra discusión.
Sullivan estaba cerca de salir del terreno y hasta ese momento había tenido dificultades para pesar en el juego. Le había costado conectarse, intervenir con continuidad y generar peligro. Su gol cambió el recuerdo de la tarde, pero no modificó retrospectivamente los minutos anteriores.
Eso es lo que me cuesta aceptar de ciertas lecturas posteriores: que una buena definición termine obnubilando un análisis medianamente correcto. Se puede elogiar al joven por resolver de manera magnífica y, al mismo tiempo, señalar que su participación había sido limitada. Una cosa no obliga a renunciar a la otra.
Tampoco me parece justo cargarle a un muchacho toda la responsabilidad por las deficiencias de un equipo que, durante el primer tiempo, funcionó mal en conjunto. Pero igual de poco riguroso resulta elevarlo por encima de todos únicamente porque apareció en la fotografía del gol, más allá de que fuese un tanto histórico.
El tercer tanto, en el minuto 85, volvió a encontrar a México comprometido en una salida. Malik Tillman ganó la posición, impuso su velocidad, acomodó el cuerpo y definió. Otra buena resolución norteamericana frente a una defensa que no consiguió reparar su error.
Así se construyó un 3-0 que pesa muchísimo en una rivalidad que ninguno quiere perder, aunque el encuentro sea amistoso.
Entiendo el malestar mexicano. Lo que no comparto es que ese malestar impida reconocer tanto lo que su selección hizo bien como el progreso de sus adversarios. México fue durante mucho tiempo la gran referencia de la CONCACAF, pero hoy tiene que disputar ese lugar frente a Estados Unidos, Canadá y una Panamá que también ha ganado protagonismo.
La historia merece respeto. La superioridad hay que demostrarla de nuevo en cada partido.
Estados Unidos, por su parte, tampoco debería permitir que la celebración tape las preguntas. La reacción del segundo tiempo ofrece motivos para valorar el trabajo del grupo. La primera mitad deja bastante por corregir: inseguridad, imprecisión y dificultades para encontrar respuestas cuando el rival toma la iniciativa.
Estos encuentros sirven precisamente para eso. Para reconocer las mejoras y localizar las deficiencias antes de que vuelvan a aparecer en una competencia donde ya no habrá margen para corregirlas.
Ganó Estados Unidos. Sullivan definió muy bien. El equipo reaccionó después del descanso. Todo eso merece reconocimiento.
Pero México también fue superior durante una parte importante del encuentro, y sus errores defensivos agrandaron una diferencia que el juego no había establecido con la misma claridad.
El marcador quedó escrito es una estadística mas. El análisis obliga recordar cómo se llegó hasta él.

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