
La ambición de los grandes clubes por sostener su lugar en la élite ha encarecido el fútbol hasta convertir al aficionado, sostén histórico de su tradición, en quien termina pagando el precio.
Por: Jairo A. Castrillón
La situación de Manchester City obliga a enfrentar una discusión que va más allá de si el club infringió o no las normas financieras que rigen la Premier League
Como sabemos, una comisión independiente declaró culpable al club de violar las reglas dispuestas por la rectora británica desde 2009 hasta 2018 y ahora, tras la apelación, se espera una resolución final del caso, especialmente cuando se estima que las operaciones cuestionadas permitieron inflar los ingresos y reducir los costos por más de 900 millones de libras.
No me detendré en este caso, pero aprovecharé el momento para poner sobre la mesa otro tema aún más preocupante en la élite del fútbol mundial y que afecta a todos, aunque ellos, los clubes, no lo consideren así. Una problemática que generaron por su potencial económico y que hoy los obliga a buscar ingresos cada vez mayores para sostener el nivel de gasto que ellos mismos ayudaron a crear.
Antes, de manera simple, debemos entender qué pasó con el City. Imaginemos que necesito un préstamo, pero el banco debe evaluar mis ingresos y egresos para determinar si reúno los requisitos que garanticen la deuda.
Resulta que tengo un ingreso fijo de $2.000 dólares y esto hace imposible que alcance mi cometido. Entonces, allí aparece mi papá, que es millonario, para mejorar mis ingresos poniendo un dinero que la empresa de un amigo me paga por concepto de salario, así no trabaje allí. Papi tiene que hacer esto porque las regulaciones del banco me prohíben utilizar su dinero como parte de mis ingresos.
Es más, papi, entendiendo cómo funciona esto, agrega una segunda operación en la que alguien pagaría gran parte de mis gastos porque él quiere y cree que puede. Por esta razón, el banco, al final, verá los ingresos y egresos adecuados que me permitirían pagar la cuota mensual del dinero prestado, calificándome sin apuros.
El dinero que el banco ve es real y legal. El problema es de dónde proviene cuando la entidad financiera descubre el intento de alterar mi situación económica.
Eso, muy simplificado, es lo que la comisión determinó que ocurrió con Manchester City, y desde aquí comienza la conversación que realmente me interesa.
Manchester City no inventó la inflación del fútbol europeo; se apegó a ella para mantenerse en la cúspide de los grandes clubes de Europa y, como tal, cada vez más necesita dinero y más dinero para sostener ese sitio exclusivo y reservado para diez o quince clubes del Viejo Mundo que hoy manejan cifras impensables veinte años atrás.
La situación del City es solo un ejemplo del extremo al que está llegando una industria que eleva sin freno los costos operativos de manera sistemática desde que la globalización de las marcas se impuso.
Todo para ellos es siempre más; es una suma que parece no tener fin. Más dinero de la televisión y de los patrocinadores. Más dinero por participar en la Champions. Más salarios para jugadores muy buenos, pero sobrevalorados, y más comisiones para un reducido grupo de empresarios que, como pirañas en el Amazonas, se divierten pescando en este mar inmenso de egos y poder.
Cada vez que un club “poderoso” eleva el precio o el salario de un jugador, la movida sirve de referencia para los demás clubes que pueden acceder a este exclusivo mercado.
Durante 2025, las transferencias internacionales del fútbol masculino superaron los 13 mil millones de dólares, según la FIFA. Y durante el mercado europeo del verano de 2026 se alcanzaron, por primera vez, los 10 mil millones de euros en fichajes.
Pero hay un dato todavía más revelador: mientras el gasto aumentó aproximadamente un 8 %, el número de operaciones apenas creció un 0,3 %. Además, los fichajes superiores a 50 millones de euros pasaron de 23 a 35.
Lo interesante de estas cifras no es que se hayan dado por el precio del petróleo u otros factores que pueden afectar cualquier economía. Lo escandaloso es que el gasto se elevó sin que necesariamente haya aumentado, en la misma proporción, el número de jugadores fichados. Lo que cambió, una vez más, fue el precio de los fichajes.
Por eso debe hacerse la pregunta: ¿En qué momento dejaron los clubes de construir un fútbol más rico y comenzaron a construir un fútbol demasiado caro?
¿Recuerdan la famosa Superliga? ¿Ese conato de independencia que conmocionó a la UEFA cuando descubrió que estos prestigiosos clubes querían construir su propia torta para no compartirla con nadie y, de esa manera, dejar la siempre gloriosa Champions? Bien, esa es una muestra fehaciente de cómo intentan atrapar el dinero los grandes clubes del mundo.
La globalización mediática convirtió a esos clubes en marcas mundiales, capaces de sumar aficionados a miles de kilómetros de sus ciudades y de transformar esa enorme audiencia en poder comercial. Hoy están entre los más poderosos en las redes sociales y cobran en consecuencia a quienes quieren proyectar su imagen ante millones de consumidores.
Esto explica por qué el fútbol para un simple aficionado cada día vale más. Hay que pagar más por el streaming, por la camiseta, la taquilla, una cerveza, los viajes y ni para qué mencionar la cantidad de competiciones que cada día se inventan con el afán de recaudar más y más dinero. Si no, ¿cómo explicar que el último Mundial haya sido el más caro de la historia con el agravante de que, entre llanto y lamentos, terminamos por pagarlo todo?
Por eso el caso Manchester City deja una pregunta mucho más interesante que la posible sanción: ¿Cuánto dinero puede seguir persiguiendo el fútbol antes de terminar convertido en prisionero del precio que él mismo puso a sus jugadores y a su espectáculo?



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