
El Balón de Oro distingue cada año a una figura, pero ¿puede una votación determinar quién es el mejor en un deporte donde el talento individual depende del esfuerzo colectivo?
Por: Jairo A. Castrillón
No discutiré quién debe ser elegido para el Balón de Oro 2026. De eso no se trata. Al final, como siempre sucede, habrá descontento en un sector, aprobación en otro y un feliz ganador que inscribirá su nombre en la historia como el mejor futbolista del mundo. Un reconocimiento extraordinario, sin duda, aunque acompañado de una afirmación que merece ser examinada: ¿puede alguien ser considerado el mejor en un deporte tan colectivo como el fútbol?
El problema no es el premio en sí. Reconocer la excelencia individual es legítimo. Hay futbolistas que, por su talento, inteligencia, regularidad o capacidad, merecen una distinción especial. Lo discutible comienza cuando ese reconocimiento pretende ser una verdad incondicional, como si fuera posible establecer una superioridad total entre jugadores cuyas responsabilidades, condiciones y aportes son tan distintos.
Creo fervientemente que, antes de pretender elegir al mejor futbolista del mundo, el mundo debería preguntarse: ¿qué significa, exactamente, ser el mejor? ¿El que más goles convierte? ¿El que más asistencias entrega? ¿El que organiza el juego? ¿El que impide que el adversario marque? ¿El que hace mejores a sus compañeros? ¿O aquel cuya ausencia transforma por completo el funcionamiento de su equipo?
El fútbol no ofrece una respuesta única. Y, sin embargo, cada año se insiste, con torpeza, en coronar a uno solo.
Es claro que el fútbol es el deporte colectivo en el que menos se anota, comparándolo con otras disciplinas. Por eso, el gol tiene un valor extraordinario. Los goleadores son escasos, costosos y, con frecuencia, determinantes. Un futbolista capaz de convertir una oportunidad en una victoria puede cambiar el destino de una temporada. Pero ¿es necesariamente superior a quien evita esa misma derrota?
Un gol puede decidir una final, como puede una gran atajada. El delantero resuelve en segundos, pero un mediocampista necesita noventa minutos de distribución y sacrificio para que esa oportunidad se genere. Un defensor, por su parte, puede jugarse un partido perfecto sin que su nombre aparezca en los titulares.
Sería necio negar la importancia de los goleadores, pero debemos reconocer que el fútbol tiene distintas formas de excelencia. Algunas son espectaculares y fáciles de recordar. Otras son silenciosas, menos atractivas para las cámaras, pero igualmente indispensables.
Pensemos en David Raya, arquero del Arsenal. Sus diecinueve porterías invictas en la Premier League constituyen un argumento de enorme peso para evaluar su temporada 2025-2026. A ellas se suman sus actuaciones europeas, donde demostró que impedir goles también forma parte de la construcción de un equipo campeón.
Ahora bien, imaginemos que hubiese sido el arquero titular de España en el Mundial de 2026 y que a su temporada de clubes hubiera añadido el título mundial, siete porterías invictas y el reconocimiento al mejor guardameta, como ocurrió con Unai Simón. ¿Habría sido suficiente para convertirlo en el mejor futbolista del mundo?
Probablemente habría fortalecido su candidatura. Pero ¿habría cambiado la percepción de quienes consideran que el protagonismo de un goleador es superior al de un arquero y por eso miran a Kane, Yamal o Mbappé como favoritos?
La pregunta revela una contradicción: podemos aceptar que un arquero sea el mejor en su posición y, al mismo tiempo, negarle la posibilidad real de ser considerado el mejor futbolista, aunque su influencia haya sido tan decisiva como la de cualquier delantero.
Lev Yashin, el ruso conocido como la “Araña Negra”, fue elegido en 1963 y es, hasta ahora, el único arquero con este galardón.
Más adelante, en la zona defensiva, también son escasos los nombres. Franz Beckenbauer, en dos ocasiones (1972-1976), Matthias Sammer (1996) o Fabio Cannavaro (2006) son ejemplos de defensores con este galardón. Todos ellos en épocas en las que la vitrina mundial no era tan amplia.
Han seleccionado mediocampistas inolvidables con un ingrediente especial: eran ofensivos, tenían gol. Es el caso de Bobby Charlton (1966), Michel Platini (1983, 1984 y 1985), Lothar Matthäus (1990), Zinedine Zidane (1998), Pavel Nedvěd (2003), Kaká (2007), Luca Modrić (2018) y Rodri (2024).
Platini fue un mediocampista con una capacidad goleadora excepcional. Kaká y Zidane tenían una influencia ofensiva muy visible. Matthäus reunía despliegue, conducción, recuperación y llegada al área. Modrić representaba otra manera de gobernar el partido, mientras que Rodri encarnaba el equilibrio, la lectura táctica y la organización desde posiciones menos próximas al gol. Todos fueron extraordinarios, pero no por las mismas razones. Es aquí, precisamente, donde está el problema: ¿con qué instrumento podemos medir de manera justa la superioridad de uno sobre otro?
Podría objetarse que el premio sí ha sabido reconocer el equilibrio: Rodri lo ganó en 2024. Es cierto. Pero en casi setenta ediciones es prácticamente el único mediocampista de contención que lo ha conseguido, y su caso, como los de Yashin o Cannavaro, parece más la excepción que confirma la regla que una corrección del criterio.
Quizás uno de los ejemplos más reveladores sea el de Xavi Hernández y Andrés Iniesta, quienes fueron piezas fundamentales del Barcelona que dominó Europa y de la selección española que conquistó dos Eurocopas y un Mundial entre 2008 y 2012. Su inteligencia, precisión y comprensión del juego transformaron la manera de interpretar el mediocampo. Sin embargo, ninguno ganó el Balón de Oro.
Iniesta terminó segundo en 2010, precisamente el año en que marcó el gol que le dio a España su primer título mundial. Xavi fue tercero en tres ediciones consecutivas, entre 2009 y 2011. En esas votaciones ambos quedaron por detrás de Lionel Messi, su compañero en el Barcelona.
No pretendo discutir la grandeza del argentino, que está fuera de toda duda. Pero el ejemplo permite formular una pregunta incómoda: ¿habría sido el mismo Messi, en aquel Barcelona, sin Xavi e Iniesta? ¿O qué habrían alcanzado Xavi e Iniesta con semejante dimensión colectiva sin un futbolista como Messi que transformaba en goles lo que construían?
La respuesta no puede reducirse a un nombre, porque esa fue precisamente la grandeza de aquel equipo: sus individualidades se potenciaban mutuamente. Separarlas para establecer una jerarquía absoluta luce bien en una ceremonia, pero no se justifica desde el análisis del juego de un equipo.
El Balón de Oro tiene criterios establecidos: considera el rendimiento individual, las actuaciones decisivas, los logros colectivos y otros aspectos relacionados con la conducta deportiva. Pero si en la práctica el gol termina inclinando la balanza casi siempre, quizá sería más honesto llamarlo por su nombre: el premio al mejor atacante de la temporada. Así, al menos, no se relegaría a las demás posiciones del campo.
¿Qué pesa más: treinta goles en una temporada o veinte porterías invictas? Una actuación brillante en una final no anula la regularidad de su equipo durante diez meses, ni el futbolista que marca la diferencia en el último tercio del campo vale necesariamente más que el que impide que el rival llegue hasta allí.
Podemos medir goles, asistencias, recuperaciones, pases progresivos, ocasiones evitadas y muchas otras acciones. Lo que no existe es esa fórmula universal que convierta todas esas contribuciones en una única escala de excelencia.
Y sin esa escala, proclamar a alguien como el mejor del mundo implica necesariamente una valoración subjetiva. Legítima, por supuesto. Pero subjetiva.
No creo ser el único con este sinsabor. No por el elegido, sino por la facilidad con que una votación termina en una sentencia deportiva.
El Balón de Oro es un reconocimiento prestigioso, con historia y valor simbólico. Es un producto mediático y comercial que se construye con figuras que despiertan admiración, discusión y enormes audiencias. Nada de eso invalida el mérito del ganador. Lo que sí merece cuestionarse es la pretensión de convertir el resultado en una verdad indiscutible.
El fútbol no es una carrera en la que el cronómetro determina quién llegó primero. Tampoco es una competencia individual en la que cada participante es responsable de su rendimiento y resultado. Es un juego de asociación, responsabilidad y dependencia; no se puede jugar solo. Son once futbolistas que necesitan del trabajo de los demás para que sus propias virtudes tengan sentido.
Por eso, cuando anuncien el ganador del Balón de Oro 2026, se reconocerán su talento, sus méritos y el derecho de quienes lo eligieron a considerarlo merecedor del galardón. Lo que no dejaré de discutir es que esa votación ha demostrado que estamos ante el mejor futbolista del planeta.
Porque una cosa es elegir al mejor entre los candidatos y otra, muy distinta, demostrar que existe un mejor absoluto entre quienes realizan funciones tan diferentes.
El Balón de Oro tendrá otro ganador. Lo que el fútbol no puede tener es un absoluto porque para encontrarlo habría que borrar las demás posiciones del campo y, de un tajo, a los compañeros que hicieron posible una temporada brillante, pero nunca exclusiva de uno solo.


Deja una respuesta