
La muerte de Jesús de Miguel reabre un debate que el fútbol no puede seguir aplazando: los límites de la fuerza y la responsabilidad de quienes ponen en riesgo la integridad del adversario.
Por: Jairo A Castrillón
No soy juez para dictar sentencia y menos policía para buscar un culpable. Sin embargo, en la acción que terminó con la muerte de Jesús de Miguel, tras el brutal choque con el guardameta Jesús Owono, hay algo que no me cuadra.
Las imágenes han dado la vuelta al mundo desde distintos ángulos, acompañadas de fotografías que capturaron la violencia del impacto. Las conclusiones van desde las apresuradas hasta las lógicas, pasando por las risibles y las plausibles. Pero entre tantas parece perderse una cuestión fundamental: ¿hasta dónde puede llegar un futbolista profesional en su intento por disputar un balón?
La situación llama la atención por varias razones. Primero, porque la acción se produce prácticamente en la mitad de la cancha, tras un balón largo que sale de atrás. El delantero emprende la carrera con la mirada puesta en el esférico; no parece ver venir al rival. Un defensor lo sigue de cerca, mientras otro comienza a abrirse, posiblemente en busca de una oportunidad para cerrar la jugada más adelante; quién lo puede saber. No parecía, por las circunstancias de la acción, una situación que justificara semejante intervención.
Sin embargo, Owono abandona su posición y emprende una carrera a toda velocidad. Sabe hacia dónde se dirige, mientras su rival solo mira el balón, sin el meta en el radar. Calcula la trayectoria de la pelota y se impulsa con enorme fuerza para intentar despejarla de cabeza. En esa maniobra, su pierna derecha termina impactando contra el pecho del delantero, y las imágenes muestran que su brazo y su puño también intervienen en el violento contacto.
La pregunta no es si podía salir a disputar esa pelota. Naturalmente que podía. La pregunta es si necesitaba hacerlo de aquella manera. A mi juicio, no.
Hay una diferencia sustancial entre disputar un balón con determinación y hacerlo mediante una acción que expone al adversario a un riesgo desproporcionado. Esa diferencia no la establece el resultado de la jugada, sino la manera como se ejecuta.
Owono vio la tarjeta roja sin protestar y, cuando iba saliendo, regresó al ver a De Miguel en el suelo. Su reacción puede interpretarse como una aceptación de la gravedad de la falta, aunque no nos permite saber qué pensaba en aquel instante.
No creo que haya querido lesionar a su rival, mucho menos provocarle la muerte. Pero sí considero, por lo que muestran las imágenes, que decidió un cierre extraordinariamente fuerte, sin medir las consecuencias. Y allí está el problema.
Porque el fútbol ha convivido durante demasiado tiempo con una interpretación equivocada de la valentía. Se aplaude al jugador que entra fuerte, al defensor que se hace sentir, al que impone respeto mediante el contacto físico. Incluso se celebra, en ocasiones, a quien consigue intimidar al contrario. Como si jugar con dureza fuera sinónimo de jugar bien.
El reglamento sanciona el uso de fuerza excesiva, pero ninguna tarjeta puede devolver el tiempo y menos deshacer las consecuencias de una acción ejecutada sin la debida consideración por la integridad del adversario.
El debate no puede terminar en una expulsión. También hay que mirar hacia el arbitraje, especialmente cuando la permisividad y la tibieza generan entradas que debieron sancionarse desde el primer momento. Y hacia aquellos futbolistas que confunden la competencia con una demostración de superioridad física, como si el terreno de juego fuera un escenario para mostrar quién es más macho.
El fútbol necesita intensidad, coraje y determinación. Lo que no necesita es violencia disfrazada de carácter. Ningún jugador tiene derecho a utilizar una fuerza desmedida para hacerse sentir, intimidar, cobrar una factura pendiente o simplemente demostrar que está dispuesto a llegar más lejos que su adversario.
Las sanciones disciplinarias deben ser proporcionales a la conducta y su gravedad. En los casos más extremos, cuando las circunstancias y la responsabilidad individual así lo justifiquen, pueden incluso comprometer la continuidad de una carrera deportiva.
No se trata de castigar una tragedia por el solo hecho de haber ocurrido. Se trata de impedir que el fútbol siga confundiendo la agresividad competitiva con el desprecio por el riesgo que se impone al contrario. Esto no va para Owono; es para todos los brabucones que se visten de corto y guayos.


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