Por: Jairo Alberto Castrillón

Cada vez que la Copa del Mundo amplió sus cupos, surgió la retórica de ser una conquista democrática del fútbol, cuando muchos todavía no vislumbraban el océano inmenso de dinero en el que nadaría la máxima rectora del balompié mundial.

No es falso sostener que un Mundial con más selecciones amplía el mapa, le da visibilidad a federaciones históricamente marginadas convirtiéndolo, de alguna manera, en un evento más inclusivo dirán quienes defienden cualquier cosa. Pero hay una pregunta que inevitablemente aparece cuando se revisa la historia con calma: ¿realmente ha cambiado la jerarquía del poder? Porque una cosa es clasificar y otra muy distinta competir para ganar.

El Mundial de 1970, todavía con apenas 16 equipos, dejó estampas que hoy parecen improbables. Ahí estuvieron El Salvador e Israel; luego aparecerían Haití en 1974, o Túnez e Irán en Argentina 78. Eran los mejores representantes de sus regiones y merecían estar allí, pero el torneo seguía siendo una reunión extremadamente exclusiva donde casi siempre las históricas potencias monopolizaban la verdadera discusión futbolística.

Con solo 16 plazas, la Copa del Mundo era un club reducido. Por eso un análisis más serio de la expansión debe comenzar realmente en España 1982, cuando el torneo abre su estructura a 24 selecciones y modifica el paisaje competitivo. Allí ya no solamente entraban campeones regionales aislados: empezaban a aparecer equipos de mayor dimensión que antes quedaban fuera por falta de una plaza que les permitiera integrarse a la fiesta

Entre España 82 y Estados Unidos 94 se jugaron cuatro Mundiales bajo el formato de 24 equipos. Fueron 208 partidos, 534 goles y una media de 2.57 anotaciones por encuentro. Pero detrás de los números apareció una realidad mucho más reveladora: la apertura no alteró la jerarquía histórica que ya mencioné.

Alemania Federal fue la gran referencia del período. Alcanzó tres finales consecutivas —1982, 1986 y 1990—, levantó el título en Italia 90 quedando por fuera de semifinales en Estados Unidos 94, cuando Bulgaria la eliminó en cuartos de final. La fotografía de aquella época casi siempre tenía a los teutones en el centro del escenario.

Brasil también fue protagonista constante, aunque no dominante. El brillante equipo de Zico, Sócrates y Falcão dejó una huella estética imborrable en 1982, aun cuando cayó en la segunda fase en uno de los golpes deportivos más recordados del torneo. Luego no pasaría de cuartos en México 86, quedando eliminado en octavos para el mundial italiano del 90 y finalmente alcanzó el tetracampeonato en Estados Unidos 94. Estaba siempre cerca, incluso cuando no lograba imponer su absoluta autoridad teniendo equipo para hacerlo.

Argentina atravesó algo similar durante la era Maradona: campeonó en México 86, fue finalista en Italia 90, eliminada en octavos en 1994 y fuera de España 82 en segunda ronda. Italia, por su parte, también sostuvo una curva competitiva notable: campeona en 1982, eliminada durante los octavos en 1986 y semifinalista en 1990 antes de llegar a la final en 1994. Era la época de Paolo Rossi, Baggio y una estructura futbolística que entendía perfectamente cómo sobrevivir en los torneos largos con un futbol tan simple como práctico.

Detrás de ese núcleo apareció un segundo escalón de aspirantes que insinuaban, pero no consolidaban.

Francia maravilló en 1982 y 1986 con la generación de Platini, pero se esfumó completamente de los Mundiales de 1990 y 1994. Inglaterra alternó presencias discretas con una semifinal en 1990, aunque nunca logró establecer continuidad competitiva y seguia viviendo del recuerdo. España estuvo presente en todos los torneos, pero jamás alcanzó la última semana del campeonato. Bélgica sorprendió con su cuarto lugar en México 86 y sostuvo campañas respetables, mientras Holanda atravesó ausencias inesperadas antes de reaparecer con fuerza en los años noventa.

Incluso selecciones con cierta tradición podían sufrir baches deportivos importantes. Yugoslavia mostró un nivel competitivo serio antes de desaparecer como nación en 1991; Polonia brilló en España 82 y luego se desvaneció; Uruguay regresó en 1990 y 1994 sin asustar a nadie.

Y precisamente ahí aparece la conclusión más importante de este primer tramo histórico: ampliar el Mundial no modificó el núcleo del poder.

Alemania, Brasil, Argentina e Italia siguieron adueñándose de los partidos decisivos. La Copa del Mundo pasó de 16 a 24 participantes, pero el techo competitivo permaneció prácticamente intacto. Lo que cambió fue la profundidad del torneo y la posibilidad de exponer mejor las debilidades de las potencias cuando aparecían rivales más preparados. Hubo más partidos, más aficionados, más dinero, pero en lo deportivo el trofeo se lo pasaban entre los mismo, sencillamente porque un Mundial no se gana solamente con buenos jugadores. Se gana con memoria competitiva, estructura, continuidad y una cultura futbolística capaz de sostener proyectos durante décadas.

La FIFA abrió la puerta del torneo, pero el salón principal siguió teniendo los mismos dueños.

En la próxima entrega revisaremos cómo el paso de 24 a 32 selecciones convirtió la Copa del Mundo en un producto planetario desde Francia 98, y cómo esa expansión comenzó a alterar no solo el negocio del fútbol, sino también la percepción del equilibrio competitivo.

La posibilidad de ganar mucho, pero mucho dinero, disfrazado con la «loable» intención de que el Mundial es de todos, de a poco está acabando con un torneo diseñado para conocer al monarca orbital después de tres años de dura competencia en las distintas federaciones regionales, causando, por demás, que esos mismos procesos clasificatorios se hayan debilitado en estructura y calidad, para darle paso a un nuevo torneo que tendrá su final en el estadio de NY/NJ, pero no pareciera el colofón de un mundial jugado con la seriedad de tres largos años de espera y sufrimiento.

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