
Por: Geniale
Lo publiqué el 21 de mayo y lo titulé «No serán campeones, pero sí grandes anfitriones». En aquella breve nota detallé, con precisión, lo que para mí era la selección de los Estados Unidos tras conocer la lista de convocados de Mauricio Pochettino, antes incluso de que jugara su primer duelo copero. Hoy, después de la excelsa exhibición ante Paraguay —un contundente 4-1 en el SoFi Stadium de Inglewood—, es evidente que este equipo no es producto de la suerte, sino el resultado de un proceso de evolución serio, de muchos años.
El marcador, además, se quedó corto para lo que se vio en la cancha. A los siete minutos, un autogol de Damián Bobadilla —el tanto más rápido del torneo hasta ahora— rompió el equilibrio; luego apareció Folarin Balogun con un doblete de jerarquía, el segundo de ellos un golazo tras una asistencia exquisita de Malik Tillman. Christian Pulisic y el propio Tillman manejaron los hilos en la creación, y Giovanni Reyna cerró la cuenta con otra joya en el epílogo. Paraguay apenas alcanzó a descontar, ya con el orgullo del segundo tiempo.
La humildad de reconocer que fueron superados por un equipo veloz en la salida, agresivo en la marca, rico técnicamente y con jugadores mentalizados y concentrados, habla bien de los guaraníes. Escuché por lo menos dos o tres declaraciones en ese sentido y las agradecí.
Las agradezco porque también escuché a varios «payasos» descalificando al equipo de las Barras y las Estrellas con argumentos obsoletos y sin ningún conocimiento. Hubo un par de exfutbolistas que, como siempre, creen que se las saben todas pero no se preocupan por actualizar conceptos, y salen a especular sin contenido para vender la sensación de que son unos «duros» de la opinión.
Debo aplaudir la labor de Mauricio Pochettino y la coherencia entre lo que dice y lo que hace. Su compromiso era traer a este grupo de brillantes jugadores y comprometerlos con un sistema donde la lucha y el esfuerzo son de todos: recuperar el balón en el mismo momento en que se pierde, con marcas asfixiantes, movimientos rápidos y entregas precisas, sin especulación y con todos metiendo parejo, como mandan los cánones del balompié moderno.
Esta aplastante victoria lo confirma, y no es un caso aislado: el triunfo de Corea del Sur, que se sobrepuso a un gol en contra siendo protagonista y proponiendo, apunta en la misma dirección. El fútbol veloz, de presión y mucho despliegue físico no solo gana partidos: deleita a las tribunas. Ese manejo insulso e innecesario, ese juego aletargado de pausas y más pausas, y otra pausa si hace falta, ya está mandado a recoger.
En Sudamérica, Paraguay renació de las cenizas de la mano del profesor Alfaro y logró recomponer una imagen y un fútbol que le alcanzaron para volver a un Mundial tras una larga ausencia de dieciséis años. La última vez que había estado en la cita, en Sudáfrica 2010, progresó hasta los cuartos de final; pero aquel era un Mundial donde se jugaba a otra cosa. Ahí está la clave: el juego evolucionó, y muchos equipos se quedaron anclados en el de entonces. Por eso ayer Estados Unidos los desnudó por completo y los dejó como corderos en el matadero. La evolución es evidente, y a esta Albirroja el presente la encontró a contramano.
No quiero pensar que haya pesado la soberbia, esa que nunca falta, de enfrentar a un discreto rival de la Concacaf que, según el lugar común, «no vale» ni «tiene» el nivel de los combinados del sur del continente. Ahí es justo donde todos se equivocan de manera obtusa. Estados Unidos viene adelantando un proceso serio, disciplinado y con criterio. Es hoy uno de los países que más jugadores exporta a Europa (duélale a quien le duela) y cuenta con una infraestructura que se resume en centros deportivos de alto rendimiento y academias con programas de formación bien dirigidos.
No quiero excederme, porque sé que la soberbia ofende. Al fin y al cabo fue apenas el primer partido y nada más. Lo ganó Estados Unidos con autoridad y les tapó la boca a muchos críticos que lo despedazaron antes del debut.
Sé que falta mucho, muchísimo por recorrer, y en especial en un torneo tan complejo y corto como una Copa del Mundo. Pero sí puedo cerrar con lo que ya quedó registrado, y que no forma parte de un comentario acomodado como el que seguramente hoy muchos intentan hacer: Estados Unidos no será campeón, pero sí un gran anfitrión. Me sostengo en eso, y me ilusiono pensando que tal vez pueda llegar adonde ni siquiera yo lo imaginé. Qué bueno sería, por todo el serio montaje que está en desarrollo desde hace 32 años, cuando este país abrió por primera vez sus puertas al mundo al organizar el Mundial de 1994.


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