La despedida de Messi de la selección argentina anticipa un final inevitable y abre otra discusión: la ciencia consiguió prolongar la carrera de las grandes figuras, mientras las redes sociales y el mercado cambiaron para siempre la edad en que un futbolista deja de ser vigente.

Por: Jairo A. Castrillon

No se ha ido, solo le dijo adiós a la selección. Sin embargo, eso ya conmocionó al mundo porque acerca la eventual partida de un jugador distinto, dotado de magia, explosividad y una técnica depurada. Todo un artesano de la finta, el desdoble, la velocidad en 30 metros, la pausa; el recorte improvisado que rompe cinturas y la definición exquisita de quien nació para divertir al planeta fútbol como un marciano que aterrizó en la Argentina, esa donde Diego Maradona, otro zurdo magistral, le abrió el camino a la grandeza.

Desde que el 10 hizo el anuncio, se ha dicho de todo y se han expuesto los escandalosos números que deja. Algunos de ellos, inclusive, serán difíciles de superar si es que no brota otro genio igual.

Sin embargo, más allá de las sentidas notas de despedida, las cuales hacen justicia a un gigante como Leo, la verdad es que el ocaso está a la vuelta de la esquina. Muy pronto no solo será cerrar su ciclo con la selección nacional, sino dejar los guayos colgados en cualquier portería como recuerdo y dedicarse al mundo de los negocios que haya cultivado durante su extensa, brillante y lucrativa carrera. Ya es hora, aunque todavía cueste aceptarlo.

Pero la despedida de Leo deja abierta una pregunta de la que se habla mucho menos: ¿a qué edad envejece hoy un futbolista?

Durante décadas la respuesta parecía sencilla. Después de los 30 comenzaba la cuenta regresiva y el brillo se iba opacando. El mercado depreciaba al jugador, los clubes empezaban a buscarle reemplazo y cualquier pérdida de velocidad se interpretaba como el comienzo inevitable del final. Llegar a los 35 o 37 años en la élite era toda una aventura. Hacerlo siendo todavía protagonista, mucho más, aunque hubo algunas leyendas que rompieron el molde sin lograr sostener, al mismo tiempo, la carrera, el protagonismo y la grandeza.

Ronaldo se retiró a los 34 años pese a que quería seguir, pero su cuerpo se resistía. Bebeto, con 38, quiso seguir cobrando en Arabia y dos meses después lo regresaron a casa porque se cansaba poniéndose los guayos. El mismo Rivelino dijo que ojalá pudiera jugar hasta los 42, y a los 35 se le fundió la máquina.

Zico fue una de esas raras excepciones: terminó jugando a los 41, aunque en el camino se había tomado unas vacaciones del fútbol. Y Romário llevó el desafío todavía más lejos, hasta los 43, aunque sus últimos pasos fueron en escenarios muy distantes de aquel fútbol de élite que alguna vez lo coronó campeón del mundo, más allá de haber querido hacerlo por honrar la memoria de su padre.

Es decir, hubo quienes consiguieron alargar la carrera, pero no necesariamente la gloria. Algunos resistieron físicamente, otros buscaron ligas menos exigentes y unos cuantos sencillamente se negaron a aceptar que había llegado la hora. Lo extraordinario era encontrar a quien pudiera envejecer sin dejar de ser protagonista, y es ahí donde el mundo cambió para jugadores como Messi, entre otros.

Y sería demasiado simple atribuirle este fenómeno únicamente a las redes sociales. La medicina deportiva, la nutrición, los métodos de entrenamiento, el control individualizado de las cargas, la recuperación muscular y la tecnología aplicada al rendimiento han extendido considerablemente la capacidad competitiva del deportista.

Pero ocurrió simultáneamente otra revolución que el fútbol vio venir y aprovechó al máximo: el internet y, particularmente, las redes sociales cambiaron el valor de envejecer siendo una estrella.

Antes, cuando disminuía el rendimiento, también disminuía la exposición. El futbolista dependía mucho más de la televisión, la radio, los periódicos y las revistas para conservarse vigente. Eran los medios los que seleccionaban qué jugador merecía una portada, una entrevista o varias páginas contando su historia.

Hoy el jugador tiene su propio medio de comunicación. Y las grandes estrellas tienen algo todavía más poderoso: una audiencia propia que se mueve donde su preferido esté. Solo así se explica que Inter Miami sea hoy el equipo número 21 con más seguidores del mundo, de acuerdo con el Observatorio de Fútbol del CIES (Centro Internacional de Estudios del Deporte) en la publicación que detallaba los clubes con más impacto en las redes sociales.

Millones de personas que siguen a Messi —en nuestro caso— consumen sus imágenes, reproducen sus goles, compran sus camisetas, comentan sus publicaciones y mantienen su nombre circulando diariamente por el planeta aunque ese día no hayan tocado un balón. La comercialización del futbolista alcanzó entonces dimensiones que otras generaciones jamás conocieron.

Messi no necesita ser el Messi de los 25 años para conservar una extraordinaria capacidad de convocatoria y simpatía. Tampoco Cristiano Ronaldo necesita correr como lo hacía en Manchester o Madrid para continuar siendo una de las figuras deportivas más reconocibles del planeta. Porque el fútbol moderno terminó separando tres cosas que antes parecían caminar juntas: la edad biológica, la edad competitiva y la edad comercial.

Las piernas pueden comenzar a perder velocidad mientras el futbolista todavía conserva inteligencia suficiente para competir. Y ambas pueden retroceder mientras su nombre continúa aumentando de valor. Ahí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Las redes sociales no hicieron longevo a Messi. Hicieron mucho más rentable su longevidad.

Y eso también ayuda a explicar por qué hoy existe un entorno dispuesto a estirar la carrera de las grandes figuras mientras todavía puedan ofrecer algo sobre el césped.

Un Messi con menos recorrido continúa llenando estadios. Un Messi administrando esfuerzos continúa vendiendo camisetas. Un Messi que necesita escoger cuándo acelerar sigue siendo capaz de producir una jugada que dará la vuelta al mundo segundos después. Ya no estamos hablando únicamente del futbolista. Estamos hablando de una marca global que todavía juega al fútbol. Por eso resulta inevitable pensar en Maradona.

No para cometer la injusticia de comparar las circunstancias que rodearon el final de sus carreras, porque fueron radicalmente diferentes, sino para imaginar cuánto habría valido comercialmente aquel fenómeno argentino dentro del sistema actual.

Cada entrenamiento convertido en contenido; cada gambeta repetida millones de veces. Cualquier declaración recorriendo el planeta en minutos, así como cualquier camiseta estando disponible instantáneamente desde Buenos Aires hasta Tokio.

Maradona perteneció a una época en la que la fama acompañaba al futbolista. Messi pertenece a otra en la que esa fama puede convertirse en un activo económico permanente.

Quizá por eso también hemos cambiado nosotros. Antes mirábamos a un jugador de 35 años buscando las señales de su retiro. Hoy buscamos estadísticas para demostrar que todavía puede continuar. Hemos desplazado la frontera de la vejez futbolística.

No solamente porque los atletas están mejor preparados para desafiarla, sino porque alrededor de ellos existe una industria que descubrió cuánto dinero todavía puede producir quien alguna vez fue el mejor del mundo sin necesidad de seguir siendo exactamente aquel jugador. Y entonces regresamos a Messi.

Su despedida de Argentina conmueve porque por primera vez hace tangible algo que durante años pareció lejano. El final comenzó.

Todavía habrá partidos, goles, asistencias, estadios llenos y seguramente alguna genialidad que viajará por millones de teléfonos antes de que termine de celebrarla.

Pero llegará el día en que tampoco habrá una camiseta de club esperándolo en el vestuario. La ciencia consiguió prolongar el rendimiento. La tecnología prolongó el cuerpo. Las redes sociales prolongaron la vigencia. El mercado aprendió a prolongar el negocio.

Pero ni siquiera esta época, capaz de convertir un instante en eterno reproduciéndolo millones de veces, ha encontrado todavía la manera de prolongar una carrera para siempre.

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