Por Jairo A. Castrillón

¿Cómo explicarle al mundo que una selección cuyo valor de la plantilla supera los 1400 millones de dólares (de acuerdo con el Observatorio Mundial del Fútbol —CIES, por sus siglas en inglés—), y cuya principal figura (Lamine Yamal) vale 358 millones de euros, no haya podido ganarle a una escuadra que reúne 10 pequeñas islas en el océano Atlántico, frente a África Occidental, cuyo valor de la nómina alcanza 36 millones de euros, de acuerdo con la misma fuente? ¿Cómo se puede entender que la campeona de Europa se halle inmersa en un mar de dudas y no haya podido superar la crisis que se produce en los guapos cuando los cobardes se alebrestan?

De igual manera, ¿cuáles son las palabras precisas para sintetizar la angustia que pasó Bélgica ante un Egipto agresivo y temerario; o cómo desglosar el susto del primer campeón del mundo ante una Arabia Saudita que le tiene medido el zapato a los equipos del Río de la Plata y casi abofetea a los charrúas como hace cuatro años lo hizo con el hoy monarca defensor?

Así mismo quedó Ecuador con el pecho adolorido, sosteniendo que el marcador fue injusto ante Costa de Marfil y que merecieron más, como si de eso se tratara un Mundial.

Ningún favorito quedará eliminado porque pierda o no sume completo en la primera fecha, pero sí es una bofetada frontal a la soberbia con la que saltan al terreno de juego. Les cuesta creer que ya los rivales no se asustan con el peso de la historia y mucho menos con el color de una camiseta.

No se puede hablar de una distancia menor entre las potencias y los combinados emergentes, pero sí se puede concluir que un Mundial es algo muy distinto a cualquier otro evento futbolero, así muchos crean que la Eurocopa es un Mundial chiquito. No, no lo es, porque la verdadera dimensión de una Copa del Mundo se mide por el orgullo de cada país.

Pretender justificar un mejor Mundial con 48 equipos sería absurdo en lo deportivo, pero sí se amplían las historias de naciones que llegaron a donde nadie las veía, y eso eleva los capítulos emocionales. Es decir que la parte conmovedora crece, por supuesto, pero en lo deportivo la intensidad y el sacrificio priman, hasta el momento, por encima del orden táctico, lo cual es válido para muchos aficionados y un atentado para los puristas.

Al parecer, los colores y la historia de los recién invitados son motivo suficiente para despreciarlos, pero se adolece de la cordura para analizarlos.

En el caso de los «Tiburones Azules» o caboverdianos, sus credenciales se reducen a un solo jugador proveniente de un equipo top (Logan Costa, del Villarreal de España), y todos los demás por ahí regados en equipos menores de Portugal, Italia, Rusia, Turquía, Países Bajos, etc., pero saben jugar al fútbol y está en cada uno de ellos lo que puedan hacer en lo colectivo, porque hay grupos repletos de grandes figuras que no engranan en un combinado.

Estos primeros resultados sorprendentes no son ni serán los únicos, y sirven para refrescar el ambiente y la competición, porque de alguna manera obligan a los jerarcas a sacudirse si creían que irían en coche a la siguiente ronda, y de eso se trata esto: de ver un nivel superlativo que equipare los alocados precios en las tribunas.

Estados Unidos, en 1950, con un grupo de aficionados —entre ellos carteros, profesores y hasta desempleados— doblegó a Inglaterra, que llegaba precedida de los mejores comentarios y favoritismo; algo parecido le pasó a la Argentina en 1990, cuando arrancó el Mundial siendo domada por los Leones de Camerún, con Maradona incluido y dos jugadores menos en la cancha; o Francia del 2002, que tuvo que resignarse por la mínima ante Senegal, con sus mejores figuras (Zidane, Henry, Vieira, etc.), despegando como monarca defensor y partiendo de la prueba sin marcar un solo gol.

Esto no se trata de terminar subrayando historias conmovedoras o victorias sonoras y espontáneas; el asunto es reclamar un fútbol al mejor nivel, que divierta y llene la retina del espectador que ha pagado en la tribuna, del que repentinamente se enfermó en su trabajo o pidió sus vacaciones antes de tiempo, solo esperando ser testigos de lo mejor (para eso se espera cuatro años).

Se espera ver en cada cancha, un dinamismo constante; picardía y encare; valentía y pundonor; resistencia y resiliencia y no un cúmulo de selecciones infladas por la historia, convencidas de que con el apellido liquidan.

Es hora de jugar con argumentos, como lo hicieron Alemania y Suecia en sus partidos de apertura, sin especular e invitando a ver más o si no que sigan los invitados.

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