Entre el ocaso de un genio y el ascenso de otro, el fútbol sigue escribiendo su fábula.

Por: Jairo A. Castrillón

Antes de entrar en el plano triunfalista, procuraré ser ajustado, razonable (si es posible) y analítico. Así que, teniendo esto en cuenta, subrayo que Francia, Argentina y Noruega ganaron como se esperaba (con autoridad), en un día lógico, dirán muchos, y con sus mayores referentes como protagonistas. Eso es muy bueno para ellos, a título individual, y para la competición, ya que son quienes convocan a las multitudes. Eso sí, salvo el conjunto galo, que se vio apretado ante los senegaleses, los noruegos y argentinos tuvieron rivales medianos —para no demeritar la victoria— y hasta livianos por muchos pasajes, pues ni Argelia, y mucho menos Irak, causaron mayor impresión, ¿o sí?

Lionel Messi, el 16 de junio de 2006, abrió su particular historia en los Mundiales, estampando su primer gol ante Serbia y Montenegro. Ahora, 20 años después, le toca el hombro al alemán Miroslav Klose con 16 tantos y probablemente lo dejará en el camino (salvo una eventualidad); pero, para Leo, este es su sexto Mundial, mientras que Klose dejó su rúbrica en cuatro, así que debo consignarlo.

Kylian, por su parte, se despachó con dos tantos que sirvieron para desenredar la traba impuesta por los africanos durante buena parte del compromiso al punto de que el estelar delantero se zambullía en el área buscando impresionar al árbitro central en procura de un penal que los sacara del atolladero, pero no fue así. Hubo que esperar a verlo en acción, desmarcándose con clase y definiendo con altura, para que la victoria tuviera un mejor sabor.

Con esta dupleta, el atacante del Real Madrid ya acumula 14 dianas en tres Mundiales y es, sin duda, el candidato a hacer historia en este apartado, toda vez que, por números, tiene un aproximado de un gol cada 85 minutos. Si tomamos los 15 partidos jugados hasta ayer, queda una media de 0.86 tantos por compromiso, comparada con el 0.59 de Leo. Es decir, la gacela francesa tiene todo para hacer añicos este renglón.

Haaland, quien recién debuta, dejó una media de un gol cada 45 minutos, pero esto es un espejismo ante la realidad de Messi y Mbappé, y solo se podrá analizar en la medida en que los minutos le den al espigado noruego un soporte para entrar en esta persecución.

Lo de Kylian y Messi es genial. Se asemeja, con nostalgia, a una fábula donde el “viejo” centinela le entrega la guardia al joven artillero, mientras el eterno vigía (Klose) los mira desde la distancia.

Todos los goles fueron de buena factura y confirman que Mbappé es una máquina para definir. El segundo tanto, en especial, es un potente remate de 35 metros que sorprende al meta Mendy, de Senegal. Algo muy parecido al primero de Leo ante los argelinos, con el que sorprendió, casi desde la misma distancia, al arquero Luca Zidane (hijo de Zinedine y formado en el Real Madrid). Sin embargo, me quedo con el segundo gol que recoge Leo tras el rebote que dio Zidane después del remate de Alexis Mac Allister. No porque haya sido muy complicado, sino porque confirma la agilidad mental de un jugador de su talla. El arquero pareciera convencido de que el remate irá a su derecha, y no sin razón: Messi recibe el balón con la pierna derecha —su perfil menos natural— y lo lógico, lo que pide la jugada, es que la cruce hacia ese costado. Hacia allí amplía su cuerpo el guardameta; pero queda sentado, inútilmente, porque el argentino, en un microsegundo, la leyó distinta y le metió una recta al palo contrario. Eso es una muestra sobria de una capacidad exclusiva, propia de un jugador sencillamente brillante, que quiere despedirse por la puerta más grande que el fútbol le pueda brindar.

No sé si Argentina tiene lo necesario para romper el maleficio del campeón, es decir, ganar un segundo Mundial consecutivo, como no sucede desde 1962 con Brasil. Lo que sí me queda claro es que hay que dar gracias a la vida por habernos permitido ver en plenitud a un jugador de otro nivel, o quizás de otra galaxia, que desarrolló su carrera en una era de exposición global permanente, algo de lo que Pelé o Maradona adolecieron en su momento.

¡Ah!, como posdata, no crean que se me olvida Ronaldo; pero depende de él cómo pueda cambiar esta historia a sus 41 años.

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