
Sin su gran figura lesionada, el anfitrión no solo ganó: confirmó que juega a nivel de Mundial y con el aplauso de su afición.
Por: geniale
Fue un partido ríspido, jugado con pierna fuerte, pero sin mala intención y con un árbitro central que lo permitió. Al final, queda para la estadística el dato de siete amonestados —cuatro para Australia y tres para el local—, una selección de los Estados Unidos que clasifica con seis puntos de seis posibles; una diferencia de +5, y una coincidencia que da para el guiño histórico: por segunda vez en un Mundial organizado en casa, un autogol rival abre el marcador y empuja a la victoria estadounidense. Ocurrió en 1994, también en la segunda jornada, con el tanto en propia puerta de Andrés Escobar frente a Colombia; y se repite ahora, en 2026, con el de Cameron Burgess ante Australia. En ambos casos, el autogol fue el 1-0 que encarriló el triunfo.
En su segunda salida, el conjunto de Mauricio Pochettino se reafirmó en su asfixiante presión, en un desgaste físico inconmensurable y en la habilidad para manejar los ritmos del partido a su antojo, en especial cuando tenía la pizarra dos por cero a favor. Para entonces ya movía la pelota con convicción, con una medida cuota de especulación y dosificando esfuerzos de cara a su tercera salida. Al igual que en el debut, la intención del cuadro de las barras y las estrellas fue reducir al rival, aunque esta vez sin tanta sorpresa, pues ambos estrategas ya se habían estudiado y las dos escuadras venían de sorprender a propios y extraños en la primera fecha.
Solo un breve repaso a los números de Opta refrendán esa superioridad. Terminado el primer tiempo, con el 2-0 ya puesto, Estados Unidos acumulaba el 70% de la posesión y 259 de 293 pases completados, con 38 entradas al último tercio frente a 19 y 14 toques en el área rival contra apenas seis de Australia. El perfil de tiro lo dice todo: nueve remates contra dos del rival, y siete de los disparos locales nacieron dentro del área, prueba de que el peligro no fue lejano ni de adorno, sino construido hasta la cocina del visitante. Que cinco de esos remates terminaran bloqueados solo confirma cuánto se metió el local en zona de definición. Después, administrada la ventaja, el equipo aflojó la presión y le concedió a Australia más pelota en el complemento, pero sin dejarle pensar. Es decir: control, no susto.
Lo bueno de un conjunto funcional, que sabe manejar el libreto, es que puede lograr que la ausencia de un jugador importante —como fue el caso de Christian Pulisic— no se note tanto. Sí, es cierto que el extremo del AC Milán es la figura, el estandarte del equipo, pero está lesionado, y en su lugar saltó un Ricardo Pepi que dio la talla. De eso se trata trabajar en grupo y sentar precedentes en la cancha: imponerse con un trabajo sólido en todas las líneas, sin escatimar esfuerzos ni conformarse con caminar.
Si ante Paraguay la sensación fue que Estados Unidos había aprovechado las facilidades del rival, y que a los guaraníes les faltó orgullo y reacción, contra Australia confirmó algo más importante: este equipo está jugando a nivel de un Mundial. No necesitó, repito, de un Pulisic resentido de la pantorrilla, así como tampoco tuvo que remontar ni sufrir. Controló el ritmo, golpeó temprano y administró la ventaja con la serenidad de un conjunto que empieza a creerse protagonista. Se ha convertido, así a muchos les pique, en un anfitrión que dejó de ser una simple curiosidad para pasar a la línea de los combinados incómodos.
Otro factor que no jugó hace 32 años, y que ahora no se puede discutir, es que la afición está comprometida con el equipo y lo acompaña, porque hoy hay un público que entiende y exige. Nada comparable a 1994, cuando quienes iban a las canchas lo hacían para acompañar a su selección —la de su país de origen— y apoyaban a Estados Unidos apenas porque residían aquí. Pero tuvieron el detalle de llevar a sus hijos de la mano al estadio, y es esa generación la que hoy se enamoró de su selección, la apoya y les transmite a los nuevos seguidores —sus hijos— la pasión y la lealtad.
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