Hay derrotas que se merecen y hay marcadores que son una estafa y una trampa para la estadística y el recuerdo que solo se apuntalan en un marcador. El 0-0 que dejó a Ecuador con un punto en Kansas City, el pasado 20 de junio, pertenece a la segunda categoría, y conviene decirlo con todas sus letras antes de que la rabia haga lo que mejor sabe hacer cuando el público y la prensa especializada se apoyan solo en la victoria: buscar culpables, pedir cabezas, incendiar un proceso.

Las cifras no se alteran, aunque el resultado haga parecer que sí. Ecuador tuvo el 74,8% del balón. Remató 28 veces, 15 de ellas al arco. Estrelló una pelota en el travesaño (que se suma a los dos en el debut contra Costa de Marfil). Y, sobre todo, generó un xG de 3,05: es decir, para explicarlo sencillamente, la matemática del fútbol dice que con esas ocasiones en un partido, un equipo que las produzca debe marcar, por lo menos, tres goles. Ecuador marcó cero. Esa distancia —de tres a nada— no es un dato técnico. Es el tamaño exacto de la injusticia y de la actuación espectacular de un arquero que nunca se imaginó que iba a flotar por el mundo tras su brillante actuación.

Eloy Room, de 37 años, es un veterano guardameta que pasó por el Vitesse Arnhem, PSV Eindhoven y Go Ahead Eagles en Países Bajos; por el Columbus Crew en la MLS, el Cercle Brujas en Bélgica, y ahora cierra su carrera con Miami FC, un equipo de la segunda división estadounidense. Aquella noche, su noche, Room paró quince balones con sello de gol que se quedaron en la garganta de los ecuatorianos.

No es una cifra de partido, es un guarismo de leyenda. Hubo una noche en que un portero al que casi nadie tenía referenciado decidió que ninguna pelota iba a pasar, y ninguna pasó. A eso, en el fútbol, no se le gana. Se le sobrevive, y a veces ni eso. Cuando del otro lado aparece un guardameta de otra galaxia, inspirado e infranqueable, no hay pizarra, ni cambio, ni arenga que alcance. Hay que inclinarse o llorar y pocos ecuatorianos hicieron lo primero.

Por eso duele tanto el reflejo inmediato, como si esa fuera la única alternativa, de querer destrozarlo todo, como si un empate o una derrota ya no formaran parte del decorado del fútbol y no se pudiera ensalzar cuando en la cancha las circunstancias se dan para un partido memorable y no precisamente porque la victoria se fijó en la pizarra.

Frustrado, el hincha pide que rueden cabezas, que se acabe el equipo, que el proceso entero se vaya al tacho. Y uno entiende el malestar y el mal sabor de boca que debe reinar —más de cincuenta mil personas viajaron hasta el Medio Oeste para volver con un nudo en la garganta—, pero entender la bronca no es lo mismo que darle la razón. No se puede demoler un proyecto y lastimar a un grupo humano que hizo absolutamente todo lo que estaba a su alcance y se escribió en el pizarrón antes del partido. Estos jugadores no se ahorraron una corrida, no negaron un remate, no se escondieron. Encontraron resistencia donde no debía haberla, y el fútbol —que es hermoso y cruel en la misma proporción— les cobró por una eficacia que la estadística jura que tuvieron, aunque el marcador no se abrió.

Y mientras tanto, del otro lado del campo, Curazao daba la vuelta olímpica por su primer punto en este tipo de pruebas ante un rival que lucía mayor, y lo fue. Su pequeña gran isla celebrando como si hubiera levantado la Copa. Y está perfecto que así sea. Esa es justamente la grandeza que se nos está olvidando mirar: que en un mismo 0-0 cabían dos verdades enteras, la frustración de uno y la gloria del otro, y que ambas eran legítimas. El problema no es que Curazao festeje. El problema es que ya no sabemos festejar otra cosa que no sea el resultado y la victoria, porque eso es lo que se vende en los medios y por eso, solamente por eso, por no saber ponderar el juego, por encima del resultado, es que la violencia se prende en las tribunas.

Ahí está, creo, la herida más profunda. Se nos olvidó darle valor a la competencia. Nos quedamos solo con el marcador, ese juez tramposo que no distingue entre el que jugó mal y el que jugó bien y se topó con un milagro ajeno. Reducimos noventa minutos a una sola cifra y tiramos a la basura todo lo demás: el dominio, las ideas, el coraje de seguir yendo cuando la pelota se negaba a entrar. Premiamos el «cuánto» y despreciamos el «cómo», como si el fútbol fuera una planilla de Excel y no una historia que se cuenta mientras se juega.

Tal vez por eso —así mucho se incomoden o pueda parecerles absurdo a otros— hay miles de hinchas de equipo chico que se “aferran” o eligen uno de los grandes o mediáticos de Europa, para descargar la frustración de estar atados sentimentalmente a divisas que no han sabido ganar nada. Equipos que no tienen linaje con ningún barrio, ningún abuelo, ninguna infancia. Lo elige por una razón sencilla y un poco triste: para tener, de algún modo, cómo saborear la victoria. Porque el equipo del corazón te enseña a perder, a sufrir, a empatar 0-0 con quince atajadas en contra; y uno, de tanto en tanto, necesita la prueba de que ganar todavía existe. Necesita levantar un puño en los eventos de mayor envergadura, aunque sea por medio de otra escuadra, aunque el placer venga prestado. Es la trampa que nos tendió la cultura del resultado: nos volvió tan adictos a ganar que ya no nos alcanza con competir.

Y sin embargo, para cerrar, lo de Ecuador en Kansas fue competir en estado puro. Fue ir e ir, e ir hasta el cansancio. Fue hacer lo correcto veintiocho veces y que el destino, disfrazado de arquero, dijera que no. No tiene por qué haber vergüenza en eso. Hay una lección, eso sí: que el mérito y el premio no siempre se encuentran en la misma maleta, y que medir a un equipo solo por lo que dice el casillero es la forma más rápida de no entender nada del fútbol. Quizás, para ser honestos, de esa manera hemos aprendido o nos ha convertido el verso del periodismo mundial.

Que se acabe el proceso, han dicho, cuando debería ser lo contrario. Un equipo que pierde así y que es joven no es un equipo terminado. Es un conjunto que se chocó con una de esas noches que el fútbol guarda para humillar o hacer desaparecer la fe. Pero les aseguro, y no necesito ser brujo, que vendrán otras. Y cuando lleguen, ojalá hayamos aprendido a aplaudir lo que se hizo bien, incluso —sobre todo— cuando el marcador se empeñe en decir que no pasó nada, aceptando que en este Mundial, hasta el momento, la historia de los ecuatorianos ha tenido similitudes con otros equipos como Bélgica y Uruguay que hoy hacen reparos y generan lamentos, si bien hubo algunas aristas distintas en ambas historias.

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