
«Colombia recuperó su identidad y llega a Portugal con algo más valioso que el liderato: argumentos.»
Por: Jairo A Castrillón
La Selección Colombia no solo sumó tres puntos con su victoria ante RD del Congo. Lo que hizo fue ratificar, a los incrédulos o a quienes se obnubilan con facilidad, que ese equipo tímido y desordenado que asomó en el arranque mundialista quedó atrás, y que en su lugar se proyecta un conjunto sólido, vertical y de alta exigencia como el que se vio en el despunte del proceso con Néstor. Una fórmula que ilusionó, pero que se fue difuminando tras unas eliminatorias flojas donde la posición final generó una falsa sensación. Si en su segunda salida se vio mucho mejor, fue porque en el debut estuvo opaco y sin brillo, así de fácil.
El 1-0 ante República Democrática del Congo no fue un resultado de fortuna ni un trámite resuelto por inercia. Fue la consecuencia lógica de un conjunto que, como tal, dominó el balón, presionó con inteligencia y que, pese a no encontrar el gol en una primera mitad de absoluto control, nunca dejó de proponer. Mpasi, el arquero congolés, se convirtió en una muralla que tapó todo lo que llegaba, beneficiándose, de paso, con la falta de claridad cafetera para definir, pero ni sus atajadas alcanzaron para esconder la diferencia futbolística que hubo en el campo.
Lo más valioso de la noche no fue el resultado, sino la forma como se cristalizó. Forma que, de paso, fue criticada en este rincón tras la victoria ante Uzbekistán, generando roncha y resquemor en su momento.
Colombia jugó con una concentración táctica que había faltado en el debut: marca alta, recuperación inmediata, circulación con sentido. El equipo no se conformó con tener el útil; supo qué hacer con él, incomodando a un rival que en su anterior salida fue capaz de plantarle cara a Portugal y aterrizó confiado en ser el primero de la zona.
James fue uno de los puntos bajos, aunque no han de faltar los que deshojan la margarita por su pasado. Intentó aportar en marca y salida, pero más allá de un remate de media distancia que exigió a Mpasi, no logró imponer su sello habitual en la generación de juego y se arrugó cuando le tocaron abajo, donde siempre le ha dolido. Su reemplazo, decisión que terminaría siendo determinante, abrió la puerta para que el partido encontrara otro libreto.
Y ahí llegó la jugada que define el talento colombiano cuando está fino: Juan Fernando Quintero, recién ingresado y pidiendo pista como inicialista, leyó el espacio entre los centrales africanos y filtró un balón quirúrgico hacia Jhon Córdoba. El delantero, con inteligencia pocas veces valorada, no fue a buscar el balón de frente con el instinto del depredador de área, todo lo contrario: lo cubrió con el cuerpo, dejó que siguiera su curso, y en esa cesión silenciosa abrió la diagonal exacta para que apareciera Daniel Muñoz. El lateral, de muy buen partido, venía golpeando la puerta del gol desde el primer minuto, definiendo con altura, como un delantero sin pedigrí pero letal, sellando una conquista construida en equipo: visión, sacrificio y ejecución, en una sola secuencia.
Puerta y Lerma fueron el motor silencioso del andamiaje colombiano, pistones bien engranados y funcionales: sacrificio, pulmón y oficio para que el equipo nunca perdiera el orden, incluso cuando Congo, ya desesperado, apretó en los minutos finales y obligó a Camilo Vargas a un par de intervenciones providenciales.
La defensa con Lucumí y Davinson estuvo atenta y precisa, patrullando con propiedad. En la mitad, Arias tuvo una jornada brillante sin buscar opacar a nadie. Mojica se la jugó bien para librar la amarilla y Suárez, junto con Lucho, trabajó incansablemente, más por frustración ante las circunstancias que por su probada capacidad.
Con el triunfo se llegó a seis puntos y se aseguró transitoriamente el liderato del grupo K, por encima de una Portugal que, aunque goleó 5-0 a Uzbekistán con una facilidad pasmosa, no pudo doblegar a este mismo Congo en la fecha inicial. Sí, a ese Congo que, con sus transiciones veloces y su vocación de contragolpe, terminó generando más opciones claras que los propios lusos, dejándolos expuestos en defensa y sembrando dudas sobre su funcionamiento. Cosas que valen mucho para analizar en el futuro inmediato.
Ese dato confirma lo que el campo dejó ver anoche: este Congo, que parecía no ser un rival menor, quedó desnudado por el trabajo cafetero que lo hizo ver como un equipo normalito. Se fue del campo con la frente en alto, consciente de que no fue una víctima sino un adversario de los que incomodan a cualquiera.
Hay triunfos que se celebran y triunfos que se entienden, y el de Guadalajara fue de los segundos. Colombia no ganó por destello individual ni por un golpe de suerte disfrazado de gol: ganó porque volvió a ser equipo, porque encontró en el sacrificio colectivo la materia prima de la que están hechas las grandes noches mundialistas. Quintero pensó, Córdoba cedió con inteligencia su propio protagonismo, y Muñoz, fiel a su costumbre de aparecer cuando se le necesita, convirtió esa cesión en gloria.
Desde las tribunas, la marea amarilla volvió a desbordar el estadio. El himno, cantado a pulmón abierto por miles de colombianos en México, fue otra vez el preámbulo perfecto de una noche en la que el orgullo no se quedó solo en la grada: bajó a la cancha y se vistió de gol.
Colombia sigue escribiendo un capítulo que empieza a parecerse al que todos imaginamos cuando arrancó este proceso: un equipo que no solo suma puntos, sino que convence, que impone su idea, que juega con la cabeza fría y el corazón ardiendo. Si esta es la versión que se sostiene de aquí en adelante, el camino del Mundial puede deparar más de una alegría.
Ahora llega Portugal y no es el liderato del grupo lo que está en juego, es la oportunidad de tener el primer gran sorbo de Mundial.


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