Por: Jairo A. Castrillón (geniale)

Antes de arrancar el Mundial 2026, en la ciudad de Estambul, un convoy de autos engalanados con banderas turcas cruzaba frente a miles de personas que despedían a su selección en busca de la gloria. Sin embargo, dos semanas después, ese mismo grupo humano regresa en silencio, tras un paso callado y sin peso, lindando con la vergüenza.

Los turcos llegaron como uno de los cuatro “caballos negros” de la prueba, es decir, candidatos a fulgurar con sus estrellas junto a la promesa de un fútbol vistoso y divertido. Pero, antes de cerrar el calendario frente a USA, ya estaban eliminados, sin haber anotado un solo gol en sus primeros dos encuentros. Tuvo 62 disparos sin anotar, lo que se convertiría en la peor racha goleadora de un equipo en la historia de los Mundiales desde que existen registros, en 1966. No, no hubo gloria sino miles de aficionados ruborizados al extremo.

En otro decorado de la prueba, una isla de poco más de 150 mil personas escribía otro capítulo mundialista: Curazao. La nación más pequeña en la historia en clasificar a un Mundial llegó sin presión, sin expectativa, sin nada que perder; para ellos, todo era una aventura, un reto a vencer, como los bebés cuando empiezan a caminar. El 14 de junio, Livano Comenencia anotó el primer gol en la historia de su país en esta prueba contra los alemanes nada más y nada menos. Perdieron ese partido 7-1. No importó. Lo que la gente recuerda es ese gol, la celebración y las sonrisas. Después, Eloy Room, su portero, un veteranazo de 37 años, militante en la segunda división de los Estados Unidos, hizo 15 atajadas para sostener un empate sin goles ante un Ecuador arrollador, pero tuvo el aliento inagotable desde las tribunas de una afición que deliraba y divertía.

Cabo Verde hizo algo parecido, pero contra un rival también inmenso. El 15 de junio, en Atlanta, esta nación, de apenas 500 mil habitantes y debutante absoluta, le cerró la puerta a España, la vigente campeona de Europa, que disparó 27 veces de manera infructuosa. Pero no fue suerte, ya que días después repitieron la hazaña, empatando a 2 con una confundida Uruguay. De esta manera, dos pequeñas naciones exageraron el orgullo y el privilegio de estar en la mayor vitrina del fútbol mundial y quedaron comprometidas a seguir buscando la opción de regresar porque lo vivido no tiene parangón.

Túnez, por su parte, pegó un sacudón sonoro después de la derrota 5-1 ante Suecia en el debut. Debido al resultado, los dirigentes tunecinos, acostumbrados a esto, despidieron al entrenador, Sabri Lamouchi, argumentando que lo que no funcionaba había que eliminarlo. Algo similar a lo que sucedió 28 años atrás, en la cita francesa, cuando Henryk Kasperczak salió por detrás tras perder ante Inglaterra y Colombia.

Fuera de la cancha, el Mundial ha tenido su examen de honestidad y no por lo prometido sino por lo vivido. La FIFA, que ya parece un político malo, prometió una catarata económica que inundaría todas las sedes del evento, calculando unos 40 mil millones de dólares en ingresos y 800 mil empleos generados. Nada más falso. Los hoteles, ya arrancada la prueba, tuvieron ingresos por encima del 100% en la primera semana, pero no como resultado de la cantidad de cuartos rentados, sino porque decidieron, en una maniobra desesperada, aumentar las tarifas afectando, una vez más, el bolsillo del aficionado común.

Toda la decepción parte de una variante sin precedentes: la FIFA se encargó de operar en su totalidad el torneo, sin intermediarios, controlando los ingresos de transmisión, patrocinios, boletaje, etc., mientras las ciudades anfitrionas solo cargaron con los costos. Todos, palabras más o menos, trabajando para lucrar a la máxima rectora del balompié mundial.

Y se han presentado otros detalles que revelan las historias de la calle, según los relatan los medios locales. En Boston, por ejemplo, se supo que los aficionados escoceses bebieron tanto cuando pasaron por allí que los dueños de los locales tuvieron que pedir entregas de emergencia de cerveza. Y en las gradas de Dallas, un inglés llamado Oliver Henry grabó un video diciendo que su país le debía una disculpa a Estados Unidos por haber subestimado sus estadios, algo que se volvió viral porque, tal vez, en el fondo, hemos querido creer, para quienes alguna vez vivimos esta fiesta, que el Mundial seguiría siendo un gancho para conocer gente, para sorprenderse con ella olvidándose o perdonando los viejos prejuicios frente a una cancha.

Mientras llega el pitazo final y se hace un veredicto apropiado, dejemos que el relato siga superando lo deportivo ya que este Mundial dejó de pertenecer a quienes lo organizaron y vuelve a ser de quienes lo juegan, lo sufren y lo cuentan. Y, afortunadamente, todavía estamos a tiempo de seguir sorprendiéndonos.

Eso, por lo menos, es lo que se aprecia cuando todavía el trono sigue vacío. Falta ver qué pasa de aquí hasta allá.

Deja un comentario

About the Podcast

Welcome to The Houseplant Podcast, your ultimate guide to houseplants! Join us as we explore the wonders and importance of plants in our lives.

Explore the episodes