
Por: Jairo A. Castrillón
Hay conjuntos sin mucho peso ofensivo que aprendieron a defenderse con disciplina y orden, con esa terquedad táctica que también forma parte del decorado de un Mundial o de cualquier gramado del mundo, nos guste o no. Es una de las verdades incómodas de este deporte: no todos salen a deslumbrar; algunos saltan simplemente a resistir, y en esa resistencia hay una forma legítima de competir. Lo que ocurrió en Boston, sin embargo, no fue resistencia: fue una sentencia.
Paraguay no solo se defendió mejor, sino que rayó la historia con una rúbrica impensada, eliminando a uno de los alumnos más aplicados de esta clase, que ya lleva tres mundiales reprobando la materia y traicionando su tradición. Lo hizo tras una desigualdad estadística que, leída en frío, parece sacada de una goleada y no de una eliminación pasmosa.
Según las cifras oficiales de la FIFA, Alemania cerró el partido con el 75 % de la posesión, frente al 25 % de Paraguay; intentó 799 pases contra 257 y completó 719 de ellos. El dominio territorial, si se puede llamar así, fue aplastante, pero no supo cómo hacer el gol que permitiera la continuidad. No tuvo ideas para romper la marca férrea y llena de orgullo de un equipo que arrancó en falso este camino, perdiendo por goleada ante Estados Unidos y generando toda clase de insultos y lamentaciones. Un esfuerzo que apuntó a lo que parecía imposible y lo logró con angustia, mientras las tribunas se confundían entre gritos y lágrimas.
Pero ahí están los números que sentencian una verdad inalterable por los siglos de los siglos: 1-1 en el marcador, 4-3 en los penales.
Más allá del sorpresivo gol de Julio Enciso, la hazaña tuvo nombre propio: Orlando Gill. Un espigado arquero que no se amilanó y dejó a Kai Havertz y a Nick Woltemade casi llorando tras fracasar en su intento desde los doce pasos. José Canale, después de dos yerros de sus compañeros que estrecharon la ventaja al mínimo, definió con claridad, con la serenidad de quien entiende que la historia también se escribe desde el punto penal.
El aficionado alemán, que pagó cara su taquilla, nunca podrá entender cómo su equipo fue apeado por un conjunto que apenas vio el balón pasar de un lado a otro. Es una frustración absoluta, posiblemente de indignación. Sin embargo, los guaraníes saltan tras haber protagonizado, según coinciden las crónicas, la mayor victoria en la historia del fútbol paraguayo, incluso por encima de los cuartos de final alcanzados en Sudáfrica 2010. Esa asimetría de emociones frente a un mismo resultado, esa doble lectura del mismo partido, son precisamente la esencia de un Mundial. La posesión cuenta una historia; el marcador, otra completamente distinta. Y en el fútbol, como en pocos deportes, la segunda siempre tiene la última palabra.
Brasil, que también sufrió, resolvió de manera trabajosa, guiado por un Casemiro mayúsculo, pero sigue sin elevar el pulso. Es un equipo tan frío como el de Parreira en 1994. A muchos no les importa, porque hoy saben que ese fútbol romántico que practicaban se evaporó en la medida en que los espacios en la cancha se hicieron escasos.
Esta no es una canarinha contundente, sino de chispazos. Es un Brasil deslucido, despintado, pálido, falto de colectividad, que dependió más de algunos futbolistas que de una idea colectiva articulada. Ganó de manera agónica, lo cual no sienta ningún precedente ni genera temor. Pero Brasil es Brasil, y su casta en este oficio le permite todavía protagonizar gestas deportivas favorables a su ambición.
Eso mismo, ambición, fue lo que le faltó a Países Bajos. La Naranja Mecánica también quedó en el camino, enfrentando a un Marruecos que busca superar lo hecho en Qatar. Esta vez, la ruta angustiosa de los penales premió al que mejor respondió en medio de la presión y el temor.
La jornada del 29 de junio dejó marcadas varias sorpresas: las eliminaciones de Países Bajos y de Alemania, dos potencias mundiales que se fueron con la pelota en los pies y el marcador en contra. Asimismo, la consolidación de Paraguay, Canadá y Marruecos como protagonistas inesperados de esta fase. Historias distintas, pero con un denominador común: el orden, la paciencia y el carácter pesaron más que el prestigio.
Y queda flotando en el ambiente una sensación inevitable: con treinta y dos equipos en esta cita mundialista, ¿realmente las selecciones que llegan con la única aspiración de sorprender y dignificar su participación no están demostrando que también pueden cambiar el rumbo del torneo?


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