
Por: geniale
Es complicado que un aficionado acepte que su equipo no va más en el Mundial por un fuera de lugar. Un fuera de lugar tan doloroso como difícil de concebir. Un fuera de juego que, probablemente, 30 años atrás hubiera desatado una batalla campal, porque el gran culpable, entre insultos y sospechas, sería el árbitro central tratado, como siempre lo fue, de pillo, vendido, comprado y quién sabe qué más. Pero resulta que hoy no es el hombre el que determina una verdad tan estrecha como la que dejó a Croacia por fuera. Hoy, guste o no, es la tecnología, esa que nos ha llevado a vivir cosas impensadas, la que determina detalles tan ínfimos como ridículos que cuestan, con dolor, una triste eliminación.
Fue un sensor, conocido como Tecnología del Balón Conectado (Connected Ball Technology), el que recoge y envía con regularidad una serie de datos que, leídos correctamente, fijan el momento preciso en que el esférico es golpeado. Sin embargo, para el aficionado, o mejor dicho para todos, la posición de Mario Pašalić era correcta cuando partió el centro original, pero lo que contradice a la óptica humana es la aseveración del VAR, que certificó que un roce de Igor Matanović tocó el balón, generando una especie de segundo pase que dejó al goleador en posición viciada. Algo tan doloroso como la «uña» de Dávinson Sánchez que privó a Colombia de la victoria contra el mismo equipo.
Toda una locura que, inclusive, el árbitro Espen Eskås validó, porque desde aquel pequeño cuarto le dijeron qué fue lo que pasó, por encima de que tal afirmación quede en el limbo de la verdad para quienes no tienen acceso a esa información. Fue una imagen, que pocos conocíamos, la que sentenció el destino croata.
No se favoreció a nadie, hay que creer, pero es hora de que la ley, como tal, tenga un reajuste y no genere controversias, porque esa fue la idea de aceptar que la tecnología se vistiera de cortos y entrara a jugar en la cancha.
No puede ser que, por detalles tan crueles, la esencia callejera del deporte se manosee hasta extremos inaceptables, porque debemos preguntarnos dónde queda la particularidad del juego que se ve en la cancha. El gol de Dávinson debió ser gol porque, en tiempo real, no había duda alguna de su legitimidad en las gradas ni en ninguna parte. Porque esa uña la vio un asistente que, reitero, no sé si de verdad la advirtió o levantó el banderín por instinto u obligación; vaya uno a saber.
La FIFA, respaldando los miles de dólares que ha gastado en estos avances tecnológicos, respaldó al árbitro y dejó claro que su decisión fue correcta, y seguramente así fue. Pero ahí no perdió Croacia; perdió el fútbol.
Estamos entrando en una zona peligrosa donde el VAR, que llegó para solucionar problemas y que, a mí, particularmente no me molesta, porque desde ese entonces las madres de los árbitros centrales duermen más tranquilas, sigue dependiendo del perverso criterio humano, y allí está el problema. Ahora los árbitros son influenciados por una serie de imágenes que, congeladas y desde distintos ángulos, les dan a las acciones una sensación culposa y definitiva desde el momento en que son llamados a revisar. Estos hombres, porque lo siguen siendo, están renunciando al criterio personal de confrontar la imagen con su percepción en tiempo real y son influenciados desde un cubículo donde, al parecer, sigue reinando la maldad de quienes no ven ni sienten el juego, sino una serie de imágenes que pueden contar algo muy distinto a la realidad de la grama.
Es inevitable terminar reconociendo que el fuera de juego es una regla binaria (o estás o no estás), pero ahora tenemos un problema de fondo porque la regla no cambió; solo cambió quién la mide. El problema no es la tecnología; es que la regla del fuera de juego nunca fue diseñada pensando en que algún día se pudiera medir con semejante exactitud.
Hoy, para un amante de la tecnología, resulta difícil creer que un roce invisible al ojo humano —y, en algunos casos, ni siquiera visible en la transmisión de televisión— determine una eliminación mundialista sin que el público ni el árbitro puedan verificarlo con sus propios ojos, erosionando algo esencial: la idea de que el fútbol se juega y se decide en la cancha, no en un cuarto oscuro con datos que hay que creer por fe.


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