
Los insultos, el teatro y la provocación ya forman parte del espectáculo. Lo preocupante es que muchos los celebran como si también fueran una virtud futbolística.
Francia le ganó a Paraguay por la mínima diferencia con un penal que no admite objeción, a menos que le quieran poner un color o un comentario amañado. Pero el resultado fue lo de menos. Lo que quedó flotando en el ambiente de Filadelfia no fue un marcador, sino un clima: empujones, insultos cruzados, un capitán francés que le gritó en un español impecable algo que no hace falta repetir, un guardameta paraguayo con la mano extendida y una espalda por respuesta. Nadie salió indemne del relato. Y, sin embargo, buena parte de la prensa europea decidió cargar las tintas sobre un solo lado de la cancha, como si la provocación tuviera pasaporte.
No hace falta ir muy lejos. Apenas unos días antes, España despachó a Uruguay en un partido que terminó con un charrúa expulsado por una entrada con los tacos por delante y un altercado con el árbitro que resumió, en diez segundos, el peor rostro que puede mostrar un equipo al momento de irse. Dos partidos, dos selecciones sudamericanas, una misma fotografía final: la de un fútbol que se olvida de sí mismo cuando el resultado empieza a escaparse.
Y aquí conviene decirlo sin rodeos, porque de eso se trata una columna y no un comunicado de prensa: esta actitud no es patrimonio de ningún continente ni de ninguna competición, y muchísimo menos de un Mundial. Es, simplemente, la costumbre generalizada de un puñado de futbolistas que deciden olvidarse de cuál es su verdadero oficio dentro de la cancha y se convierten, por noventa minutos, en jugadores de potrero de mala muerte. Lo que se ve en los octavos de final de una Copa del Mundo no debería distinguirse en nada de lo que se exige en cualquier cancha de barrio: respeto por el rival, por el árbitro y, sobre todo, por quien pagó una entrada carísima para ver fútbol y no un cuadrilátero.
Por eso no comparto la máxima que los futbolistas repiten como versículo de fe cada vez que se les pregunta por un exabrupto: «lo que pasa en la cancha, se queda en la cancha». Es una labia barata, cómoda, fabricada a la medida de quien necesita una coartada. Hoy no existe tal cosa. Todo queda grabado. Cada insulto, cada codazo a destiempo, cada escupitajo verbal, en el idioma que sea, tiene una cámara de por medio y un micrófono direccional esperando. La cancha ya no es un confesionario; es un estudio de televisión con miles de testigos y millones de espectadores en sus casas. El que todavía cree que puede insultar, provocar o repartir un codazo impune bajo el amparo de esa vieja regla no leyó el mundo en el que está jugando.
Lo mismo ocurre con la actuación, ese numerito deshonroso que se repite partido tras partido: el jugador que se tira, gira sobre su propio eje cinco veces en cinco segundos, se lleva las manos a la cara como si hubiera recibido una bala, y cuando el árbitro no le presta la más mínima atención, se levanta, corre veinte metros como si nada hubiera pasado y sigue jugando. No hay ridículo más grande en el deporte contemporáneo y ellos, los jugadores, no se quieren dar por enterados. Es un fraude a plena vista, un intento grosero de comprar una falta inexistente, y lo peor es que ni siquiera se dan cuenta de lo mal que quedan ante una audiencia que ya aprendió a distinguir el dolor real del teatro. Le están robando la esencia a un juego que nació para hombres fuertes y leales, no para acróbatas de la mentira que hoy se dan el lujo de manosear algo que millones no pueden ni soñar con tocar.
Y aquí va lo que a nadie parece importarle demasiado: ir a un estadio cuesta una fortuna, y en este Mundial en particular los aficionados están pagando cifras que rozan el insulto solo para tener el privilegio de ver noventa minutos de fútbol. Cada vez que un jugador decide tirarse a buscar una falta que no existió, cada vez que pierde tiempo fingiendo una lesión que se cura sola en cuanto el árbitro mira para otro lado, está intentando, de manera flagrante, robarle minutos de espectáculo a quien pagó por verlo. A los jugadores no les importa. A los técnicos, mucho menos, ocupados en administrar un resultado. Y a los hinchas, cuando van ganando, se les nota la resignación: se comen el numerito en silencio con tal de no arriesgar el marcador. Pero el fraude sigue ahí, delante de todos, sin que nadie levante la voz con la contundencia que merece. Estoy claro en que con estas letras nada pasará, pero hay que decirlo y repetirlo cuantas veces sea necesario.
La provocación que empieza en el campo casi nunca se queda en el campo: se traslada a las gradas, se multiplica en las redes y termina encendiendo un ambiente que después nadie sabe cómo apagar. Cuando un futbolista decide insultar, escupir palabras al oído del rival o dejarse caer con cada roce, no solo está faltando a su propio oficio: está sembrando la semilla de algo que después se le va de las manos a todo el mundo, desde el hincha en la tribuna hasta el que mira por televisión con el ánimo caliente.
Antes, el fútbol se jugaba fuerte, pero con lealtad, porque es, en esencia, un deporte de contacto. Hoy, entre lujos que muchos no saben ni administrar, se sigue jugando con la trampa como recurso legítimo. Y ese es, quizás, el verdadero drama de este Mundial: no que haya roce, ni que haya pasión, ni siquiera que haya bronca —eso es del fútbol y siempre lo será—, sino que una parte de sus protagonistas, pagados como reyes, se comporten como si el juego les debiera algo, en lugar de entender que son ellos quienes le deben todo al juego.
Al parecer, esto antes era un deporte de carácter, de hombres con palabra, pero hoy está lleno de payasos profesionales inundados de los gruesos capitales que reciben por «su talento», argumentando que eso era lo que se jugaba en el barrio. Nada más falso, porque allá, en las canchas del pueblo, los partidos se jugaban sin árbitro y sin límite de tiempo; solo por número de goles marcados. Y eso que, cuando había empate, el que hiciera el último gol ganaba. Ellos, los que juegan y los que jugaron y hoy opinan en los micrófonos, se les olvida que todos, en algún momento, jugamos a la pelota.


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