Bélgica no solo ganó con autoridad, sino que también le hizo un favor al torneo al disipar, al menos temporalmente, cualquier sospecha de amaño que todavía pudiera flotar en el ambiente. Derrotó a una selección de Estados Unidos que vivió una noche extraña, atípica, como si hubiera sido víctima de un inexplicable hechizo futbolístico. O quizás no. Tal vez lo que presenciamos fue un auténtico déjà vu, aunque con el resultado completamente invertido.

Por: Jairo A Castrillon

El equipo de Mauricio Pochettino había comenzado el torneo con una brillante exhibición frente a Paraguay, una actuación que no solo despertó elogios en todo el mundo, sino que también ganó simpatizantes convencidos de que esta selección podía trascender mucho más allá de lo previsto. Aquella victoria por 4-1 no solo fue contundente por el marcador, sino por la forma en que se construyó. Estados Unidos practicó un fútbol dinámico, veloz y atractivo, con combinaciones de primera intención, cambios de ritmo, regates, rompimiento de líneas y una presión alta que asfixió por completo al equipo dirigido por Gustavo Alfaro. Durante los noventa minutos fue ampliamente superior.

Sin embargo, lo que mostró frente a Bélgica, donde terminó cayendo con el mismo marcador, pero en contra, fue exactamente lo opuesto. La despedida resultó irreconocible. Fue una presentación para el olvido, porque absolutamente nadie estuvo a la altura.

Y duele aún más porque el escenario era inmejorable. Los estadios continúan llenándose; las cifras de audiencia reportadas por las cadenas que transmiten el torneo son históricas para el fútbol en los Estados Unidos y, por primera vez, comienzan a acercarse a los niveles de otros grandes espectáculos deportivos como el béisbol y el baloncesto.

El respaldo fue extraordinario durante toda la noche. Al finalizar el encuentro, el silencio predominó en las tribunas. Los aficionados abandonaron el estadio callados, profundamente confundidos. Era la oportunidad perfecta para despedirse con una demostración de carácter y competitividad. Incluso en la derrota, el equipo debió ofrecer una imagen mucho más digna, porque perder hace parte del deporte y el aficionado estadounidense suele entenderlo así. No hubo insultos ni violencia ni escenas lamentables pese a la goleada.

Desde el pitazo inicial se vio un conjunto descoordinado, sin presión, incapaz de enlazar dos o tres pases consecutivos con claridad y sin un futbolista que asumiera el liderazgo. Christian Pulisic, quien además terminó lesionado, fue apenas una calcomanía de Panini pegada sobre el césped: estuvo presente, pero nunca influyó en el juego. Quedó muy lejos de convertirse en el jugador determinante que el equipo necesitaba con sus acostumbradas cabalgadas y su capacidad para desequilibrar defensas. Simplemente no apareció.

La zona defensiva fue, sin duda, el sector más preocupante. Hubo errores de concentración entre los centrales, malos despejes, poca comunicación y una alarmante desorganización colectiva al momento de relevar las marcas. Sergiño Dest, por citar otro ejemplo, tampoco respondió y terminó abandonando el campo después de una primera mitad completamente opaca, sin influencia ofensiva ni seguridad defensiva. No vale la pena individualizar mucho más, porque cualquier análisis conduce inevitablemente a la misma conclusión: fue una actuación colectiva muy pobre.

Uno de los aspectos que más llamó la atención fue la presencia de Folarin Balogun. Después de toda la polémica generada por el levantamiento de su sanción, algunos pretendieron presentar su regreso como la solución definitiva a los problemas ofensivos de Estados Unidos. Nada más alejado de la realidad.

Balogun es un delantero importante, potente y con condiciones para marcar diferencias, pero sigue siendo un goleador en proceso de consolidación, no una figura plenamente consumada. Mucho menos cuando el funcionamiento colectivo nunca estuvo diseñado para potenciar sus características. Pretender cargar sobre sus hombros la responsabilidad ofensiva de toda una selección fue un error de percepción.

En la segunda parte, Gio Reyna ingresó buscando darle creatividad al mediocampo, pero tampoco logró modificar la historia. Muy lejos de su mejor versión, nunca encontró espacios ni pudo generar el fútbol que el equipo necesitaba para competir de igual a igual.

Bélgica abrió el marcador; los estadounidenses encontraron el empate mediante un tiro libre, pero apenas un minuto después volvieron a cometer un grave error defensivo que permitió el 2-1. El tercer gol terminó reflejando todo lo que había sido la noche norteamericana: una devolución comprometida hacia Matt Freese, un control deficiente del arquero y un regalo imperdonable en una Copa del Mundo. El cuarto gol únicamente terminó de dimensionar la enorme diferencia que existió entre ambos equipos durante toda la noche. Ante selecciones de primer nivel, ese tipo de ventajas se pagan muy caro.

Lo más preocupante no fue únicamente la derrota. Este mismo equipo había perdido recientemente frente a Turquía utilizando una formación alternativa y, aun así, había mostrado una identidad futbolística mucho más clara. Lo verdaderamente alarmante fue perder jugando tan mal.

Estados Unidos nunca encontró su fútbol, jamás recuperó el orden colectivo y terminó ofreciendo la versión más pobre de todo el campeonato, reitero. Además, volvió a evidenciar las dificultades que históricamente ha tenido frente a las grandes selecciones europeas. Incluso durante la etapa de preparación había sufrido frente a esta misma Bélgica, mostrando muchas de las falencias que reaparecieron en este compromiso.

Paradójicamente, mientras el equipo quedó eliminado ofreciendo su peor versión, el torneo confirmó algo mucho más importante: el fútbol en los Estados Unidos ya dio el salto definitivo. Las tribunas llenas, el crecimiento de la audiencia y el entusiasmo que despierta la selección demuestran que este deporte ha conquistado definitivamente al público estadounidense.

El país ya está listo para el fútbol. Ahora le corresponde a su selección demostrar que también está lista para competir de igual a igual con las grandes potencias.

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