
Las estadísticas favorecieron a Colombia durante buena parte del partido, pero la eficacia y los penales terminaron inclinando la balanza a favor de Suiza.
Por: geniale
En la última columna que dediqué a la Selección Colombia, escrita tras el partido frente a Ghana, ofrecí un análisis detallado y favorable del equipo. Repasé las estadísticas y evalué su evolución desde el inicio de la Copa del Mundo.
Dejé deliberadamente de lado la pobre presentación ante Uzbekistán, porque a partir de aquel tropiezo el conjunto exhibió una mejoría evidente. Creció, maduró y empezó a ofrecer argumentos futbolísticos interesantes desde el funcionamiento colectivo.
Hoy, ya eliminado, me sostengo en lo mismo, amparado en las cifras, en una evaluación ecuánime, en el desgaste de un grupo que disputó ciento veinte minutos y en la tensión de los lanzamientos desde el punto penal. Allí, la historia lo confirma, cualquiera se va.
En aquel escrito advertía, además, algunas situaciones individuales que terminarían pesando en el desarrollo del torneo y que, al final, podrían pasar factura si no se mejoraban. Y así fue.
Había jugadores lejos de su mejor nivel. Unos, porque el físico ya no les alcanzaba para competir al ritmo de una Copa del Mundo, como James Rodríguez, que cerró su ciclo con la Selección de manera opaca, muy lejos del futbolista que tantas alegrías le entregó al país.
Otros, como Luis Díaz, fueron víctimas de la ansiedad y del desgaste. Lucho quiso asumir el protagonismo, convertirse en una de las grandes figuras del campeonato, pero el deterioro acumulado durante la temporada europea le pasó factura justo cuando más falta hacía su desequilibrio.
Sin embargo, más allá de los nombres propios, el problema seguía siendo el mismo que señalé entonces: Colombia mantenía muy buenos registros estadísticos en defensa, controlaba buena parte de los partidos en la zona media y generaba opciones de gol, pero no concretaba lo que producía.
Fui puntual en la advertencia: si esa falta de eficacia no se corregía antes de las rondas definitivas, tarde o temprano nos costaría la clasificación. Así ocurrió.
El arquero cumplió. La defensa hizo lo propio. La zona de volantes de primera línea siguió siendo superlativa. Pero en el último tercio, donde abundaron las opciones, todo se desperdició por falta de contundencia. Nada más.
También analicé lo que representaba Suiza. No era un rival espectacular, pero tampoco inferior. Se trataba de un equipo sólido, disciplinado, bien trabajado y muy equilibrado en todas sus líneas. Las estadísticas previas mostraban a dos seleccionados con rendimientos bastante similares. Por eso nunca entendí el exceso de confianza de quienes daban por descontado el paso de Colombia a la siguiente ronda.
Ahora, terminado el partido, basta revisar los números para comprender por qué el fútbol es uno de los deportes más difíciles de explicar.
Aclaro algo desde el principio: esta columna no está escrita desde la pasión. Colombia perdió, como pudo haber perdido cualquier otra selección en cualquier fase del torneo. El fútbol es así: se gana, se pierde y comienza un nuevo proceso. Lo que no comparto es convertir cada eliminación en una tragedia nacional.
Mientras muchos hablan hoy de fracaso, de desastre o buscan responsables para desahogar su frustración, prefiero acudir a los datos. Son ellos los que permiten analizar el partido con serenidad.
Revisé varias plataformas estadísticas, entre ellas Opta y SofaScore. Tomaré esta última como referencia. La posesión del balón fue prácticamente equilibrada: 53 % para Suiza y 47 % para Colombia. Pero el dato verdaderamente revelador aparece en el índice de goles esperados (xG). Colombia terminó con una producción ofensiva de 1.30, frente a apenas 0.35 de Suiza. Traducido al lenguaje del juego, significa que el equipo colombiano generó las mejores oportunidades para ganar y, una vez más, no pudo concretarlas.
Los números insisten en la misma historia. Colombia remató quince veces; Suiza, siete. El arquero europeo debió intervenir en tres ocasiones de manera providencial, mientras Camilo Vargas apenas realizó dos atajadas de peso. Los colombianos ganaron los tiros de esquina por 7-3 y SofaScore registró dos oportunidades clarísimas que debieron terminar en gol. Una de ellas, la de Jaminton Campaz, todavía no tiene explicación. Era más difícil errar que convertir e hizo lo más complicado como prueba fehaciente de la falta de claridad.
En una Copa del Mundo, cuando llegan las instancias definitivas, el equipo que desperdicia sus oportunidades termina pagándolo muy caro.
Suiza nunca fue ampliamente superior. Ni siquiera mostró mayor ambición ofensiva durante el compromiso. Simplemente esperó su momento, resistió cuando fue necesario y terminó imponiéndose donde de verdad se deciden estas series: en los lanzamientos desde el punto penal.
Allí reapareció una vieja enfermedad del fútbol colombiano. No sé si se trata de un problema mental, de falta de entrenamiento específico o de una mezcla de ambos. Quizá solo los propios jugadores puedan explicarlo. Lo cierto es que Colombia sigue sin transmitir seguridad desde los doce pasos. Cuando el partido llegó a esa instancia, confieso que asumí de inmediato que la clasificación se escapaba.
Ya nos había ocurrido frente a Inglaterra en 2018 y volvió a sucedernos ahora. Por eso hoy estamos de regreso a casa. No porque Suiza haya sido mejor. No porque a Colombia le faltara fútbol. No porque escasearan los recursos colectivos. Estamos eliminados porque el equipo no convirtió cuando tuvo la ocasión de hacerlo. Esa fue la diferencia.
Lo verdaderamente preocupante, sin embargo, no es la eliminación, sino la reacción de quienes convierten cada derrota en una tragedia nacional. No quiero imaginar la cantidad de insultos, amenazas y descalificaciones que empezarán a recibir jugadores y cuerpo técnico. Ya conocemos esa historia cuando los jugadores pasan de ídolos a enemigos del país. Ese doble discurso dice mucho más de nosotros que del propio equipo.
Colombia no hizo el Mundial perfecto. Tampoco lo hizo un mal. Pudo llegar mas lejos, lo creo y lo sostengo, pero no fue y eso elimina mi pronóstico, si es que en el futbol vale de algo.
Comenzó mal frente a Uzbekistán, pero después mostró crecimiento, personalidad y argumentos suficientes para competir con cualquier rival. Llegó a esta instancia porque hizo méritos para lograrlo, no a punta de pito o decisiones amañadas.
Por eso resulta injusto borrar de un plumazo todo el trabajo realizado a causa de una eliminación que, aunque duele, tiene una explicación futbolística bastante clara. Tampoco se debe negar que es momento de hacer cambios, de ampliar las opciones y las oportunidades, porque esta generación, salvo un puñado, esta de salida.
Pero reducir la campaña entera a la palabra «fracaso» sería desconocer lo que de verdad ocurrió dentro del terreno de juego. Colombia perdió un partido que tuvo cómo ganar. Las estadísticas así lo demuestran.
El fútbol, sin embargo, no premia al que juega mejor ni al que produce más opciones. Premia al que se equivoca menos y Suiza fue más fría. Colombia volvió a fallar frente al arco, y esa terminó siendo la verdadera diferencia entre seguir soñando y emprender el regreso a casa.


Deja un comentario