
Argentina carga desde hace décadas con el papel del antagonista perfecto: soberbia para unos, personalidad competitiva para otros, pero casi siempre protagonista de la historia.

No entiendo del todo la bronca que les tienen a los argentinos. Si no fueran sobrados, soberbios y groseros, no serían argentinos —y tengo muy buenos amigos de allí que se ríen cuando se los digo—. Esa es la primera clave que casi nadie confiesa: la antipatía que producen no es un accidente, es una identidad. Y una identidad que se sostiene ganando.
Hagan la prueba. Si alguien se atreve a preguntarle a la gente qué equipo no quiere que gane el Mundial, la respuesta llega antes de que uno termine la frase: Argentina. ¿Por qué? ¿Cuál es el malestar que causa que ellos, los argentinos, crean que son campeones en todo evento en el que participan? ¿Dónde está el problema? Es esa convicción —esa insolencia de saberse capaces— la que los ha vuelto históricamente rivales imposibles, pesados, complicados. No es que jueguen bien y encima molesten; es que molestan porque juegan sabiendo que van a ganar, y eso, en una cancha, pesa más que cualquier táctica.
¿O acaso es porque se celebró tanto el 5-0 de Colombia en el Monumental, allá por el 93? Porque eso no es fácil, es una utopía, un cuento de horror para los gauchos que se da cada 100 años. Por algo lo seguimos contando tres décadas después: humillarlos en su casa fue tan raro que se volvió leyenda. Hay otros que, en su reemplazo, se arrugan solo con saltar a la cancha, o simplemente no tienen la experiencia que estos gauchos exhiben cada vez que se les infla el pecho con la camiseta en cualquier gramado del mundo.
Me parece apropiado ponerle historia a esto que desgrano, porque el «villano» argentino no nació ayer. Nació en el potrero, en el aguante como filosofía: la idea —muy suya— de que resistir, provocar y no bajar los brazos es una virtud y no un defecto. Es la escuela de Maradona metiendo la Mano de Dios ante Inglaterra en el 86 y, cuatro minutos después, clavando el mejor gol de la historia de los Mundiales, como diciendo «les hago trampa y les hago arte en la misma tarde, elijan por cuál me odian». Es la Argentina de Italia 90, que llegó a una final entera arrugada, fea, atada con alambre, eliminando al anfitrión en su propia casa a pura patada y penal atajado. Es el Dibu Martínez y sus provocaciones en Qatar; es el «andá pa’llá, bobo» y el «¿qué mirás, bobo?» que le dieron la vuelta al mundo. Cada uno encarna una cara distinta del mismo personaje: el que se hace cargo, sin pedir permiso, de la incomodidad que genera ganar.
Ese es el punto que a los detractores se les escapa: el villano no es el malo de la película. Es el que asume el papel que nadie más se anima a interpretar. Brasil te gana y te sonríe; Argentina te gana y te lo recuerda. Y aunque duela reconocerlo, hace falta un carácter enorme para pararse en esa vereda mundo tras mundo.
Y ahora, claro, el capítulo obligado: la protección arbitral. Resulta que hay una falta que les pitan a los egipcios antes de que cristalice un gol, y entonces la falta nunca existió y la mano invisible es la del árbitro. La escena es real —el VAR le anuló a Egipto un tercer tanto por una infracción previa, mientras Argentina remontaba un 0-2 para ganar 3-2 y meterse en cuartos—, y alimentó, como toda esta Copa, el catálogo de «regalos»: el planchazo de Messi sobre Argelia que no fue roja, la jugada de Tagliafico ante Cabo Verde que el VAR no revisó, el reclamo por Salah en el área antes del gol de Enzo. Cinco jugadas, cinco teorías, un millón de tuits.
Pero acá hay que separar el folclore del dato, porque es justo donde una columna gana o pierde credibilidad. Cuando un medio francés —nada sospechoso de simpatía albiceleste— se sentó a revisar partido por partido si a Argentina «la protegen los árbitros», la conclusión fue incómoda para los enamorados de las teorías de conspiración: no encontró ninguna jugada contundente que sostuviera la sospecha, y habló, textualmente, de teorías conspirativas. Analistas arbitrales dieron por correctas varias de las decisiones más discutidas: los contactos, dijeron, no llegaban al umbral del penal. Scaloni lo cerró en una frase de vieja sabiduría futbolera: “No hay que leer las redes, si no las mirás, no te enterás”.
Y entonces uno se pregunta lo obvio: ¿qué gana la FIFA si Argentina gana? ¿Dónde está el lucro? Porque cuesta admitir la explicación más sencilla y molesta de todas: que Messi, pese a lo «viejo» que está, todavía carbura, todavía es un genio, y que a este equipo lo sostiene una convicción que no cabe en ninguna planilla de VAR. Es más cómodo inventar un árbitro cómplice que aceptar que perdiste contra alguien mejor.
Acá va, además, la ironía final —la que de verdad los delata—: uno solo sospecha un complot contra el que no puede ganarle en la cancha. La teoría de la protección es, sin querer, el mayor homenaje. Nadie arma una conspiración para explicar la eliminación de un equipo mediocre.
Dicho esto, no todo es paranoia. Hay cosas que sí merecen un análisis serio, y otras que son puro terrorismo mediático. En lo arbitral, el torneo ha fallado, y el rendimiento de los centrales es cuestionable; deja reparos para el próximo encuentro orbital. Pero la clave es esta: no es que a los argentinos les hayan pitado distinto. Es a todos los equipos que llegaron con el rótulo de favoritos a quienes, de una u otra manera, les disciplinaron los partidos sin la objetividad que reclama la ley. El offside que dejó a Croacia sin prórroga, el penal que Ghana no cobró ante Inglaterra: la lista es larga y no lleva la camiseta celeste y blanca. Es como si fuera un delito no tener una nómina de 1.500 millones de euros y atreverse a competir igual.
Vale entonces bajar del enojo el relato de que Argentina «no ganó sufriendo». Porque la evidencia dice exactamente lo contrario. Este equipo remontó un 0-2 a Egipto en el descuento y necesitó tiempo suplementario para pasar a Cabo Verde. No llegaron a cuartos en coche, sin sudar la camiseta, sin chocar ni meter pierna. Llegaron como siempre llegan: con el corazón en la boca y el pecho inflado. El que dice que se lo regalaron todo, en el fondo, no vio los partidos.
Y remato subrayando dónde la hipocresía queda al desnudo. Lo único que le queda hoy a la Conmebol para defender una superioridad manifiesta en un título orbital es, justamente, Argentina. A todos los demás los despacharon sin reparos: Brasil cayó ante Noruega, Colombia se fue por penales frente a Suiza, Paraguay ante Francia, México ante Inglaterra después de hacerle la vuelta a los ecuatorianos. Y ahora resulta que buena parte del continente prefiere que sean los europeos quienes se queden con la Copa, para que sigan haciendo gala de que son ellos los dueños del mejor fútbol del mundo.
Ahí está la trampa de odiar al villano: cuando lo eliminen, lo van a extrañar. Porque el que nos representa —el pesado, el sobrado, el que no se arruga— es también el último que sigue de pie por todos nosotros. Maradona lo dijo mejor que nadie: la camiseta no se mancha. Los argentinos no piden permiso para creérsela, y quizá por eso ganan cuando otros, más queribles y prolijos, ya se fueron a casa.
Los mejores villanos de Latinoamérica no son los malos de la historia. Son los únicos que se animaron a serlo. Y, guste o no, casi siempre son los últimos en apagar la luz.
Y mientras Europa con toda su pompa y modernismo no tenga un Pelé, Maradona o Messi, que brotaron de las canchas polvorientas de los barrios, siempre haré fuerza por cada uno de los representantes del continente y ahora, guste o no, solo queda uno.


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