El Mundial dejó una conclusión inevitable: Colombia necesita iniciar un nuevo ciclo. No basta con competir si no hay un trofeo para mostrar.

Por: Jairo A Castrillón

La eliminación de Colombia dejó una sensación difícil de definir. No fue un fracaso rotundo, pero tampoco una actuación que permitiera hablar de éxito para quienes insisten en mirar el fútbol desde los extremos, incapaces de aceptar que también existen los puntos medios.

Las cifras son tan elocuentes como preocupantes. Colombia marcó un gol cada 20 remates, de acuerdo con el promedio de tiros a puerta durante el torneo (97) y, sin embargo, la definición volvió a convertirse en el gran enemigo. Un equipo que genera tanto y convierte tan poco difícilmente puede aspirar a disputar las últimas instancias de un Mundial o cualquier competición en la que participe.

Luis Díaz y Jaminton Capaz fueron los únicos delanteros capaces de marcar en el área rival; de ahí en más, la cuota goleadora fue de Muñoz (2) y Arias. Ese dato, más que una estadística, es el reflejo de un problema estructural que el cuerpo técnico nunca logró resolver.

Ahora, con el regreso de los jugadores a la normalidad, Colombia entra en un período mucho más importante que cualquier concentración: el de tomar decisiones y ojalá las más correctas. Si piensan en cambiar la mentalidad para ganar algo importante, los directivos deben dar el primer paso.

Por eso la principal pregunta es inevitable: ¿debe continuar Néstor Lorenzo al frente de la selección? Permítanme responderla con una experiencia personal.

Hace algunos años trabajaba para una importante compañía dedicada a la radiodetección de redes subterráneas. Después de desempeñarme durante un tiempo en diferentes funciones, fui invitado a presentar mi candidatura para el Departamento de Investigación de Daños. El gerente saliente creyó que yo podía asumir esa responsabilidad y finalmente fui seleccionado.

Él mismo realizó mi proceso de inducción. Me enseñó los procedimientos, las herramientas disponibles y la metodología que utilizaba para reconstruir cada caso.

Aprendí el sistema sin mayores dificultades, pero pronto descubrí una limitación importante: cuando los daños habían ocurrido seis meses atrás o más, el procedimiento prácticamente dejaba de ser efectivo.

Una vez que asumí completamente la responsabilidad del departamento, decidí revisar todo el proceso. No porque el método anterior fuera malo, sino porque entendí que ya había llegado a su límite. Diseñé una nueva metodología, adapté las herramientas disponibles y logré reconstruir incidentes ocurridos incluso un año antes. Los resultados mejoraron considerablemente y la empresa terminó adoptando aquel nuevo protocolo.

¿Por qué traigo esa historia? Porque exactamente eso ocurre hoy con la Selección Colombia.

No se trata de desconocer el trabajo de Néstor Lorenzo y molerlo a palos como pretenden los puristas o sabios del deporte. Tampoco de borrar todo lo bueno o malo que hizo durante el proceso clasificatorio y buena parte de su ciclo. Se trata, simplemente, de entender que los procesos también tienen un punto de agotamiento y el de Lorenzo cruzó esta línea.

El estratega ya ofreció su visión futbolística. Eligió a los jugadores que consideró adecuados, mantuvo una estructura táctica definida y apostó por un grupo que creyó capaz de competir al máximo nivel. El Mundial demostró que ese proyecto alcanzó su techo y no llegó a donde se apuntaba. Eso es claro.

Y cuando un proyecto toca su pico más alto, insistir en la misma dirección rara vez produce resultados diferentes. Colombia necesita iniciar un verdadero recambio. No únicamente de nombres. Necesita renovar conceptos.

Es indispensable construir una línea de trabajo que abarque todas las categorías: Sub-17, Sub-20, Sub-23 y la selección absoluta. Un proceso donde exista continuidad, planificación y una identidad futbolística moderna que elimine definitivamente la improvisación.

El fútbol de hoy exige entrenadores capaces de desarrollar jugadores no solamente en el aspecto físico y táctico, sino también en el componente mental. Porque ahí sigue estando la gran deuda histórica del fútbol colombiano. Colombia compite, juega bien, produce talento; incluso despierta respeto entre las grandes selecciones, como lo demuestra su posición habitual en el ranking FIFA. Pero cuando llega el momento de dar el último paso, ese que separa a los buenos equipos de los campeones, la selección vuelve a quedarse corta.

Los títulos no llegan únicamente con buen fútbol. Llegan con convicción, fortaleza emocional, liderazgo y una cultura competitiva que permita sostener el rendimiento cuando la presión alcanza su punto máximo. Esto también va para los aficionados que apoyan y apoyan, pero cuando no se llega, entonces revientan el globo de manera violenta y agresiva. Pero no es así; se debe exigir y estar dispuestos a no ir al estadio si las cosas no ofrecen lo que se espera. Esta es la única manera en que los directivos entienden: cuando les tocan el bolsillo. No vociferando y llenando las redes sociales de comentarios virulentos, para después estar sentados, una vez más, en primera fila y todo igual, como antes.

Néstor Lorenzo heredó parte de un proceso que venía desde la época de José Néstor Pékerman. Ambos dejaron momentos importantes para la historia reciente del fútbol colombiano, pero también una realidad imposible de ignorar: Colombia continúa sin trascender en los grandes torneos, es decir, no hay nada en las vitrinas.

Por eso no se trata de buscar culpables. Se trata de abrir una nueva etapa. De aceptar que el fútbol evoluciona constantemente y que las selecciones que permanecen inmóviles terminan perdiendo terreno frente a quienes sí se atreven a reinventarse.

Gracias, profesor Néstor Lorenzo, por el trabajo realizado. Pero el fútbol colombiano necesita navegar hacia nuevos mares. Porque el verdadero desafío ya no es clasificar a los mundiales sino aprender, de una vez por todas, a competir para ganarlos.

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