Por: geniale

No pienso usar este espacio para dirimir si el mejor de la historia fue Pelé, Maradona o Messi; si esa fuera mi tesis, preferiría averiguar qué fue primero, el huevo o la gallina, que resultaría más sencillo. Pero necesito a esos tres monstruos para sostener un argumento: por qué el regate se ha vuelto hoy un lujo en los grandes clubes y, con frecuencia, en algo que los técnicos modernos le temen en la cancha.

Conviene recordar que el fútbol nació, paradójicamente, del amague: de la vocación de agredir al rival de manera individual, cuando los trazados colectivos no existían y se plantaban nueve atacantes contra tres defensas. El primer gran recurso del juego fue la finta, esa misma que todavía separa una cancha de barrio de un recinto profesional. Todo cambió en 1872, en aquel duelo entre Escocia e Inglaterra donde los escoceses sorprendieron moviendo la pelota en una sucesión inédita de pases. El regate no pasó de moda, pero dejó de ser exclusivo, y desde entonces convive con una tensión permanente: el jugador atrevido que avanza por su habilidad frente a la sucesión de pases cortos que rompen líneas.

De los virtuosos, la historia señala, por ejemplo, al extremo británico Stanley Matthews como el jugador que convirtió el regate en herramienta, y a Mané Garrincha, que hizo de la finta un arte. A ese grupillo se suman, entre otros, Romário, Cruyff, Ronaldo Nazário y Ronaldinho. El chapulín aprovechaba espacios mínimos, Cruyff desordenaba defensas, Ronaldo cruzaba potencia con cambios de dirección y Ronaldinho arrancaba aplausos. Cada uno llevó el gambeteo a un concepto propio.

Si el regate nace con el fútbol, ¿por qué hoy tantos entrenadores desconfían de él? La respuesta es elocuente: se pondera más la gestión del riesgo que lo lúdico. Cuando un jugador encara y falla, el rival recupera de inmediato; si la pérdida ocurre en campo propio o por el carril central, el equipo queda expuesto. Por eso, Guardiola, Klopp o Arteta prefieren uno o dos toques, circulación rápida. No prohíben el regate: lo racionan a ciertas zonas y a futbolistas capaces de ejecutarlo con alta eficacia, porque un quiebre solo vale cuando elimina una línea o crea una ocasión.

Y aquí empieza lo bueno. Los equipos aprendieron a presionar tan bien que el desequilibrante volvió a ser codiciado: por eso valen tanto un Florian Wirtz, un Jamal Musiala, un Eberechi Eze. Hace medio siglo un extremo intentaba quince regates por partido; hoy quizá cuatro, porque ya no se premia al que más dribla, sino al que lo hace en el momento exacto.

La metamorfosis, sin embargo, atrofia la memoria. Hace treinta o cuarenta años abundaban los extremos que encaraban a cualquiera, fijos en la titular. Hoy, desde las inferiores, los chicos se forman para jugar a dos toques, aprender a pararse en una cancha, presionar tras la pérdida y sostener la estructura. Aparecen menos futbolistas capaces de resolver un uno contra uno con naturalidad y los que son capaces, hay veces que se atemorizan por no ir en contra de las indicaciones del estratega; si no fuera por los picados del barrio, no se desarrollarían esos atrevidos que hacen de la finta una porcelana y que, por escasos, valen una fortuna.

En un club, el departamento de análisis no busca al que completa el 95 % de sus pases —de esos sobran—, sino lo que el sistema por sí solo no produce: el que rompe un bloque bajo de diez hombres, obliga a un rival a salir de su sitio y genera una superioridad donde no existía. De ahí que Lamine Yamal, Vinícius o Nico Williams coticen por encima del promedio: ganan duelos individuales de forma consistente, y eso no se enseña.

Pero no cualquier driblador vale una fortuna: el fútbol de hoy ya distingue el regate estético del productivo. Diez bicicletas que terminan en pérdida no valen nada; cinco piruetas de las que tres acaban en ocasión, un pase clave o un penalti provocado tienen un impacto enorme. Las métricas miden el beneficio, no la belleza. Y el elegido no es el diablillo de la pelota, sino quien reúne inteligencia táctica, intensidad, capacidad de presión y buena toma de decisiones. Encontrar a alguien que combine esos cuatro ribetes es lo extraordinario; ahí aparecen los verdaderos cracks. Tal vez eso explique por qué virtuosos como James Rodríguez o Juan Fernando Quintero no encuentran mercado en Europa, mientras Messi levantó todos los aplausos por donde pasó.

Lo anterior genera una incongruencia: los técnicos dedican la semana a enseñar el juego rápido, a dos toques, de riesgo mínimo; pero cuando salen al mercado a buscar refuerzos pagan 120, 150 o 200 millones por el futbolista capaz de romper esa misma estructura con una acción individual. En las fases decisivas, con todos bien organizados, la diferencia no la marca el mejor sistema, sino quien rompe el libreto.

Messi es la síntesis de esa tensión. Garrincha fue el extremo más desequilibrante de la historia, aunque no el más efectivo; Leo, en su mejor versión, regateaba no para entretener, sino para llegar al área y terminar la jugada en gol o asistencia. Muchos recibían abiertos sobre la banda; él empezó a hacerlo entre líneas, en la zona más congestionada del campo, donde el espacio es mínimo y el riesgo máximo. No era un destello: era producción sostenida.

Apareció, además, justo cuando el fútbol se volvía más estructurado —presión alta, líneas compactas— y muchos daban por muerto el regate. Messi lo convirtió en algo cuantificable: cuántas líneas rompía una conducción, cuántos defensores atraía, cuántas ocasiones generaba. Garrincha hizo que el mundo se enamorara del dribbling; Maradona probó que podía decidir un Mundial; Ronaldinho le devolvió la alegría; pero Messi persuadió al fútbol moderno de que el talento individual no es enemigo del sistema, sino su complemento más valioso. Esa es su herencia y la razón de que, veinte años después, su perfil siga siendo el más escaso y el más caro; agradeciendo a la vida, de paso, haber sido testigo de su grandeza.

Si algún descuidado se diera a la tarea de comparar a Pelé, Maradona y Messi por el número de regates, sería un exabrupto: jugaron en tres épocas distintas. Pelé eliminaba al rival antes de tocar el balón —como en 1970, cuando lo dejó pasar ante Mazurkiewicz—: engaño más que contacto, dentro de un jugador completísimo. Maradona, en cambio, arrastraba consigo a los rivales, con la pelota cosida a la zurda y un centro de gravedad bajísimo, según probó en el Gol del Siglo de 1986, soportando una violencia que hoy sería impensable. Y Messi encarna un tercer concepto: nunca buscó humillar ni hacer del regate un espectáculo, sino convertirlo en pura necesidad. Quizá por eso siga siendo, a la vez, el lujo que el fútbol intenta domesticar y el recurso al que, llegada la hora, todavía se rinde.

Ahora Messi no va más a un Mundial. Le llegó la hora de ceder el paso esperando que quienes llegan tengan, al menos, algo tan valioso para seguir haciendo del regate y la picardía en espacio corto, una de las cosas más bellas de este loco deporte llamado fútbol.

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