Por: Jairo A. Castrillón

Los semifinalistas de este Mundial ocupan los cuatro primeros lugares del ranking FIFA y no parece una casualidad. Seis de los ocho campeones previos, desde 1994, llegaron entre los diez primeros del ranking, y cinco de ellos en la primera terna. El escalafón nunca fue tan obtuso como sus detractores creían. Durante años fue objeto de burlas y desconfianza porque su método de cálculo resultaba tan complejo que pocos podían explicarlo con claridad y muchos preferían descalificarlo antes que entenderlo. Sin embargo, cuando el torneo llega a su última semana, el propio fútbol, en la mayoría de los casos, se afianza a dicha tabla con un par de contadas excepciones. Francia, España, Argentina e Inglaterra, por primera vez, como dato particular, ocupan el lugar que hoy les pertenece en este ranking. Un lugar propio de aquellas selecciones que, además del talento, poseen una cultura competitiva capaz de sobrevivir encumbradas y con argumentos sólidos para salir airosas en una prueba tan complicada como lo es un Mundial.

El fútbol podrá ampliar el número de invitados, pero todavía no ha conseguido extender la excelencia y eso lo había subrayado en mis notas previas. Las sorpresas enriquecen la Copa del Mundo, las revelaciones le dan color y los equipos emergentes alimentan la ilusión de los pueblos con tintes de alegría y orgullo. Pero cuando el humo comienza a disiparse, aparecen otra vez los gigantes. No siempre juegan mejor. Casi siempre compiten mejor. ¿Entienden donde está la diferencia?

Francia llegó a esta instancia como una quinceañera que desfila por una pasarela; como la chica más bella del club que despierta solo elogios y mantiene la firme convicción de que será la reina indiscutida.

España, por su parte, atravesó como un disciplinado ejército campos minados sin hacer estallar una sola carga. Inglaterra, como estudiante regular, aprobó cada examen con la nota mínima indispensable y Argentina, en cambio, le tocó sobre el papel el camino más corto y terminó recorriéndolo descalza sobre un sendero de espinas. Su grupo y los cruces no asustaban a nadie en la previa, pero llegó a la antesala de la final dejando parte de su energía, de su fútbol y de su tranquilidad en cada fase.

Sin embargo, el mayor desgaste argentino no ocurrió dentro del campo. Se produjo fuera de él.

Cada partido terminó acompañado por una nueva teoría conspirativa. Cada decisión arbitral abrió una investigación popular. Cada intervención del VAR produjo cientos de videos editados, recortes incompletos y sentencias definitivas pronunciadas por personas que jamás habían abierto el reglamento.

Ese quizá sea uno de los síntomas más preocupantes del fútbol contemporáneo: antes se discutían las jugadas. Hoy se discuten los recortes, porque la gente lee poco y con eso tienen el soporte suficiente para entablar batalla.

Las redes sociales han democratizado la opinión, pero también la desinformación. Un video de veinte segundos, manipulado o sacado de contexto, puede recorrer el planeta antes de que un especialista termine de explicar qué dice realmente la norma. La inteligencia artificial ya no solo produce imágenes o voces falsas; también fabrica contextos. Y cuando el contexto desaparece, la verdad deja de importar.

El episodio entre Argentina y Suiza resume perfectamente esta nueva realidad.

En el minuto 71, Breel Embolo cayó tras un cruce con Leandro Paredes. El árbitro João Pinheiro, probablemente condicionado por el ángulo donde se encontraba, interpretó que existía infracción y mostró tarjeta amarilla al argentino en primera instancia. Instantes después, el VAR, encabezado por Guillermo Pacheco Larios, detectó un caso de identidad equivocada y recomendó la revisión. Tras observar las imágenes, el central concluyó que Embolo había simulado la falta para provocar la amonestación de su rival. Retiró la tarjeta a Paredes, amonestó al delantero suizo y, como este ya tenía una amarilla previa, terminó expulsándolo.

Antes del veredicto oficial, en la transmisión de Telemundo, mientras el árbitro iba al VAR, el exárbitro internacional Jaime Herrera Garduño ya explicaba al aire qué ordenaba el reglamento en un caso de identidad equivocada. Pinheiro resolvió exactamente eso. No fue una interpretación forzada: fue el procedimiento previsto, anticipado en vivo por quien conoce la norma de un analista que gana credibilidad no por acomodarse a las circunstancias sino por tener un criterio basado en el conocimiento. Herrera, días antes, había sostenido que el gol anulado a Egipto debió convalidarse.

La escena recorrió el mundo en cuestión de minutos.  También las acusaciones. Lo curioso es que casi nadie comenzó la bronca por donde debía empezar: el reglamento.

La Ley 12 de la IFAB (International Football Association Board, por su siglas en inglés) establece que todo intento deliberado de engañar al árbitro mediante una simulación constituye una conducta antideportiva sancionable con tarjeta amarilla. Esta reciente modificación del protocolo VAR autoriza expresamente revisar casos de identidad equivocada cuando el árbitro amonesta al jugador incorrecto. En esas circunstancias la tarjeta no desaparece; simplemente pasa al futbolista que realmente cometió la infracción.

Es una regla nueva que puede parecer dura e incluso resultar antipática. Pero existe precisamente para ser aplicada.

Lo interesante es que ese mismo procedimiento ya se había utilizado durante este Mundial en el encuentro entre Estados Unidos y Paraguay. La diferencia fue que entonces la corrección no terminó en expulsión y pasó prácticamente inadvertida. Nadie habló de conspiraciones porque el desenlace del partido no cambió de manera dramática.

Aquí conviene separar dos debates que suelen mezclarse: una cosa es discutir si una norma mejora o empeora el espectáculo, como lo han expresado los suizos después del duelo, y otra muy distinta es afirmar que el árbitro aplicó incorrectamente esa norma.

Lo que no resulta serio es convertir cada decisión reglamentariamente sustentada en la prueba definitiva de una conspiración a favor de los argentinos.

Eso tampoco anula que Egipto, Argelia, Austria, Cabo Verde y ahora Suiza terminaron reclamando por decisiones arbitrales durante su recorrido. El hecho de que cada acción aislada encuentre respaldo reglamentario no elimina las preguntas que se originan. Pero tampoco la repetición de las quejas constituye una prueba de favoritismo. Una sospecha nunca reemplaza una evidencia. Y esa diferencia parece haberse perdido.

Vivimos una época en la que el algoritmo premia la indignación antes que la explicación. El análisis pausado rara vez se vuelve viral. La teoría conspirativa sí. Las plataformas no recompensan al que tiene razón sino al que consigue más reacciones.

Quizá por eso hoy el reglamento tiene un adversario mucho más difícil que cualquier delantero: la desinformación. Y juega todos los días.

Cada vez que un partido termina las redes inician otro donde las pruebas pesan menos que las creencias y donde la verdad suele perder por goleada frente a la velocidad de un clic.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza que deja este Mundial. No que Argentina haya sido beneficiada o perjudicada. No que el VAR sea perfecto o imperfecto. Sino que el fútbol, como la sociedad, atraviesa un tiempo en el que cada decisión deja de evaluarse por lo que realmente ocurrió y empieza a juzgarse por la historia que cada uno está dispuesto a creer. Y cuando eso sucede, ya no discutimos el juego: discutimos el relato.

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