El campeón del mundo vuelve a la última cita. Enfrente lo espera la mejor Europa; detrás, el peso de una corona que nunca admite descanso.

Por: geniale

No soy argentino. Y quizá por eso mis palabras tengan el privilegio de no estar contaminadas por la pasión de la bandera.

Pero sería injusto y falto de gallardía comenzar esta columna sin rendir un homenaje a ese pueblo que vuelve a encontrarse con ese viejo amor que solo el fútbol sabe devolver. Argentina regresa a una final del mundo caminando por un sendero minado de espinas, obstáculos y recovecos. Está ahí, en esa anhelada final a la que todos apuntamos en el arranque, pero pocos saben cómo alcanzar, soportando el peso de las dudas, conviviendo con una crítica que nunca dejó de perseguirla y desafiando, partido tras partido, a quienes confundieron las vacilaciones propias del juego con el anuncio prematuro de su derrota. Sí, porque llegó allí con medio mundo esperando que cayera para burlarse con entusiasmo, y no ha podido.

Y aunque muchos aguardan todavía que resbale en el último peldaño, de poco habrá de servirles ese deseo: los argentinos ya están reconciliados con lo que su equipo ha mostrado. Una copa más sería apenas un añadido que buena parte de ellos ni siquiera se atrevía a imaginar en el horizonte.

Los campeones tienen un extraño privilegio: jamás se les permite envejecer. Al campeón se le exige volver a ser campeón. No basta con haber conquistado la cima; el mundo le reclama permanecer en ella. Y pocas cargas son tan pesadas como defender una corona que todos desean arrebatar.

Por eso los mundiales no se ganan únicamente con talento. El talento conquista partidos; los pergaminos conquistan la historia. Y Argentina llegó a esta final porque posee ambas cosas.

Tiene futbolistas de mucho peso, pero, sobre todo, conserva esa herencia invisible que solo alcanzan los equipos que han aprendido a sufrir juntos. Ese lenguaje mudo que no figura en ninguna estadística y que aparece cuando el reloj anuncia los últimos minutos, cuando el cansancio doblega las piernas y únicamente la convicción sostiene el espíritu. Allí es donde nacen los campeones.

Lionel Scaloni comprendió hace mucho tiempo que el fútbol se parece más al ajedrez que a la improvisación. Cada movimiento exige paciencia; cada pieza tiene un propósito; cada sacrificio prepara un desenlace. Durante años fue acomodando hombres, corrigiendo distancias, sembrando confianza donde otros sembraban dudas, hasta convertir un grupo de futbolistas en una familia capaz de creer incluso cuando el resto había dejado de hacerlo. Y en medio de ese tablero todavía permanece Lionel Messi.

Resulta sorprendente que un hombre pueda caminar durante gran parte del partido como quien contempla el paisaje y, sin embargo, descubrir en apenas unos segundos el instante exacto donde los demás jamás encontraron el camino, y marcar la diferencia. Eso hacen las leyendas. No necesitan dominar el tiempo; les basta con dominar el momento.

Quizá por eso el domingo tenga un significado que trasciende el resultado. Frente a Messi aparecerá Lamine Yamal, el muchacho al que muchos señalan como heredero de un reino que todavía tiene dueño. El español posee el talento insolente de la juventud; el argentino carga sobre los hombros la serenidad que solo conceden veinte años de batallas. Uno representa el amanecer. El otro, un atardecer que se resiste a perder su luz. No podría existir un relevo más hermoso para el fútbol.

Enfrente estará España, la mejor selección del continente europeo, un equipo que derrotó con autoridad a Francia y que llega respaldado por la frescura de una generación brillante. Argentina comparece como campeona del mundo y campeona de América. España, como campeona de Europa. Será mucho más que una final.

Será el viejo diálogo entre dos escuelas que durante un siglo enseñaron caminos distintos para alcanzar la gloria. La inspiración latinoamericana frente al rigor europeo. La pasión contra la precisión. El corazón frente a la geometría. Y, por una vez, dos pueblos que se batirán en un mismo idioma, el castellano, para disputar aquel otro que ambos dominan sin traducción: el del fútbol. Por eso el domingo no se levantará solamente una Copa del Mundo; se medirán dos formas de entender este deporte.

Los ingleses observan la cita desde la distancia. Y no podrán culpar a la mala fortuna. Les faltó la convicción que distingue a los grandes aspirantes. Nadie conquista una final jugando la semifinal con miedo. El fútbol suele perdonar los errores técnicos; jamás perdona la ausencia de valentía.

España, seguramente, prefería encontrar a Inglaterra. Conocía mejor sus costumbres y sus argumentos. Pero enfrente tendrá a un rival mucho más incómodo. Porque Argentina posee esa virtud que ningún entrenador sabe explicar y que todos desean para su equipo: jamás renuncia.

Cuando parece agotada, encuentra una última carrera. Cuando el reloj anuncia el final, descubre un último esfuerzo. Cuando el partido exige un héroe, siempre aparece alguien dispuesto a entregar incluso lo que ya no le queda. Esa es la verdadera herencia de los campeones.

Quizá el domingo España levante la copa. El fútbol jamás firma contratos con la lógica. Pero si existe una selección que ha demostrado durante este Mundial que entiende el precio de la gloria, esa ha sido Argentina.

Ahora será el balón, único juez imparcial de este deporte, quien escriba la última página de una historia que ya pertenece a la eternidad.

Una respuesta a «La corona no se hereda; se defiende.»

  1. Avatar de Fabian Andres Castrillon
    Fabian Andres Castrillon

    Al final Argentina a jugado muy bien con una defensa fuerte y nunca terminan hasta el último minuto. Va hacer ese final muy entretenido

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