

El Mundial me deja algo claro: este deporte, en sus complejos misterios, sigue siendo el rival directo de los prejuicios. Siempre escuché, desde que era un chico, que para ganar una copa, o por lo menos ser protagonista decisivo dentro de ella, hacía falta, al menos, haber vivido una. Es decir, tener la cuota mínima de experiencia, especialmente en el banquillo técnico.
Repetían mis maestros que la rutina y el hábito eran requisitos casi obligatorios para sobrevivir a la presión, administrar los tiempos y tomar las decisiones correctas cuando un país entero depende de un cambio desde el banquillo. Sin embargo, este Mundial demostró que la realidad es mucho más compleja: la experiencia ayuda, sí. Pero no corona. Y el debut, por sí solo, tampoco condena.
La final entre Argentina y España equilibra el prejuicio. En un banco, Lionel Scaloni, campeón defensor, quien conoce plenamente el peso de una final, de una eliminación directa y las pequeñas o grandes decisiones que separan la gloria del fracaso. En el otro aparece Luis de la Fuente, debutante en una Copa del Mundo, aunque no improvisado. Su recorrido en las selecciones juveniles españolas y la conquista de la Eurocopa moldearon un entrenador plenamente preparado para este desafío. Nunca había pasado por acá, lo cual no le elimina la etiqueta, pero obliga a replantear la vieja creencia del fútbol sobre la experiencia en la prueba mayor.
El debutante más laureado del torneo era Carlo Ancelotti. Ninguno de los estrategas se presentó con cinco Ligas de Campeones, títulos en las cinco grandes ligas europeas y un prestigio construido durante su carrera que lo señalaba como el aspirante natural a conquistar también el Mundial. Pero no, no fue así. Esta prueba le mostró que la toma de decisiones en este escenario es una cosa muy distinta. El tiempo para entrenar es mínimo, la convivencia es corta y cada error tiene consecuencias irreparables porque no hay tiempo para enmendar. Su estreno terminó sin pena ni gloria, confirmando que los diplomas ganados en un club no garantizan un respaldo para abrazar una Copa del Mundo.
Otros debutantes ofrecieron historias diferentes. Thomas Tuchel llevó a Inglaterra hasta las semifinales en su primera experiencia mundialista, cierto, pero el error de dosificar como si hubiera un próximo fin de semana para resarcirse, cuando en un Mundial no lo hay, le pasó factura y lo demolieron los aficionados y especialistas.
Néstor Lorenzo volvió a meter a Colombia en este evento internacional, sobreviviendo con decoro pero sin marcar la gran diferencia. Sebastián Beccacece consolidó el crecimiento de Ecuador. Gustavo Alfaro volvió a demostrar que sus equipos entienden cómo competir en escenarios de máxima presión. Mauricio Pochettino asumió el enorme desafío de conducir a Estados Unidos en el Mundial organizado en casa con una selección que deslumbró en el arranque y se desinfló en el camino. Cada uno escribió una historia distinta, pero todos desmontaron la idea de que un entrenador necesita haber dirigido antes un Mundial para ser competitivo.
Hubo además un grupo de estrategas cuyo éxito no puede medirse únicamente por el lugar que ocuparon en la tabla. Los técnicos de las selecciones debutantes escribieron capítulos irrepetibles para sus países. Jamal Sellami condujo a Jordania hacia su primera Copa del Mundo. Fabio Cannavaro hizo lo propio con Uzbekistán, que fue el más pobre, pero igual se dio el lujo de llegar y mostrarse, algo que seleccionados de mayor nivel, como Italia, no pudieron.
Bubista llevó a Cabo Verde a vivir el torneo más importante de su historia. Ninguno levantó el trofeo, pero todos conquistaron algo que permanecerá para siempre: transformaron una clasificación inédita en patrimonio deportivo de toda una nación. A veces, el mayor triunfo de un entrenador consiste simplemente en abrir una puerta que jamás había sido cruzada.
En el otro extremo aparecieron quienes ya conocían el camino. Didier Deschamps volvió a instalar a Francia entre las mejores selecciones del planeta, aunque muchos no le perdonan haberse quedado donde nadie quiere aceptarlo y lo resumen como un rotundo fracaso. Marcelo Bielsa confirmó que hay cierto tipo de evolución en Uruguay, pero perdió el manejo del grupo y se le cayó la estantería. Javier Aguirre aportó nuevamente su experiencia a un México que soñó, pero quedó en lo mismo. Y Lionel Scaloni demostró que haber recorrido antes ese sendero puede convertirse en una ventaja cuando se combina con convicción, serenidad y una idea futbolística consolidada.
Pero incluso entre los veteranos quedó claro que la experiencia, por sí sola, tampoco alcanza. Ningún antecedente gana un partido. Ninguna medalla resuelve un planteamiento equivocado. Ningún mundial anterior asegura el siguiente.
Los Mundiales no distinguen entre debutantes y veteranos. Distinguen entre entrenadores capaces de aprender mientras el torneo avanza. Entre quienes interpretan mejor a cada rival, administran mejor sus recursos y entienden que una Copa del Mundo no premia el currículum, sino la capacidad para reinventarse cada cinco días a lo largo de siete partidos.
Por eso la final entre Argentina y España trasciende el enfrentamiento entre dos grandes escuelas futbolísticas. También simboliza dos caminos distintos hacia la excelencia. El del entrenador que llega respaldado por la experiencia de haber conquistado ya la cima y el del técnico que demuestra que el talento, la preparación y una idea clara pueden acortar cualquier distancia.
La experiencia sigue siendo un privilegio. Nadie sensato discutiría el valor que tiene haber atravesado antes las tormentas de un Mundial. Pero el torneo de 2026 recordó que el fútbol conserva una virtud que lo hace irrepetible: siempre concede la misma oportunidad a quien llega por primera vez. Porque la experiencia abre puertas, pero una vez que el árbitro señala el comienzo del partido, todos vuelven a empezar desde cero.


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