

Mientras haya una camiseta por defender, un escudo que representar y un aficionado que pagó por estar en la tribuna, competir con dignidad nunca será un trámite. Inglaterra y Francia lo demostraron con un partido que reivindicó la esencia del fútbol: el gol y la entrega.
El fútbol es un deporte lleno de contrastes. Los puristas defienden el equilibrio entre defensa y ataque como único camino hacia el éxito. Otros van más lejos: aseguran que todo nace de una estructura defensiva sólida, porque de allí parten las opciones de ganar o, al menos, de sumar. Con una buena defensa, dicen, un solo gol puede ser lapidario. Son los estudiosos del juego, los que eliminan de un tajo la parte lúdica. Todas son teorías válidas. Pero cuando el balón cruza la línea de gol, cuando el estadio estalla en un grito unánime y miles de aficionados se funden en un abrazo, solo queda una verdad: para eso vemos el fútbol.
Y eso fue, precisamente, lo que regalaron Inglaterra y Francia en la disputa por el tercer lugar de esta Copa del Mundo. Un partido cuestionado, del que muchos aseguran que no tiene sentido. Pero no es así: es un partido para brindarse, para demostrar que el orgullo y la dignidad también forman parte del deporte al más alto nivel. Déjense de cuentos y de frases de cajón, inventadas y repetidas por quienes no saben separar la victoria de la competitividad.
Muchos analistas y puristas dirán que un partido que termina 6-4 merece poco análisis, porque un marcador de diez goles puede parecer más una recocha de barrio que un encuentro serio al máximo nivel. Pero quizá sea momento de abrir un poco más el criterio y entender el contexto antes de emitir un juicio.
Estamos hablando de una Copa del Mundo. De un Hard Rock Stadium colmado, con espectadores que pagaron entradas costosas para vivir una experiencia irrepetible. De un césped impecable, de una tarde sofocante y de miles de personas dispuestas a disfrutar la esencia del juego. Todo eso también hace parte del espectáculo.
El fútbol no puede reducirse únicamente a un tablero lleno de flechas, círculos y movimientos tácticos. No puede limitarse al laboratorio donde se intenta explicar todo antes de que ocurra. La parte lúdica del juego sigue siendo el gol. Es el instante que justifica noventa minutos de espera y los ahorros invertidos para estar allí, en las tribunas, junto al invitado más importante que tiene este deporte, el que grita y llora: el público.
Y eso fue exactamente lo que ofrecieron ingleses y franceses: un partido abierto, intenso, bien jugado y, sobre todo, divertido. No, perdón: divertido no, divertidísimo.
Claro que los entrenadores terminaron preocupados y con el rostro desencajado. Hicieron cambios, corrigieron posiciones y buscaron evitar la derrota. Francia, incluso, llegó a dar la impresión de querer llevar el partido hasta la prórroga. Y era lógico: ellos, como cualquier profesional, tienen la obligación de competir hasta el último segundo.
Primero, porque este encuentro, el del tercer puesto, repartía una cifra cercana a los 56 millones de dólares: 29 para el ganador y 27 para el perdedor. Nadie juega gratis una Copa del Mundo. Segundo, porque también estaba en juego el prestigio de dos potencias del fútbol mundial. Mientras haya un aficionado en la gradería, un equipo profesional tiene la obligación de competir con dignidad. Esa palabra resume todo lo que hicieron Inglaterra y Francia
Durante la primera mitad apareció una Francia desconocida, distante de su mejor versión, frente a una selección inglesa que encontró cuatro goles que probablemente ni siquiera imaginaba en el camerino.
Pero en la segunda parte, Didier Deschamps movió sus piezas y apareció otra Francia: mucho más agresiva, con ese fútbol elegante, creativo y ofensivo que tantas veces la ha distinguido. Llegaron las asociaciones, las grandes jugadas y una cadena de goles de magnífica factura.
Cuando el marcador señalaba 4-3, todo hacía pensar que el empate estaba cerca. Sin embargo, Francia terminó concediendo espacios y volvió a imponerse esa capacidad extraordinaria que tienen los grandes futbolistas —en este caso, los ingleses— para recorrer treinta metros y resolver un partido con una sola acción. El resultado final, un contundente 6-4, seguramente dolerá en Francia, pero enaltece el mérito de una Inglaterra que celebra un tercer lugar absolutamente decoroso.
Porque terminar tercero en una Copa del Mundo jamás puede considerarse un fracaso. Es subir al podio del torneo más importante que existe, el escenario con el que sueña cualquier futbolista desde niño.
La Copa del Mundo se está despidiendo y, antes de bajar el telón, nos regaló un partido inolvidable. No por una lección táctica ni por una demostración de perfección defensiva, sino porque recordó algo que a veces olvidamos entre estadísticas, pizarras y sistemas de juego: que el fútbol nació para emocionar. Y pocas emociones son tan universales como un gol.
Diez de ellos bastaron para recordarnos por qué seguimos amando este deporte.


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